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lunes, agosto 24, 2015

Guiriland: Paquetes









Hombres del mundo: ¿Qué ser vivo os ha dicho que los bañadores slip os sientan bien?. ¡Ay, la virgen! Una no gana para disgustos aquí en Guiriland. Ya los he visto de todos los colores ¡¡Incluso blancos y gris perla!!. Da igual que tengáis cuerpos esculturales. Llevar el paquete ahí, arrepretao, huevo contra huevo, casi como pidiendo auxilio, es hortera, soez, vulgar. ¡Horroroso, horroroso!!

Vale que en tierras de guiris uno se sienta desinhibido y juguetón. Que ande por la vida con minifaldas, ultra-shorts, flores en el pelo y luces en la cabeza. Pero esto no, señores. Sus bultos a las orillas de la playa me provocan arcadas. Es como un mondongo embutido en una tripa de elastán. Un globo irregular que parece haberse reventado en algún cactus morboso y fuese soltando el aire a regañadientes. Un blandiblub deforme.

Ya sé que esto es clamar en el desierto. Que a la orilla del mar encontraremos un sucedáneo de morcilla cada siete trajes de baño gayumberos pero, por el bien de nuestra vista, he de insistir en ello.  Por cierto, especímenes con algo de barriga, michelín y demás, abstenerse totalmente. Vamos, que si quieren humillarse a sí mismos sólo tienen que ponerse un bañador- paquetero sobresale-lorzas. 

Es la técnica que utilizo yo misma para desmitificar y quitar importancia a ciertos personajes del mundo real. Es imaginármelos de esa guisa y soy capaz de perdonarles hasta la ofensa más gorda del mundo. Criaturas.

Aquí en Guiriland puede suceder de todo. Lo mismo te tropiezas con una batucada en la arena, que aparecen chicas vestidas con tutús azules repartiendo publicidad de un centro comercial o que un bañista decida llevarse al loro para que también disfrute de la brisa marina. Podría ser un sueño surrealista pero no, no lo es. Todo es cierto y real como la vida misma. Como el chorrete de sudor que baja desde los senos al tobillo. Al igual que el vocabulario despiadado e inverosímil de las pollitas de mi urbanización. Ahora les ha dado por tararear lo siguiente: "bollera, cabrona, tonta hija de puta". Así, como suena. De tirón. Charming.

lunes, agosto 17, 2015

Guiriland: Mi guiri interior




Todos llevamos un guiri en nuestro interior. Tuve una profesora de inglés de ascendencia australiana que se vino a España y acabó lavando a mano con las señoras de Las Alpujarras. No lo soñó, me mandó una foto. Cuando se lo conté a mi amigo Juanillo de Granada, se encogió de hombros, bufó y afirmó con rotundidad: "Sólo a los guiris les pasan estas cosas".

 Pero dejemos ejemplos ajenos. La única vez en mi vida que estuve en Nueva York, allá por el año 93, no sólo visité las Torres Gemelas de noche y recorrí el Bronx sin bajarme del carro de mi novio puertorriqueño, sino que me tropecé a Sigourney Weaver una mañana muy fría, cerca de Columbia University y saludé al mismo Kofi Annan. Otro ejemplo, verano del 92, paso tres semanas en Londres y termino bailando en un escenario de Covent Garden. Juro que pasada la treintena nunca me han sucedido cosas parecidas, salvo las miradas lascivas de los parisinos y la aciaga noche que pasé en un albergue surfero, rodeado de tíos buenos ( y tías, por supuesto) hace unas semanas en Somo (Cantabria). Pero, a lo que iba, que todos, en algún momento de nuestra vida somos ese guiri que tan simpático nos cae.

Está científicamente comprobado que cuanto más no resistimos a cantar en el Karaoke, más difícil es que soltemos el micro una vez metidos en faena y también está comprobado que todos hacemos cosas de guiris varias veces en nuestra vida. ¿Quién no tiene una foto en la Torre Eiffiel? ¿En la de Pisa? ¿Quién no se ha dejado un ojo de la cara tomándose lo que sea en el Café de Flore, buscando las huellas de la bohemia parisina?. ¿Quién no ha escanciado sidra en Asturias?¿Quién no se ha bailado una Sevillana en la Feria de Abril? Da igual que parezca que tiras dardos, en lugar de escanciar. Da igual que parezcas un mandril asustado en lugar de bailar.


