domingo, diciembre 13, 2015

El sexo de nuestros padres

       
 Siempre digo que si las parejas se guardasen un día en semana completo para ellas no habría crisis, ni divorcios ni terapias. Quizá muchos sexólogos se quedarían de brazos cruzados. O no. Quizá serían un estímulo más en sus vidas. Porque el sexo ha de ser otro ingrediente más de la pareja y cuanto más variado y diferente, mejor. Imagine que le gustan mucho las ostras. Pero imagine que le ponen ostras para comer, merendar, desayunar y cenar. La cosa cambia si se las cocina de un modo distinto. Esto, que es una obviedad, se nos olvida en muchas ocasiones. Nuestros padres creo que lo tenían todo más claro. Vale que muchos vivieron en una moral sexual castrante pero una cosa era fundamental: la pareja era lo primero, lo segundo, lo tercero. Los hijos, una consecuencia. Un precioso fruto, por supuesto, pero en ningún caso podría sustituir el germen, el amor primero por el que llegaron a este mundo. Entiendo que vivimos en un entorno estresante, competitivo, complicado. Sacar tiempo para cuidar nuestras relaciones personales se nos puede antojar un exceso en determinado momento, pero nunca lo es. Ese tiempo es ganado. Los hay que prefieren pagar los servicios de una prostituta/o una vez al mes, a tener una relación. O descargarse un amante por internet, salvando tediosos encuentros y frustraciones. Lo que sea por un polvo rápido. Una pena. Me gustaban las mujeres de los años 30, las reinas de la era Pre-Code, esa doña poderosa, independiente, que disfrutaba de su sexualidad, e incluso su bisexualidad o lesbianismo sin ningún miedo. Si se fijan, siempre hay políticas o órdenes morales que tienden a reprimir estos movimientos. En el caso del cine americano fue el Código Hays. En España, la Guerra irrumpió y paralizó las investigaciones que a principios de los 30 se desarrollaron en nuestro país. Arrancadas de caballo y paradas de burro. De tal forma, que desde los 80 hasta la actualidad no hay grandes mejorías. Nuestro país pasó del destape a la medicalización de la sexualidad. Volvemos al XIX donde los únicos tratados que existían sobre este género se referían únicamente a la parte higiénica del asunto "Higiene del matrimonio o libro de los casados" (Monlau, 1853) o "Los peligros del amor, de la lujuria del libertinaje en el hombre y la mujer" (Peratoner, 1873) y una larga lista donde el sexo sólo se estudiaba desde el punto de vista del frikismo, la rareza, la verruga, la enfermedad ¡y el pecado!. Seguimos casi igual. El sexo es un objeto de consumo de primera necesidad y hay un marketing increíble que casi nos obliga a perseguir orgasmos como posesos con los rudimentos que sean menester. En otros ámbitos, la cosa empeora: el sexo vuelve a ser el causante de enfermedades, de embarazos no deseados y, en algunos casos, de complicaciones vitales. Muchas veces nos negamos nuestra propia naturaleza; nuestro deseo genuino e intransferible para encajar en el puzzle de la sociedad. Nos recortamos a nosotros mismos y nos engañamos y engañamos al resto. Somos, por así decirlo, piezas falsas. Polizontes en un cuadro que no nos corresponde pero en el que nos empeñamos en permanecer, incluso si eso nos cuesta la propia salud psíquica. Se nos olvida la importancia fundamental del sexo en la esencia de la pareja. Su papel capital en nuestra conformación como seres humanos y no sólo como seres sociales y familiares. Veamos el sexo como lo que es; nuestro aliado, una parte irrenunciable de nuestra vida y que nos acerca a los demás con momentos imborrables, perfectos e inolvidables. La más sana de todas las "enfermedades".    

Confesiones sin vergüenza

     


  ¡Ay, el deseo! Tan canalla, tan promiscuo, colisionando como un pesado meteorito en cuerpos ajenos y, a veces, incluso sin su permiso. El deseo es así, pero sin él, el hecho biológico de vivir no existiría. Luego tenemos las fantasías. Algo distinto del deseo y que tan a menudo se confunden. Me lo contó hace unos días mi querida amiga Valérie Tasso que acaba de publicar "Confesiones sin vergüenza", donde relata las fantasías eróticas de un grupo de mujeres desde los 18 a los 90 años. Lo que me explicaba era lo complicado que le resulta a la mayoría de las personas diferenciar deseo de fantasía. El deseo es lo que nos mantiene vivos. Pero lo más importante, es que los deseos se suelen cumplir. Podemos llegar a realizarlos en algún momento. Son factibles. Una playa paradisíaca y el hombre de tus "deseos", sumergidos en un orgasmo casi interminable, por ejemplo; o la típica escena de alfombra, chimenea y cuerpos desnudos con esa luz cálida que nos favorece tanto a todos. ¿Imposible? En absoluto. El imaginario erótico va por otros derroteros. Mi amiga Valérie, que está algo loca pero os juro que es encantadora y sólo deliciosamente perversa, fantasea con verse atada de muñecas y tobillos en un psiquiátrico y que una noche desquiciada, los más grillaos del lugar la agredan. Ya está, no necesita más. Y se pone como una moto, vulgarmente hablando. A todos nos erotizan cosas concretas. Los hay que fantasean con la penetración anal pero nunca se atreven. Y estoy poniendo un ejemplo burdísimo que nadie confesará con su compañero a la hora del desayuno pero vosotros sabéis en vuestro fuero interno (señoras, pero sobre todo señores) que eso os pone una barbaridad. Incluso alguno tendrá que parar y dejar de leer este artículo. Felicidades, eso es gestionar con eficacia y sin complejos, no sólo las fantasías, si no, también, vuestra propia autoimagen. Hablábamos del orden moral establecido que intenta hacer una tabla rasa con todos nosotros. Uniformarnos de gris, grabarnos con fuego nuestra obligaciones para ser ciudadanos que mantengan el status quo de una sociedad tejida de intereses y persigue que permanezcamos concentrados; que no perdamos el tiempo con el sexo, que es algo distractivo que nos convertirá en improductivos. Pero, ay amigo, nadie le pone puertas al campo y menos aún a nuestro imaginario erótico. Fuera culpabilidades. ¿Que te pone montártelo con alguien subido en una escalera de perigallo? Pues imagina y disfruta. ¿Que deseas a esa mujer que te espera con unas medias de blonda, sin bragas y sin nada para hacerle el amor en la encimera de la cocina? Ponlo en marcha. No es tan complicado. Al contrario de lo que sospechan los censores morales y vitales, a todos esos que les gusta vernos de uniforme y aburridos como setas, el sexo no es distractivo. El sexo es la energía creadora por excelencia. Una sexualidad saludable (y detesto este adjetivo, porque odio patologizar el sexo)  nos abre la mente, nos alegra la vida, nos llena el cerebro de oxitocina, rebaja los niveles de cortisol y si, somos imaginativos, nos tornará más creativos en nuestros trabajos y en nuestra vida diaria. Tus fantasías más descabelladas no te convierten en alguien perverso sino en alguien esencialmente humano. Por eso nos diferenciamos de los animales. Nuestra cópula, nuestro juego de la carne no tiene como única finalidad la procreación. Somos animus, alma. Valérie se atreve a mirarse en su espejo e invita a otras mujeres a que lo hagan sin complejos. Búscate un paisaje, piérdete, y goza con tu fantasía.

sábado, noviembre 28, 2015

Eros, amor y Aristófanes


¿Por qué los seres humanos buscamos el amor? Es una pregunta que me he planteado a menudo. El amor sucede, sí. Pero antes casi siempre lo hemos deseado. Ya sea por una necesidad inclasificable, una inquietud; ya sea por esta intoxicación que padecemos del mito de amor romántico,  gracias a las películas moñas, los cantantes y crooners, la música cursi.

