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jueves, junio 29, 2017

Hasta los ovarios





Le amó. No lo duda. Hubo muchos momentos de pasión y ternura antes de llegar a esto. Melania recuerda cuando le conoció. No le deslumbró su fama, ni su riqueza. Simplemente la hacía reír. Donald, con ese nombre ridículo y su ridículo flequillo, le llegó a gustar sinceramente. Le encantó aquel detalle de traer a sus padres, por sorpresa, en su jet privado para celebrar un año de relación. Después vendría la boda con la visita ilustre de Hillary y Bill y los innumerables actos con celebs y el halo perfumado de la respetabilidad.
Melania se sentía en el centro del mundo y daba por concluida su tarea, los sueños de grandeza que fraguó en la pequeña habitación del hogar familiar, allá en Novo Mesto. Daba por buenos los sacrificios. Los trabajos de extranjis cuando llegó a Estados Unidos con una visa de turista. Los posados ligerita de ropa. Las miradas libidinosas de tanto viejo verde como pulula en el submundo de la moda. Porque antes de Vanity Fair y Playboy hubo muchos otras portadas de extraperlo. Melania era joven, ambiciosa, morena. Mostraba su desnudez despreocupada en cuartos de tres al cuarto. 20.000 dólares era una cifra suficiente para la supervivencia al principio de los tiempos.


Cuando llegó Donald ella ya desfilaba en la Semana de la Moda de Nueva York. Lo peor había pasado. Nada quedaba de los trabajos cutres para gente cutre. Él le gustó, sinceramente. Apenas tuvo que conquistarla. Se rindió sin complicaciones. El camino era diáfano y claro entre ellos. En el fondo ambos procedían de familias emigrantes y luchadoras aunque a ella nadie le entregó un millón de dólares para coronar su sueño de súper modelo. Apenas heredó buenos genes y la inteligencia y osadía de los países del Este.

Tras años de lucha, Melania se había aburrido. Estaba harta del bronceado naranja de su marido, de sus escarceos con scorts, de sus constantes y veladas humillaciones. Siempre sería la arrimada, la pobretona de la pareja. La que estaba allí compartiendo el despacho oval por guapa, por sus medidas.
Melania podía tolerar las putas, la vejez y la solitaria vida que llevaba —primero como nueva rica y después como primera dama— pero estaba hasta los ovarios de sus desplantes de su constante falta de tacto y cortesía. Detestaba fingir ante todo el mundo.

La admiración y simpatía que sintió por el ridículo Donald con su ridículo flequillo se trocó en resentimiento feroz. Todo en él le irritaba sobremanera. Y las cámaras de televisión lo captaban. Ahí estaba, la eterna mala leche indisimulable. Jodida, asqueada, con la mueca del vómito en su rostro. Los americanos salían en tropel a defenderla: Liberad a Melania. Pero ella no era un delfín en cautividad. Tal vez un pozo de aburrimiento y amargura.

Se alineaba junto a aquellas que han decidido abandonar el rol de cuidadoras de hombres que no les llegan ni a la altura de los talones. Barrigones o fumadores empedernidos, o borrachos, o mujeriegos, o calvos, o sempiternos hijos de puta insatisfechos que hacían de sus vidas un infierno. Melania había clavado sus ojos en otros objetivos. Como esas otras mujeres de su generación. Había otros hombres. Hombres jóvenes y bellos y que darían su brazo derecho por tomarse una copa con ella. Y ya no lo podía evitar. Y no lo quería evitar. Donald se le antojaba un estorbo molesto para la nueva vida que vislumbraba para ella.
Noche tras noche, soñaba que cocinaba el postre típico de su Eslovenia natal. Sacaba la "potica" del horno y se la metía a Trump por el culo.

Despatarres





"Que te diviertas con las piernas abiertas". Ese era el grito de guerra de una amiga. Y de eso hablamos esta semana: de abrirse y orearse.
Lo oficial se empeña en denominarlo en inglés: "man spreading" que viene a ser una cosa así como "hombre distribuido". Tal que si uno distribuyera la mantequilla por el pan. Tentador, pero no. Que un hombre se te distribuya mola siempre y cuando sea un hombre que te guste, vaya. Pero claro, esto del man spreading surge porque la mayoría de los tipos que vemos en el autobús no son Hugh Jackman.

Vayamos al lío que menudo debate se ha montado. Aunque quizá la culpa sea nuestra que no sabemos hablar de otra cosa, salvo de los piques de Piqué con su boquita bonita y sus labios chiquititos. ¿Es un problema de educación? ¿Es un problema de espacio?¿no será la culpa de los que fabrican los medios de transporte que con tal de rentabilizar vamos como sardinas en lata? De los aviones ni mención. Es inhumano.