Aquí en Guiriland disfruto viendo a los muchachos haciendo running al atardecer. Se diría que les encanta sudar. También veo a veces a Pedro Cano haciendo cosas de guiri, como pasear en bermudas al borde del mar.

lunes, agosto 10, 2015

Guiriland: Comida internacional




Lo bueno de Guiriland es que puedes comer todo lo exótico que imagines. Asiáticos, argentinos, bares de tapas cañís y mi querido hindú. Me he aficionado a las tortas de lentejas, que en la carta aparecen como poppadum.

No sé cuánto tiempo llevará esta familia Sikh regentando uno de los múltiples restaurantes, de una cadena con nombre de cantante, pero da igual. Es como si hubiesen llegado ayer de Pakistán. Hablan una mezcla de inglés y noséqué encantadora. Cuando se ponen a decirme el menú les digo: vale ¿eso pica?: "medio picante", contestan y, ya está. A todo les digo que sí. Ellos me sirven dos "canias", siempre por el precio de una y todos tan contentos. Al final de la velada he comido cosas que jamás pronunciaré. Es imposible sacarme del Tikka Massala y el pan  (que son los dos únicos platos que repito) ¿Pero qué más da? La vida es alegre en Guiriland.

A veces, visito los templos del Wok, altares elevados a la tempura refrita en aceite de arroz. Se recomienda no comer en el chino dos veces en la misma semana. Lo otro es un deglutir interminable de salsas agripicantes. Es como si en tu boca se instalase la cocina misma del asiático. Y no mola, claro.

Mi favorita es la señora gorda de la playa, que me recuerda a Mami de Lo que el viento se llevó. Ella vende todos los días: "la melona, la melona, el güatermelon y la painapol"; así, por este orden y con la misma cantinela que suelta a orillas de Guiriland desde hace varios veranos.


Guiriland es de hecho también el paraíso de la economía sumergida. Entre chapuzón y chapuzón puedes tomarte un mojito servido por unos macizorros que se contentan con tu cash, comprarte una toalla-pareo, un cubre sofás y hasta bisutería de imitación. Todo un mundo de posibilidades. Lo mismo abandono la inaguantable profesión del periodismo y me sumerjo yo también en el mundo de la pasta sin recibos y me dedico a contonear las caderas y vender caipiriñas a los daneses, que, como no entienden ni papa, sospecho que tendrá la misma apertura mental que la mía cuando visito el hindú de mis amores.

lunes, agosto 03, 2015

Guiriland I: Imitadores de Julio Iglesias








La vida es perfecta en Guiriland. Las personas humanas, casi todas rubias albinas de fosforecente tez asalmonada, cenan al borde del mar a las ocho de la tarde. A veces, es al borde de la carretera. En esta ocasión, los habitantes de tan paradisíaco lugar escuchan a un mal imitador de Julio Iglesias—soy un truhán, soy un señor— que es imposible creerse. Si tararease: soy un pobre diablo y he acabado con mis huesos cantando con un Yamaha barato para gente que no me escucha resultaría genuino y perdedor. Los habitantes de Guiriland no le habrían aplaudido pero yo sí. Total, nadie aplaude. Casi no charlan. Beben white and red wine. Nadie habla castellano, sólo el imitador de Julio Iglesias.

En Guiriland todo es como en una teleserie. Un show de Truman con atardeceres paradisíacos y camareros que parecen clones de Harry Belafonte y que sonríen y sonríen con unos dientes muy blancos pero que no entienden ni papa." Acho, que quiero un quinto, el vino tinto para los coloraos", le digo.
Ahí vienen otra vez esos dientes. El cantante se me figura ahora una versión calé de Tom Waits ("The piano is drunk, not me!). Dan ganas de regalarle unas chanclas aunque sea. "Déjate de sonrisas, brodel", le digo a punto de llorar, pero el clon de Harry Belafonte no me capta.

Las chicas y maduras de Guiriland huelen todas igual. Es esa colonia a lo Rosa de Inglaterra. Pomposa, dulce, muuuuy floral. Van dejando su rastro palaciego, vestidas de baratillo, con ropillas del mercao que algún experto en otras latitudes diseña específicamente para ellas. Ellas que bajan a la playa con tiaras de flores plásticas y moños altos y bikinis elegidos con esmero en el centro comercial. Ellas y su bronceado naranja de pistola —todas el mismo naranja— en cuerpos tan alejados de la cadera mediterránea y de la raza del tordo que si no fuera porque a veces pasa la gorda de la fruta, una podría estar en cualquier otro paraíso guirilandés: las Antillas francesas, por poner un ejemplo.
La cúpula celeste de Guiriland se tiñe de violeta y el sol decide tomarse un descanso hasta mañana.