Podríamos vivir felices en nuestra burbuja pero, de pronto,  una mirada, unas palabras, el brillo de la piel ajena, su inteligencia, su gracia, nos embelesan. Nos pintan una sonrisa en la cara, nos crean la pequeña necesidad de esa otra persona. De salir de nosotros mismos.
En El banquete de Platón encontramos una explicación del Eros. Es la que ofrece Aristófanes, como invitado a esa gran fiesta. Anteriormente, cuenta Aristófanes, los seres humanos eran redondos, esféricos, vamos, tal que si fueran escarabajos pelotilleros en contracción.  Eso sí,  se sentían completos, los reyes del universo, aunque su vida era algo limitada. 

Lo único que podían hacer era agredirse mutuamente.  Su arrogancia no tenía fin y ofendían a los dioses, de tal manera que Zeus los partió por la mitad con uno de sus rayos iracundos. Lo que pretendía ser un castigo, se convirtió en una bendición. Al estar partidos podían tocarse con otros humanos, verlos con perspectiva y sentirse atraídos por ellos. Así surgió el Eros, el amor.
De hecho, la palabra sexare, significa partición. Somos sexuados, somos seres divididos con genes masculinos y femeninos en nuestro interior. Aunque es una partición física, no real. Por tanto, sexo no significa, como la mayoría de la gente piensa, practicar el coito. Sexo es todo. Sexo somos todos y cada uno de nosotros porque nacemos SEXUADOS.

Por cierto, esta teoría no tiene nada que ver con la de la media naranja que es nefasta y horrible. Los humanos no necesitan otra mitad, ya lo sabéis. Los humanos son naranjas completas pero pueden sentirse atraídos por los gajos, las pepitas, el olor y la piel de naranja de otras naranjas. No las necesitan para sentirse completos pero les gusta estar en compañía de otras naranjas, e incluso de otros limones  y pomelos.

Aristófanes explicó así, de esa forma tan simple, no sólo el amor, sino el sexo (no el coito ocasional, si no el que elegimos en un momento dado para compartir largamente con intercambio no sólo de fluidos sino de alma, de experiencias, de crecimiento).

Es verdad que nos puede resultar insuficiente. Una fábula no puede resumir lo que para la mayoría de los mortales nos lleva media existencia comprender pero, en palabras de Efigenio Amezúa: "El amor explica el sexo y el sexo explica el amor".

Debemos dejar de entender "sexo" como el acto sexual. Todos somos sexo. Las palabras, lo que comemos, como nos vestimos, nuestros apetitos, nuestros gustos. Nos guste más o menos, marca nuestra vida, es un sello indeleble que nos da una riqueza increíble. Y es irrenunciable.

En el vientre de nuestra madre ya estamos sexuados y ahí se predeterminarán nuestras preferencias. Si nos gustan las personas de género distinto a nosotros o del mismo.  O si nacemos con una combinación de cromosomas tal, que tenemos cuerpo de mujer pero nuestra mente se siente hombre.
Ya llegamos así a este mundo locos, a este planeta de humanos que un día, según cuenta la leyenda, fueron partidos por la mitad. Y es una suerte. Como dice la canción de Barbra Stresiand, People: "la gente que necesita a la gente, es la gente más afortunada del mundo".
Si eres feliz en tu burbuja, felicidades. Si no lo eres, tranquilo, eres normal.



Deseos imperfectos




No estamos locos, que sabemos lo que queremos pero ¿Qué sucede cuando lo que queremos entra en contradicción flagrante con la moral social imperante? ¿Con nuestro estilo de vida? ¿Con lo que hemos sido siempre? ¿Con lo que se espera de nosotros?

La verdad verdadera es que en muchas ocasiones para hacer lo que uno quiere se requieren grandes dosis de valor.  Atreverse a enfrentarte con tus deseos más ocultos y con tus fantasmas no está alcance de todo el mundo.
Vivimos en un mundo distraído. Pasamos de una tontería a otra, sumergidos en la insustancial cotidianidad pero muchos cuentan con un universo paralelo. Lo necesitan. Es la verdad de las mentiras que proclama Vargas Llosa. Algunos prefieren la ficción para sublimar sus deseos más canallas. En el mundo real intentan no romper un plato (sin conseguirlo, claro).
Hace falta valor, ven a la escuela de calor. Claro que sí.

Los terapeutas del XIX y parte del XX han tenido siempre este dilema. ¿Qué hacemos con este sujeto? ¿Lo amoldamos para que sea feliz en este orden moral imperante, castrador, hijoputista y maniqueo?  ¿Le enseñamos a aceptarse tal como es? ¿Con sus locas ansias, sus singularidades y todo aquello le diferencia de la apabullante normalidad? Vaya lío ¿no?
Lo diferente es tachado de peligroso. Lleva una etiqueta y un estigma difícil de borrar. La pregunta que me hago es ¿Por qué habría que borrarlo? ¿Qué más avances científicos y filosóficos deben existir para que aprendamos a aceptar a cada uno tal y como es? Y lo que es más importante ¿Qué revolución tenemos pendiente para que aprendamos a aceptarnos y querernos con todos nuestros defectos y manías?

En sexualidad no se admite la palabra parafilia o perversión, sino peculiaridad. Siempre y cuando no se atente contra la libertad o la integridad de alguien no hay nada "raro" ni "perverso".  Es más, uno de los primeros intentos de analizar y estudiar la sexología humana y resaltar conductas presuntamente patológicas, acabó convirtiéndose en un manual que tranquilizaba a mucha gente.  ¡Ah!, suspiraban aliviados algunos lectores, ¡hay más individuos por ahí como yo!.

Me refiero a alguna de las once ediciones del tratado Psycopathia Sexualis, escrito por Karfft-Ebing, donde, por ejemplo, la homosexualidad se consideraba una enfermedad; pero también ciertas querencias o prácticas como el fetichismo con zapatos o el masoquismo femenino.
En 1969 la homosexualidad figuraba en catálogo de las enfermedades mentales de Estados Unidos. No hace tanto ¿verdad?. A partir de los sucesos de Stonewald y de la rebelión de parte de la comunidad gay de Nueva York, las cosas cambiaron. Se obligó a la Asociación de Psiquiatras Norteamericanos a realizar un referéndum sobre si ser gay era algo patológico. Dos tercios votaron a favor de eliminarlo de ese catálogo.