Francisco Rivera, tan gracioso él, ha dicho que cómo no se iba abrir de patas al sentarse. Que si las mujeres tuvieran lo que él entre las piernas no se enfadarían tanto. Yo no me enfadaría en absoluto, ejem. Hasta el bonico de Arguiñano ha comentado de los despatarres entre col y col. Y puso el ejemplo. Se sentó en el taburete de la cocina con las piernas cerradas "¿Veis? Que por muy hombre que uno sea todo cabe perfectamente". Arguiñano, el macho ergonómico

No puedo con las feministas y su discurso de víctimas ¿Es necesario poner un cartelico para que los hombre eviten el despatarre? ¿No tenemos boca para decirles: hijo de mi vida que está a punto de cortárseme la circulación sanguínea, deja de invadir mi asiento? o ¿Voy más comprimida que una aspirina? ¿No serán más divertidos los trayectos?

Pero es que, además, hoy otras formas más sutiles de invasión. Hay cierto tipo de cerdo que le gusta restregarse con las chicas. No hay cartelito porque presuponemos que todo el mundo es civilizado y que el despatarre es involuntario y va en el ADN masculino. Pobreticos, no lo pueden evitar. Otros se dedican a tirarles fotos por debajo de las faldas a las chicas que se despatarran...porque, fíjate tú, que algunas lo hacemos. Yo misma cuando viajo: pantalones y maletita entre las piernas, que así no se cae en los frenazos.
Otro particular es el odor spreading. Eso sí que es gordo. Que a veces me dan ganas de subirme al autobús con máscaras de gas. Señoras y señores, el desodorante existe desde hace muchísimos miles de años. El agua y jabón también.  Algunas veces, levantar el sobaco y llegar a la nausea es todo uno. Y menudo caos: la pestucia del sudor se junta con el vómito. Un asco.

Pero lo terrible son esos autocares que van a Sevilla de noche donde los hombres, todos a la vez, deciden quitarse los zapatos y si uno cierra los ojos puede llegar a creer que está en una fábrica de quesos de la campiña francesa, por ponernos románticos. Abominable. Ya lo decía Saint Exupéry:  lo esencial es invisible a los ojos.

Nos faltarían carteles para tanto estorbo: pies, sobacos, despatarres, gente que habla a gritos, los que te cotillean el whasap o los que te dan conversación.
Personalmente, el hecho de compartir espacios tan reducidos me resulta violento porque soy así de pija y claustrofóbica,  así que mi filosofía frente al transporte público es apretar los nudillos y que el suplicio pase rápido.

La lista de Katy Perry





El hombre es ombliguista. No lo puede evitar. Detesta que le hablen de otros hombres. El hombre, me refiero al macho man de toda la vida, vamos. Nosotras iniciamos una relación —o no— y presuponemos que antes hubo otras y que, con toda probabilidad, habrá algunas más después. A todos nos encanta pensar que somos el objeto de adoración de alguien pero en este mundo líquido la adoración es un parpadeo. Demasiadas distracciones para el amor absoluto como el que profesó Tolkien a su esposa desde la adolescencia.

Esta semana la pobre Katy Perry se ha metido en un fango del que no saldrá jamás. Ha cruzado la línea de las que hablan de sus ex amantes en público. En concreto, al mundo entero. Y al hombre ombliguista eso no le mola nada. El culpable es James Corden, un presentador rellenito que ha triunfado con su late show en el que monta a famosos en coche y les hace cantar karaoke. En esta ocasión tuvieron a Perry haciendo un reality de dos días y la despertaron con un suculento desayuno consistente en vísceras, insectos y unas lenguas asquerosas. O te comes esto, o contestas algo comprometido. Vaya con el gordito. No te puedes fiar de nadie que haga televisión con ese share. Siempre acabas jodido.

Tuvo que hacer un ranking de sus amantes y colocó a John Mayer, su novio durante tres años, en primer lugar, después a Orlando Bloom (hummm) y en tercer lugar a Diplo. Un DJ bastante conocido en su casa, los USA, porque a mi me recuerda a nombre de juego de mesa.
Curiosamente, con James estuvo tres años, un año con Orlando y meses con el último ¿No se confundiría la pobre y los clasificó por orden según el tiempo que  estuvo con ellos? Además, es lógico. Los amantes se construyen así: muchas veces y siempre con el mismo. Lo otro casi siempre es frustrante para nosotras. Además, imagino que las relaciones entre celebrities con mega agendas deben ser un poco a salto de mata ¿Concertarán las citas las secretarias de los interesados o quedarán por whasap? Me agoto sólo de pensarlo.