Así, Krafft-Ebing, como otros estudiosos de su época (y me atrevería a decir que aún quedan vestigios de ese pasado excluyente) no negaban el instinto sexual pero siempre y cuando estuvieranAquí el que más y el que menos tiene su punto friki y es saludable. Hay que asumirse y quererse. Y atreverse orientados a la reproducción. A la moral sexual imperante del momento.
Hemos avanzado, sí, pero aún queda un largo camino por recorrer. Viejas creencias como que el instinto y el deseo sexual es más exacerbado en hombres que en mujeres aún permanecen ancladas en nuestro sustrato ideológico.  El orden moral ha sido sustituido por otros órdenes: el psicológico y el insustancial.

Pero, insisto, no estamos locos, sabemos lo que queremos. . Si te quedas parado pensando que evitarás la muerte o el dolor propio y ajeno, ya estás muerto. Si te obsesionas con ajustarte a un molde, te romperás. Tú decides.



lunes, noviembre 23, 2015

Corazón de melón



Yo divido a los humanos en dos tipos: corazón de melón y corazón de león. Por supuesto, me quedo con los segundos. Entiendo que lo sencillo es ser meloso, suave, fresco y jugoso pero todas esas deliciosas cualidades finalmente se esfuman en la boca. Al cabo de un rato, nada queda de la melaza propia de la fruta. Al cabo de un mes, ni recuerdas el sabor del melón. Al cabo de un año, casi ni la forma. Entiendo que es un símil, quizá, un poco pedestre, pero creo que me entienden.
Lo habitual es que un corazón de melón sustituya a otro. Ininterrumpidamente, o con pausas para descansar de tanto empalago. Lo insulso es encantador y volátil pero al igual que ustedes no vivirían en una choza edificada con palillos imagino que buscan, buscamos, compartir nuestras vidas con personas sólidas, coherentes - incluso a veces espinosas- pero reales.
Después de pasarme media vida oyendo a mi madre cantar aquello de corazón de melón, por fin he comprendido el verdadero significado de esta rima tan simple. Es una forma agradable de decirle al otro/a: eres arrebatadoramente insustancial.
El corazón de melón es muy peligroso. Igual que si un día pisas una corteza de plátano por la calle: te envuelve el azúcar y te idiotiza hasta perder la noción de la realidad. En verdad, el corazón de melón es involuntariamente falso. Es decir, ellos, en su tontería vital, se creen humanos. Pero no lo son. En realidad, decir que tienes corazón de melón equivale a decir que no tienes corazón. Cosas del Caribe.
Sé que exagero pero entiendo que con estos ejemplos las cosas quedan bien claras. Siempre hay matices, claro. Hasta el corazón de melón puede pasar por etapas de lucidez pero deben comprenderle, pobre, el azúcar causa estragos en las neuronas propias y en las ajenas ¿Es insalvable semejante ejemplar? No creo: la esperanza es lo último que se pierde (por cierto,  esta sería una frase cliché, muy propia del corazón de melón).
Pasar de corazón de melón a corazón de león requiere un duro aprendizaje pero hay que estar dispuesto a padecer al susodicho/a en semejante transformación. Sin cambios, no hay mariposa. El problema del corazón de melón es que, a menudo, se queda abotargado y asfixiado por su deseo inevitable y narcisista de ser siempre encantador.
Al corazón de melón se le olvida. El corazón de león, sin embargo, permanece en tu vida porque siempre te dio cobijo, porque no le importó tratar contigo temas trascendentales, porque permaneció a tu lado cuando ni tú mismo creías en ti. Porque hay un antes y un después de un corazón de león. Te transforma, te eleva, te obliga a mirarte con otros ojos, aunque a veces duela.
Un corazón de león es inolvidable. Sus palabras, sus hechos, sus silencios, su verdad, sus amarguras, sus miedos, todo te cautiva porque en su entrega todo es auténtico y real. No hay vacíos, la mentira no existe y la lealtad es la bandera de estos corazones cuyo paso deja una huella imborrable en quienes tuvieron la suerte de compartirles y disfrutarles.
Quizá sean unos tiempos demasiado políticamente correctos y vanos como para comprender su verdadera trascendencia y  frenesí.
El corazón de león te hace sentir única/o. Así de simple.
Llamadme romántica pero prefiero quemarme las manos con las brasas de un corazón de león que mancharme con la fructosa transparente de la fruta. Esa fruta que, a la postre, se resbala de entre tus dedos, desaparece y se desintegra. Al final, sólo queda un charquito, un pegote insidioso en tus tacones.

viernes, noviembre 13, 2015

Sexo y biografía






Tú y yo no somos como un objeto volante no identificado que se "aparece", de repente, en un verde prado, entre la niebla y el rocío.

No. Tú y yo hemos recorrido un camino. Y nos hemos encontrado. Pero antes, hemos asistido ,asombrados, a hechos sorprendentes. 
Otros amantes dejaron huellas en nuestro cuerpo. Algunos, cicatrices. Incluso nuestra infancia nos enseñó lo que era el placer, el displacer. El deseo de lo prohibido. Algunas hallaron el fuego entre las páginas de un libro de Anais Nin y ya les es imposible disociar el sexo de las palabras. Otros descubrieron lo erótico que puede resultar una mujer que suda, despeinada, de escote generoso, que se afana y quiere dejar la ropa bien planchada. Y que ella le sonría y que  él no pueda contener al joven cuerpo.

La biología y la sexualidad de cada ser humano va asociada su biografía. Por eso es absurdo reducirlo todo a la ciencia, a la medicina. Nuestro sexo es nuestro cerebro, la cultura; las palabras y conversaciones son sexo; la pintura, la música, ¡¡La escultura!!.
La historia nos desvela una desconocida faceta del gran Gregorio Marañón, uno de los primeros sexólogos que ha dado nuestro país. Esa faceta es la de biógrafo. No puedes explicarte la vida de alguien si excluyes el sexo. No importan los años que tengamos, nuestro grado de práctica incluso nuestra curiosidad o desdén.

Marañón se interesó por Tiberio, por Enrique IV y por el Conde Duque de Olivares, entre otros. Su currículum como médico es apabullante y me resulta curiosa su especialidad tanto por la sexualidad como por la nutrición, imprescindibles para la supervivencia humana.

Por supuesto, él también hizo historia y creo junto a Hildegar la Liga española de la Reforma Sexual en 1933. Después vino la guerra y todo aquello quedó oscurecido.
La conductas sexuales "peculiares", por denominarlas de un modo aséptico, son el resultado y consecuencia de carencias o abundancias afectivas, de creencias inculcadas por quienes nos educaron y la reacción favorable o contraria a esas creencias.
El marqués de Sade era un ser que perseguía con egoísmo saciar sus apetitos, conseguir a cuanta mujer deseara, realizar las más obscenas de las orgías pero digno heredero de su padre —fanático de la sodomía a adolescentes—ר, el conde de Sade, que a la postre, abandonó el vicio y se convirtió en abad.

Su odio a la educación religiosa recibida le convirtió en un sacrílego creador de estrambóticas ceremonias donde fornicaba con prostitutas en iglesias abandonadas, o jugaba con cálices y ostias consagradas, como si de un niño rabioso se tratase.
El sadismo procede de su infancia y de las escuelas de jesuítas donde los cilicios, los látigos y la mortificación eran el pan de cada día aunque para ser fieles a la verdad, al marqués le gustaba más recibir que dar. O sea, que le encantaba la mortificación de la carne. Algo muy habitual en los lupanares franceses de la época. Ríete tu de Grey y del "bondage" más agresivo.

Biología y biografía son indisolubles. La segunda transforma a la primera.

Tú y yo, no nacimos de una coliflor. Ni a ti ni a mi nos trajo la cigüeña. Nuestros padres hicieron el amor con más o menos fortuna pero, gracias a eso, aquí estamos. En nuestra creación hubo sudor, esperma, gemidos y, con suerte, pasión. Pero estos ingredientes no responden sólo a una cuestión genética y reproductiva (sobre todo en la cultura moderna). Los individuos no sólo son hijos de su especie, afirma la sexología.
Somos un puzzle grandioso. Sólo nos queda disfrutarlo.





lunes, octubre 12, 2015

Virilidad obsesiva







El otro día me llegó un mensaje que me hizo sonreir: "la erección es el sentimiento más real y sincero del hombre porque se realiza con la sangre directamente bombeada desde el corazón". No soy doctora en medicina pero sí que he tenido muchos amigos masculinos a lo largo de mi biografía personal y suelen coincidir en esto. Lejos de una reacción automática (aunque a veces involuntaria e inevitable), la erección o la falta de ella responde a una emoción verdadera.

Según explica Mariano Arnal: "la virilidad es la capacidad de un hombre de actuar sexualmente y  se suele evaluar ésta en razón de la capacidad del miembro de alcanzar un tamaño respetable al erguirse y de mantenerse largamente así”.

Ningún hombre en estado sobrio ha sido capaz de confesarme la angustia insondable del gatillazo. Eso siempre les pasa a otros. El caso es que lo tenéis fatal a la hora de disimular, porque no hay trampantojo posible.

Luego tenemos el tema del tamaño,  que sí que importa, aunque sin otorgarle un protagonismo desmesurado. La sexóloga Valérie Tasso nos asegura que mantener un gran pene en erección es mucho más complicado que uno normalito: "lo que ocurre con esos penes gigantescos —explica— es que nunca alcanzan la dureza precisa y se suelen quedar morcillonas".

"Y aunque en rigor no es mejor, por ser mayor o menor", que cantaba Krahe, un pene descomunal lo que nos da a la mayoría de las féminas es un miedo que nos corremos en el colchón con tal de que no nos alcance. Mi explicación de la legión lesbica que invade el mundo del porno no es otra: están hartas de esos miembros con los que fantaseáis vosotros, los hombres, pero que a nosotras nos provocan un descomunal bostezo.

Tasso añade que virilidad viene de virtus; o sea, que el virtus era el órgano en cuestión y el viril era en la pareja, ya fuera hetero u homo, el miembro activo. Por tanto, también pueden existir mujeres muy "viriles", en ese aspecto. El vir se protegía con una envoltura que se denominaba fascinus (de ahí la palabra fascinante); En la antigua Roma se hacía un fascinus a modo de escayola que se colgaban al cuello los mozos, como amuleto protector.

La industria farmaceútica creó hace años el Viagra y el Cialis para liberar al macho de situaciones angustiosas. Algunos hombres me han confesado que el Viagra produce una erección menos natural pero la ciencia sexológica insiste en que, en cualquier caso, si no existe deseo, no funciona. Vamos, que él o ella te tienen que poner una barbaridad y luego el remedio boticario subsana la dilatación de las arterias para que la sangre llegue donde sea menester y poder mantener erguido el asunto.

Un amigo me contaba que su abuela le preparaba al abuelo un cocimiento con  menta, ortigas,  miel y un poco de pimienta. ¿El resultado? Once hijos, displaxia de cadera de ella y semi invalidez de él. En el equilibrio reside la virtud.
Además, hacer el amor no es sólo el mete saca; hacer el amor entiende de caricias, lametones, mordiscos, de juegos perversos, de delicias de mil jardines que tantos se pierden por centrarse en el miembro viril. Que sí, que importa. Que es como rematar una faena con arte y tronío pero sin esa risa de la piel, sin ese perfume de lo besos y la saliva derramada por el cuerpo, el lecho es menos lecho y el sexo más soso que montar piezas de lego idénticas.


martes, septiembre 22, 2015

Amores tóxicos





Siempre he odiado a las parejas almeja. Además, no me las creo. Cuando ambos lo hacen todo juntos de la mañana a la noche, malo. Uno de los dos tiende a desaparecer. Se convierte en un ser borroso, desdibujado, donde sus objetivos vitales dejan de importar. Donde no sólo se le olvidan qué cosas le unieron a su partenaire, sino que se pierde a sí mismo en la nebulosa de la cotidianidad.
Que algunas de nuestras madres no tuvieran otro remedio que vivir así, sometidas por una cultura machista y equivocada, es un horror. Lo verdaderamente terrible es que nada avanza. Que hoy día, casi el 70% de los adolescentes aseguran revisar el móvil de sus parejas. Más ellos que ellas. Y nos podemos hacer una idea de la dirección  que están tomando las cosas cuando ellas prefieren convertirse en chicas fáciles a "quedar fuera del mercado"

El director técnico de la Fundación de Ayuda contra la Drogadicción y del Centro Reina Sofía, Eusebio Mejías, ha presentado recientemente un estudio sobre jóvenes entre 14 y 19 años donde más del 50% de chicos y chicas afirman controlar a sus novias/os de una forma  continua. Vivimos en la España de "Mujeres, hombres y viceversa". Un espanto. Y nuestros jóvenes confiesan sin cambiarles el color de la cara y, quizá sin ser conscientes de ello, que están enredados en relaciones tóxicas donde el amor se demuestra poniendo toda tu intimidad, todo tu mundo, incluso toda tu dignidad en manos del otro. Donde se permite insultar, decirle al otro con quién tiene o no tiene que ir, impedirle que vea a otras personas , hacerle un descarado chantaje emocional e insistirle en tener sexo.
Cierto que, según este estudio,  la violencia física es más propia de los chicos pero el tema de la relación obsesiva y controladora es algo que se da en casi igualdad de condiciones y que para ello se valen de un teléfono móvil y del WhatsApp.
Este verano escuché algo que me encantó del sexólogo Iván Rotella: las relaciones de pareja deben aspirar a multiplicar y no a fusionar.  ¿Qué está pasando con nuestros jóvenes?
La respuesta creo que es sencilla. La educación brilla por su ausencia. Les enseñamos a nuestros hijos qué comer, cómo vestir, incluso algunas pautas básicas de convivencia pero nadie enseña a gestionar las emociones, las relaciones humanas, los celos.
Si desconoces los efectos nocivos del colesterol, te tirarás a por una hamburguesa triple XXL y al cabo de los años, padecerás algún tipo de afección crónica. Si desconoces los efectos adversos de la relación tóxica, de convivir con estos patrones deformados y asfixiantes que se dan en algunas parejas, puedes acabar sometido a vivir una existencia que en realidad no deseas. Con suerte, serás moderadamente infeliz. Con mala suerte, podrás ser incluso víctima de malos tratos y disculparás a tu maltratador/a una y otra vez, hasta que quizá sea demasiado tarde y acabe con tu estabilidad emocional, con tu salud física, con tu salud psíquica y causando un daño irreparable a las personas que te quieren y te rodean. Pueden ser tus hijos, pueden ser tus amigos, puede ser gente que ve cómo te hundes y se siente impotente para ayudarte.