El caso es que el hombre es ombliguista y egoísta. No en balde, Chanel sacó un perfume hace unos años que se denominaba así “Egoiste”. Va en el ADN masculino, como el abrirse de piernas cuando se sientan. Diplo se ha ofendido mucho y ha llegado a declarar que nunca mantuvo relaciones con Perry. ¡Qué mal perder, por todos los dioses!.
El hecho es que si quieres cabrear a un pretendiente o novio, no tienes más que mentarle a sus predecesores. A eso yo le denomino inseguridad masculina porque si una mujer está contigo es porque ya no quiere estar con otro ¿O no?
A determinada edad todos tenemos un pasado y, cómo no, un ránking. Es inevitable. Y algunos chicos, señores, caballeros, esto lo lleváis fatal. Cuando nos enamoramos queremos ser el centro de atención y del corazón del amado. Esto es así. Lo que los americanos denominan “be the one”. Pero, claro, ese puesto hay que ganárselo. Si John está el primero en la memoria de Katy quizá sea porque estuvieron juntos más tiempo y porque se presume cierta admiración mutua e intereses comunes, ya que los dos son músicos. De hecho, el último éxito de Mayer se titula “Still feel like your man”. O sea, “Todavía me siento tu hombre”. Y eso sí que se merece un primer puesto. Un secreto: lo que más nos pone a las mujeres es sentirnos amadas y diosas de nuestros amantes.
Lo otro es farrafulla.

Comprar boletos para tu entierro






Voy a contarles un secreto. Paso muchas horas al día escuchando videos de Youtube. Lo hago cuando ando por la calle. A veces cuando conduzco y siempre antes de dormir. El universo Youtube es inabarcable.
 Entiendo a los jóvenes de ahora que apenas ven televisión. Youtube te ofrece contenidos muy especializados. Contenidos que los medios de comunicación tradicionales se resisten a comprar. Imagino porque las teles generalistas se dirigen a un público conformista y feliz en su burbuja
El adolescente es todo lo contrario. Está lleno de dudas, de sueños, de proyectos. El adolescente se está construyendo, se está mejorando. Yo no entiendo vivir de otra manera.
Las mentes inquietas siempre necesitan más. Al menos es mi caso. Ojalá viviese feliz en la burbuja del conformismo pero eso no se elige. Te sucede, o no. Y por ello no eres mejor ni peor.
Hay canales que nos muestran verdaderos talentos para la comunicación. Que emocionan con su discurso, que motivan y consiguen que cambies la perspectiva, al menos por unas horas. Uno de mis canales favoritos, cómo no, es TED, que son las siglas de Tecnología, Entretenimiento, Diseño.

Filósofos, científicos, humoristas, empresarios, comunicadores que venden su arsenal de recetas positivas, testimonios sobrecogedores, grandes mentes. Por muy famosos que sean debido a su profesión —cardiólogos, sociólogos, psiquiatras, psicólogos, periodistas, aventureros—los ponentes siempre hablan de su vida. Y se ponen de ejemplo.
Hace poco escuché a Gabriela Vargas, toda celebrity en su México natal.
Dijo una frase que allí es muy conocida y que me hizo reflexionar: “cada día uno tiene que comprar boletos para su entierro”. Gabriela nació con estrella, o eso le sentenció su padre cuando suspendió todas las y tuvo que sufrir como sus compañeros pasaban de curso menos ella. El padre, lejos de regañarla, la besó en la frente y le colocó una estrella virtual: “creo en ti”, le dijo.
De hecho, Gabriela es una estrella, ha publicado quince  libros, ofrece conferencias sobre bienestar, yoga y juventud por todo el mundo y escucharla es absolutamente delicioso.
La vida de Gabriela dio un vuelco cuando en pocos meses murió una de sus mejores amigas y su hermano. Se quedó desolada por un lado pero, por otro, absolutamente sorprendida al comprobar la cantidad de gente que fue al entierro de ambos.
En aquellos momentos ella era toda una workaholic, trabajaba 24/7 y pensó que no quería morir. No por miedo a la muerte sino porque tenía la certeza de que a su funeral no iría nadie. Y le vino a la mente esa frase que les comento.
 Esa frase ha cambiado mi semana, mis horas. Me hace más tolerante en los atascos, me pone una sonrisa cuando estoy muerta de sueño por las mañanas y me invita a hacerle la vida más fácil al otro porque, en definitiva, me la hago más fácil a mi.
Otra ponente habló de su cáncer de páncreas con sus cuatro hijos, su empresa montada y todos sus másters, doctorados y tacones. Y estas dos mujeres, como tantos testimonios, nos conducen a una misma conclusión: que hay que comprar muchos boletos para un entierro feliz. No sólo para que sea multitudinario, sino también para que cuando llegue nuestro último suspiro no nos quede la inquietud de haber dejado cosas sin hacer y riesgos sin correr.
La vida es para eso, para hacer amigos, aventurarse,  reírse y llorar.
La burbuja es un walking dead, cuyo brillante y confortable aspecto nos amortaja en vida sin posibilidad de disfrutar de los amigos y los amores.
Ni en esta vida ni en el entierro.