¿Qué es eso de que chicas con toda la vida por delante prefieran convertirse en fáciles a quedarse fuera del mercado? Ese discurso huele a naftalina ¿Por qué ese temor a no vivir en pareja? Sinceramente, me da más miedo este tipo de relación tormentosa y abocada a las lágrimas. Las Desdémonas y Otellos están muy bien para la ficción. Y sólo para la ficción.

lunes, septiembre 14, 2015

Piel maestra







Nuestro cerebro nos engaña. Percibimos el mundo según nuestras necesidades. Así de simple y de contundente. Lo afirman esta semana en la revista científica Current Biology. En este caso, aplicado a las caricias. Los investigadores concluyeron que percibimos la piel ajena más suave que la nuestra propia.

Está claro que los sujetos investigados se tocaban poco, porque, lo que es a mi,  me encanta mi piel: su brillo, su textura, su olor. Pocas pieles me gustan más que la mía. Es más, creo que tendría un auténtico problema si me encaprichase de otra epidermis.

Nuestro principal órgano sexual es, precisamente, la piel. Ahí la tenemos, bronceada o no, suave o rugosa, dispuesta para el placer. La piel, esa gran olvidada. Se llenan los sex-shops de antifaces, látigos y lencería cuando, en la mayoría de las ocasiones, lo único que se necesita es un tarro de body milk y una razonable química sexual.

Probablemente, los sujetos estudiados acarician poco. En realidad, los humanos nos tocamos menos a mayor grado de civilización. Y es una pena. Por eso les choca. De pronto, descubren ese tesoro que son los cuatro kilos de piel que nos visten de pies a cabeza.
Soy una gran observadora de pieles. Será porque por parte de mi familia materna todas las mujeres han nacido con una dosis extra de colágeno; porque se presume de ello en las conversaciones, porque me asombró la piel de mi abuela con casi 70 años y sin una arruga, ni una descamación;  esa piel que vestían sus piernas blancas, sin mácula. No estaba mal para una señora de la huerta, madre de cinco hijas.
Las caricias son el pegamento social, dicen en el estudio. Igual que el sexo es el pegamento del matrimonio.
Soy una fan del contacto humano. Aunque en ocasiones me sature. Aunque sea extremadamente selectiva. En un seminario, unas cuantas atrevidas y atrevidos nos ofrecimos para un experimento. Nos vendaron los ojos y, uno a uno, fueron pasando todos los alumnos del curso con el objetivo de ofrecer caricias hasta donde uno se quisiera dejar. Por supuesto, todo el mundo fue totalmente respetuoso pero, incluso con los ojos cerrados, se percibe y se identifica con facilidad a aquellos con los que nos tratamos más a menudo. Incluso, descubrí sin problema y con muchas risas a mi compañera de habitación durante esos días.

El sentimiento de simpatía es algo muy sutil y la primera rehén del encanto ajeno es nuestra piel. Por eso, en realidad, somos tan vulnerables y por más que nos escondamos bajo un manto de fortaleza, nuestra piel nos delata.

Me alegra que cada día la inteligencia emocional y el corazón estén más presentes en las organizaciones porque, al igual que es importante el rendimiento, para mi tienen una gran trascendencia los valores, la esencia. Lo que nos distingue con mucho de los demás. Cierto, hay lobos con piel de cordero y la piel ajena puede mentirnos, igual que nos mentimos a nosotros mismos; igual que en ocasiones preferimos dejarnos engañar pero igual que los gurús del marketing recurren a nuestro cerebro reptiliano para que gastemos,  nosotros deberíamos usarlo en provecho propio. Y hacerle caso. El ser humano es puro instinto y pura supervivencia y nuestro envoltorio, nuestra piel, nos proporciona valiosa información.

Cierto, no podremos medir los valores de los demás, su honestidad e inteligencia sólo  por el brillo o la opacidad de su piel pero si una piel te gusta; si hay "feeling" con alguien, deberíamos dejarnos llevar por él.
Ya lo afirmé en una ocasión: nuestro cuerpo sabe más de nosotros que nosotros mismos.


domingo, septiembre 06, 2015

Transexuales






Somos unos analfabetos emocionales. Nos enseñan a leer, a escribir, la tabla de multiplicar pero nadie habló de gestionar la ira, los celos, el deseo, la tristeza, incluso la alegría y el entusiasmo. Por tanto, si carecemos de educación en aspectos básicos y vitales de nuestra existencia, imaginen el desconocimiento atroz para tratar con una persona que nace con un sexo y se siente de otro.
Imaginen a ese niño de 10 años que no sabe si acudir al lavabo de hombres o de mujeres. Que preferiría vestir una falda, en lugar del pantalón. O a esa niña que se siente extraña en su piel y que prefiere callar ante la incomprensión de sus progenitores o el ámbito social que la rodea. Y sobrepasa la complicada barrera de la pubertad con unos pechos que no quiere, que no siente como propios y que, probablemente, le acompañarán gran parte de su vida, si no toda.
La Administración está tomando conciencia de esta realidad manifiesta y contundente pero le ha costado su tiempo y todavía en muchos lugares se cuestiona si alguien que es mujer, pero tiene pene de hombre, puede someterse a la operación de cambio de sexo, con coste a la Seguridad Social. Nadie se plantearía algo similar en el caso de una apendicitis, por poner un burdo ejemplo.
Las infinitas complicaciones vitales de los transexuales sólo las conocen con detalle quienes las sufren de cerca. Algunos podemos vislumbrar esta realidad, gracias a charlas como la que escuché este verano del doctor Guillermo González Antón en la Universidad de Oviedo. Podemos sensibilizarnos con detalles escalofriantes de las operaciones a las que se someten y podemos concluir que, efectivamente, nadie haría algo semejante por capricho.
Los costes actuales de dichas intervenciones rondan los 40.000 euros. Son operaciones difíciles, de recuperación lenta y dolorosa.  A menudo, con infecciones y complicaciones que les impiden llevar una vida corriente y moliente. Por supuesto, el transexual se tiene que olvidar del placer en esa zona, tal y como lo conocemos los hombres y mujeres que nacemos con un sexo que se ajusta a lo que nos sentimos por dentro.
Por tanto, insinuar que la operación de cambio de sexo es algo así como un capricho; que está emparentado con la estética, es errar por completo. Nadie se mete en un quirófano por experimentar.
Sinceramente, más atroz que todo el proceso al que se deben someter los transexuales para lograr que la Sanidad Pública les realice la operación (como el alegar motivos psicológicos, e inclusive enfermedad mental) considero que pueden ser esos años de crianza para los propios niños y sus padres.
Si no sabemos gestionar el estrés ¿Cómo pretendemos comprender lo que supone nacer con una disforia? (término que quizá tampoco les guste a los afectados. A mi me parece igual de espantoso que la palabra "discapacitado").
Sería ideal que pronto los baños de los colegios públicos también contemplasen esta diferenciación, esta peculiaridad. Y sería casi un sueño que las palabras dejasen de condenar a los individuos por nacer de una determinada manera, adquirir una enfermedad crónica o quedar en una silla de ruedas por el motivo que fuere.
Quizá sea pedir demasiado a una sociedad que cada día nos uniforma más, que aísla lo diferente y lo subversivo, en lugar de observarlo desde un punto de vista objetivo y aceptarlo sin juzgar. ¿Por qué lo diferente ha de ser sinónimo de malo? ¿Por qué hay tanto miedo a lo distinto?
Amigo que tachas, pones etiquetas y juzgas. Algún día ese mismo castigo caerá sobre ti y te tropezarás con el muro de la incomprensión ajena. Por nadie pase.


sábado, agosto 29, 2015

Guiriland: Los importantes







Y llega el momento de la verdad. Le decimos adiós a la orilla, a los amaneceres, a los atardeceres. El paraíso se queda aquí y regresamos a la auténtica realidad. Este verano he vivido una historia de amor con mis amigos y con mi gente, la que siempre ha estado ahí. Los importantes. Mi santo y mi Gonzalo. Ya nos ves a todos, empaquetando los recuerdos. Desamueblar el piso que alquilamos cada verano. Despoblarlo de nosotros y llenarlo de silencio. Aunque aquí nunca ha habido excesivo ruido. Muchas risas, mucho : "haz los deberes"; "qué comemos mañana": "no dejes el bañador mojao en el alféizar que no tiene patas hasta el tendedero" y mucho "buenos días". Qué educados somos.

Guiriland se volverá pequeño como un lunar en la cara de Shreck y apenas nos vendrá a la mente durante el curso escolar. Quizá un poquito estos días, en los que me encaramaré a unas escaleras para limpiar cristales, deshollinar y aportar la claridad de septiembre a la casa familiar que ha tenido mucho invierno y mucho calor. Claro que pensaremos en Guiriland. Todavía quedan meses de sudores varios.

Echaremos de menos la brisa que es nuestra aliada generosa cuando la temperatura sube y se encarama y nos deja abotargados y nos repetimos muy convencidos de que este año hace más calor que el anterior. Aunque las estadísticas dicen que sí, que efectivamente así ha sido.

A veces buscamos excitación y peligro en las vacaciones. Vivir grandes emociones. Los hay que se dejan un ojo de la cara para probar el skyjet o se arriesgan a salir lanzados a propulsión por las bananas gigantes cargadas de adrenalina y gente. Este año Guiriland se ha convertido en un lugar donde hay que hacer lo que hay que hacer en verano: descansar.


Largos paseos, sí, pero con momentos de relax. Buenos libros, emociones de papel que se nos meten adentro de las vísceras como una carcoma dulce. Un veneno benefactor. Y, sobre todo ellos, los importantes. A los que nunca me cansaré de decirles gracias, te quiero y buenos días, porque el amor no se gasta y nunca es suficiente.

lunes, agosto 24, 2015

Guiriland: Paquetes









Hombres del mundo: ¿Qué ser vivo os ha dicho que los bañadores slip os sientan bien?. ¡Ay, la virgen! Una no gana para disgustos aquí en Guiriland. Ya los he visto de todos los colores ¡¡Incluso blancos y gris perla!!. Da igual que tengáis cuerpos esculturales. Llevar el paquete ahí, arrepretao, huevo contra huevo, casi como pidiendo auxilio, es hortera, soez, vulgar. ¡Horroroso, horroroso!!

Vale que en tierras de guiris uno se sienta desinhibido y juguetón. Que ande por la vida con minifaldas, ultra-shorts, flores en el pelo y luces en la cabeza. Pero esto no, señores. Sus bultos a las orillas de la playa me provocan arcadas. Es como un mondongo embutido en una tripa de elastán. Un globo irregular que parece haberse reventado en algún cactus morboso y fuese soltando el aire a regañadientes. Un blandiblub deforme.

Ya sé que esto es clamar en el desierto. Que a la orilla del mar encontraremos un sucedáneo de morcilla cada siete trajes de baño gayumberos pero, por el bien de nuestra vista, he de insistir en ello.  Por cierto, especímenes con algo de barriga, michelín y demás, abstenerse totalmente. Vamos, que si quieren humillarse a sí mismos sólo tienen que ponerse un bañador- paquetero sobresale-lorzas. 

Es la técnica que utilizo yo misma para desmitificar y quitar importancia a ciertos personajes del mundo real. Es imaginármelos de esa guisa y soy capaz de perdonarles hasta la ofensa más gorda del mundo. Criaturas.

Aquí en Guiriland puede suceder de todo. Lo mismo te tropiezas con una batucada en la arena, que aparecen chicas vestidas con tutús azules repartiendo publicidad de un centro comercial o que un bañista decida llevarse al loro para que también disfrute de la brisa marina. Podría ser un sueño surrealista pero no, no lo es. Todo es cierto y real como la vida misma. Como el chorrete de sudor que baja desde los senos al tobillo. Al igual que el vocabulario despiadado e inverosímil de las pollitas de mi urbanización. Ahora les ha dado por tararear lo siguiente: "bollera, cabrona, tonta hija de puta". Así, como suena. De tirón. Charming.

lunes, agosto 17, 2015

Guiriland: Mi guiri interior




Todos llevamos un guiri en nuestro interior. Tuve una profesora de inglés de ascendencia australiana que se vino a España y acabó lavando a mano con las señoras de Las Alpujarras. No lo soñó, me mandó una foto. Cuando se lo conté a mi amigo Juanillo de Granada, se encogió de hombros, bufó y afirmó con rotundidad: "Sólo a los guiris les pasan estas cosas".

 Pero dejemos ejemplos ajenos. La única vez en mi vida que estuve en Nueva York, allá por el año 93, no sólo visité las Torres Gemelas de noche y recorrí el Bronx sin bajarme del carro de mi novio puertorriqueño, sino que me tropecé a Sigourney Weaver una mañana muy fría, cerca de Columbia University y saludé al mismo Kofi Annan. Otro ejemplo, verano del 92, paso tres semanas en Londres y termino bailando en un escenario de Covent Garden. Juro que pasada la treintena nunca me han sucedido cosas parecidas, salvo las miradas lascivas de los parisinos y la aciaga noche que pasé en un albergue surfero, rodeado de tíos buenos ( y tías, por supuesto) hace unas semanas en Somo (Cantabria). Pero, a lo que iba, que todos, en algún momento de nuestra vida somos ese guiri que tan simpático nos cae.

Está científicamente comprobado que cuanto más no resistimos a cantar en el Karaoke, más difícil es que soltemos el micro una vez metidos en faena y también está comprobado que todos hacemos cosas de guiris varias veces en nuestra vida. ¿Quién no tiene una foto en la Torre Eiffiel? ¿En la de Pisa? ¿Quién no se ha dejado un ojo de la cara tomándose lo que sea en el Café de Flore, buscando las huellas de la bohemia parisina?. ¿Quién no ha escanciado sidra en Asturias?¿Quién no se ha bailado una Sevillana en la Feria de Abril? Da igual que parezca que tiras dardos, en lugar de escanciar. Da igual que parezcas un mandril asustado en lugar de bailar.


Aquí en Guiriland disfruto viendo a los muchachos haciendo running al atardecer. Se diría que les encanta sudar. También veo a veces a Pedro Cano haciendo cosas de guiri, como pasear en bermudas al borde del mar.

Guiriland: Híper mercado





Aquí en Guiriland todos estamos al mismo nivel. Es como aquello de la muerte y de los ríos que van a dar al mar (que es el morir, decía Jorge Manrique), sólo que el mar muchas veces es la cola del gran híper mercado. Allí me he encontrado a actores de tele-serie; ex-alcaldes, ex-consejeros. Y mola. Ya no llevan traje chaqueta sino polo, bañador gayumbero y la cartera asomando del bolsillo trasero. Sólo le faltan las cadenas de oro para el kit manolazo completo. Sorprende la uniformidad también para el "sport". Son gente sin imaginación, me digo. Y ahí los tienes a todos: enfilaos, iguales a cualquier otro guiri del mundo exterior.

A veces, coincido con ex-presentadoras de televisión de grandes canales. Ahí siguen, en los títulos de crédito de los Informativos. Estupendas, paseando por la playa. Y me digo que me gustaría de verdad vivir en otro guiri-lugar donde no retiran a las comunicadoras de las pantallas una vez cumplen los 50. Al contrario, las grandes estrellas de las teles americanas tienen todas la menopausia. Y no pasa nada. Al contrario.

Me encantó ver bajarse de su Mercedes a un importante empresario-jubilado muy conocido. Camiseta fucsia de publicidad, pantalón de deporte gayumbero y, lo mejor de todo, calcetines blancos hasta la pantorrilla a juego con sus zapatillas de deporte. Mi escueto bikini y yo, nos sonreímos. Todo es posible en Guiriland. Hasta los autóctonos hacemos cosas raras, vestimos raro y llegamos a imitar ese gesto tan alemán de ponernos calcetines tobilleros por debajo de las cangrejeras o los zuecos de paseo. Tiene su lógica. Y los alemanes son muy lógicos. Uno se harta de ir todo el santo día con el pie mojado como un besugo y pisar el plástico barato de las chanclas de los chinos.


Hay noches que paseo por la gran avenida de Guiriland. Una especie de Sunset Boulevard atestado con vendedores de bolsos de imitación, restaurantes y, por supuesto, guiris de todas las nacionalidades. En ocasiones, portan objetos luminosos en la cabeza, tales como diademas refulgentes con estrellas y corazoncitos. Creo que esta noche bajaré a la gran avenida y me peinaré una trenza africana. 

lunes, agosto 10, 2015

Guiriland: Comida internacional




Lo bueno de Guiriland es que puedes comer todo lo exótico que imagines. Asiáticos, argentinos, bares de tapas cañís y mi querido hindú. Me he aficionado a las tortas de lentejas, que en la carta aparecen como poppadum.

No sé cuánto tiempo llevará esta familia Sikh regentando uno de los múltiples restaurantes, de una cadena con nombre de cantante, pero da igual. Es como si hubiesen llegado ayer de Pakistán. Hablan una mezcla de inglés y noséqué encantadora. Cuando se ponen a decirme el menú les digo: vale ¿eso pica?: "medio picante", contestan y, ya está. A todo les digo que sí. Ellos me sirven dos "canias", siempre por el precio de una y todos tan contentos. Al final de la velada he comido cosas que jamás pronunciaré. Es imposible sacarme del Tikka Massala y el pan  (que son los dos únicos platos que repito) ¿Pero qué más da? La vida es alegre en Guiriland.

A veces, visito los templos del Wok, altares elevados a la tempura refrita en aceite de arroz. Se recomienda no comer en el chino dos veces en la misma semana. Lo otro es un deglutir interminable de salsas agripicantes. Es como si en tu boca se instalase la cocina misma del asiático. Y no mola, claro.

Mi favorita es la señora gorda de la playa, que me recuerda a Mami de Lo que el viento se llevó. Ella vende todos los días: "la melona, la melona, el güatermelon y la painapol"; así, por este orden y con la misma cantinela que suelta a orillas de Guiriland desde hace varios veranos.


Guiriland es de hecho también el paraíso de la economía sumergida. Entre chapuzón y chapuzón puedes tomarte un mojito servido por unos macizorros que se contentan con tu cash, comprarte una toalla-pareo, un cubre sofás y hasta bisutería de imitación. Todo un mundo de posibilidades. Lo mismo abandono la inaguantable profesión del periodismo y me sumerjo yo también en el mundo de la pasta sin recibos y me dedico a contonear las caderas y vender caipiriñas a los daneses, que, como no entienden ni papa, sospecho que tendrá la misma apertura mental que la mía cuando visito el hindú de mis amores.

lunes, agosto 03, 2015

Guiriland I: Imitadores de Julio Iglesias








La vida es perfecta en Guiriland. Las personas humanas, casi todas rubias albinas de fosforecente tez asalmonada, cenan al borde del mar a las ocho de la tarde. A veces, es al borde de la carretera. En esta ocasión, los habitantes de tan paradisíaco lugar escuchan a un mal imitador de Julio Iglesias—soy un truhán, soy un señor— que es imposible creerse. Si tararease: soy un pobre diablo y he acabado con mis huesos cantando con un Yamaha barato para gente que no me escucha resultaría genuino y perdedor. Los habitantes de Guiriland no le habrían aplaudido pero yo sí. Total, nadie aplaude. Casi no charlan. Beben white and red wine. Nadie habla castellano, sólo el imitador de Julio Iglesias.

En Guiriland todo es como en una teleserie. Un show de Truman con atardeceres paradisíacos y camareros que parecen clones de Harry Belafonte y que sonríen y sonríen con unos dientes muy blancos pero que no entienden ni papa." Acho, que quiero un quinto, el vino tinto para los coloraos", le digo.
Ahí vienen otra vez esos dientes. El cantante se me figura ahora una versión calé de Tom Waits ("The piano is drunk, not me!). Dan ganas de regalarle unas chanclas aunque sea. "Déjate de sonrisas, brodel", le digo a punto de llorar, pero el clon de Harry Belafonte no me capta.

Las chicas y maduras de Guiriland huelen todas igual. Es esa colonia a lo Rosa de Inglaterra. Pomposa, dulce, muuuuy floral. Van dejando su rastro palaciego, vestidas de baratillo, con ropillas del mercao que algún experto en otras latitudes diseña específicamente para ellas. Ellas que bajan a la playa con tiaras de flores plásticas y moños altos y bikinis elegidos con esmero en el centro comercial. Ellas y su bronceado naranja de pistola —todas el mismo naranja— en cuerpos tan alejados de la cadera mediterránea y de la raza del tordo que si no fuera porque a veces pasa la gorda de la fruta, una podría estar en cualquier otro paraíso guirilandés: las Antillas francesas, por poner un ejemplo.
La cúpula celeste de Guiriland se tiñe de violeta y el sol decide tomarse un descanso hasta mañana.

miércoles, julio 08, 2015

El pipí de Águeda








Lo recuerdo como si me hubiera sucedido ayer pero fue hace más de 20 años. Yo iba paseando por Príncipe de Vergara hacia El Retiro. A veces, llegaba hasta allí y luego trotaba por el enorme parque a grandes zancadas. Y notaba como se congelaban las nalgas bajo mi ligera malla deportiva en el frío atardecer madrileño.

No serían más de las seis de la tarde. Junto a mi pasó una señora vestida de negro de cabeza a pies. Una de estas gordas enlutadas que suelen asociarse a la raza calé pero yo no sabría decir si esta mujer era gitana o paya o mediopensionista. Podría haber salido de un huevo de matriuskas. Lo mismo daba. Sólo sé que iba unos pasos por delante, puesto que yo andaba demasiado distraída con los escaparates de las tiendas de alimentación madrileñas. Esas tiendas donde yo jamás compraría nada pero que me encantaba mirar con un placer inusual.

En determinado momento casi consigo alcanzarla pero preferí concederle cierta distancia. Como si en el fondo de mi supiera que iba a presenciar algo extraordinario. Sin grandes aspavientos, aquel bulto negro flexionó ligeramente las piernas (es un suponer, una ironía dramática porque, como pueden imaginar, aquella falda tipo mesa de camilla me ocultaba todo). Veo como la falda roza el suelo, como se detiene brevemente y vuelve a estirar las piernas después para proseguir con su camino. Entre ellas deja un charquito de pis que vino a humedecer las aceras de aquella calle tan principal. No eres nada, Príncipe de Vergara, cualquiera se te mea encima, pensé para mis adentros.

Me quedé estupefacta, sin saber qué decir. Sólo me invadía una sensación de sorda violencia. Adelanté a la señora y la miré, me devolvió la mirada, tan  pancha. Yo por mi parte comencé a dar las zancadas cada vez más grandes. A pesar del pasmo, mi mente no dejaba de hacerse preguntas:  ¿Llevaba bragas? ¿O quizá  el refajo escondía un sofisticado sistema de autolimpieza? ¿Tendría familia? ¿mear en plena vía sin esconderse de nadie era una costumbre ancestral? ¿Por eso lo de las faldas negras?

La foto de Águeda Bañón, actual directora de Comunicación del Ayuntamiento de Barcelona y compañera de fatigas políticas de Ada Colau, no me parece nada del otro jueves. Yo ya estoy curada de espanto, además todo tiene su explicación: esas fotos pertenecen a un blog que la propia Águeda gestionaba y que defendía el porno feminista (2003-2007), también conocido como el postporno.
Águeda es de origen murciano y esa foto parece estar tomada horas antes o después de uno de los grandes desfiles que acaecen en nuestra ciudad en primavera. Son días donde no sólo se mea en la calle, sino que unos señores ataviados con brillos y cubata en mano tocan tetas y culos, con la excusa de regalarte un pito.


Que conste que la foto no me gusta, aunque hay que reconocerle el mérito de no dejar indiferente a nadie y parece más que estudiada. Se nota que Águeda hizo Bellas Artes. Que conste que la escatología en la vía pública a los ojos de todo el mundo, me desagrada. Todo, salvo los besos y los abrazos; Las pestucias no me van. El orinar en la calle me parece una falta de respeto hacia todos los demás. Me da igual de donde proceda el agüita amarilla pero, vale, esta foto es antigua, procede de ese blog reivindicativo donde Águeda se apodaba Miss Bragas.  Todos tenemos un pasado. Todos hemos querido ser rompedores pero creo que uno puede romperlo todo, incluso romperse la cabeza sin hacer marranerías como esta.

jueves, julio 02, 2015

#Lovewins







Esta semana el mundo gay es noticia porque por fin se ha legalizado el matrimonio de dos contrayentes del mismo sexo en Estados Unidos. El logo de la Casa Blanca se pintó de arcoíris y Obama proclamó un tuit que fue retuiteado en más de 400 mil ocasiones y en el que explicaba: “Hoy es un gran día en pos de la igualdad. Parejas de gays y lesbianas podrán contraer matrimonio, ni más, ni menos que cualquier otra”. Desde el despacho oval surgió el hastagh #Lovewins (El amor gana). Hillary Clinton también pintó el logo que la identifica, H, con muchos colorines y escribió únicamente la palabra “proud” (orgullo) con todas las connotaciones que se puedan imaginar: orgullo gay y orgullosa de mi país y de ser demócrata, I suppose.
Cientos de video montajes, fotografías, actores famosos y otras celebritys en USA y en todo el mundo celebraban este #LOVEWINS.

Estos días, muchos reflexionan sobre el lobby gay en el mundo y en España y en todo aquel que es influyente y que nunca escondió su esencia sexual pero, lejos de todo eso, yo quisiera reflexionar acerca de ese “Love wins”. El amor gana. ¿No es hermoso? ¿No es maravilloso? Cuántas historias conocemos, heteros o no,  que se ven truncadas por la distancia, por una situación personal complicada, por la edad, incluso por la comodidad y el miedo.
En esta sociedad pantallizada, incrédula, escéptica. E incluso en nuestra España abotargada por la crisis donde lo más fundamental, a veces, nos ha sido arrebatado, sigo creyendo que el amor siempre gana. Y no me junto con personas que opinen de forma contraria. Las huyo.

Ya lo cantaban los Beatles: All you need is love. El amor es la respuesta a todas las carencias. Incluso a las económicas. Pero el mejor amor de todos tiene que empezar por uno mismo. Creerse valioso aunque las circunstancias te demuestren una realidad amarga. Y es que, en ocasiones, nos sentimos muy valorados, incluso queridos, pero no recompensados. Y es que sigue sin haber pasta en esta España madrastra. Pero no importa. No hay que rendirse.
El amor es la medicina que cura todos los males. Por eso no hay que olvidar nuestra dosis diaria de risas con los amigos, de besos y abrazos de los más cercanos, de guiñarnos un ojo frente al espejo. Que nos guste nuestro reflejo. Incluso con nuestras ojeras y alguna pata de gallo. Con nuestro cuerpo imperfecto y columpiarnos sin miedo en esos rasgos que nos devuelven a nuestro interior más genuino: a la esperanza de cuando éramos unos críos; al afán por crecer y aprender y a la confianza de quien tiene toda una vida por delante.

Qué importa cuántas ilusiones perdimos por el camino. Hay que fabricarse unas nuevas. Siempre hay retos y metas que alcanzar. Por supuesto, no debemos conformarnos con ganar menos por trabajar el doble. El quererse uno mismo también implica respeto hacia uno mismo y no dar por eternas situaciones coyunturales, pero hemos de estar orgullosos de mantenernos en pie, activos y en marcha en medio de esta tormenta que parece no acabar nunca.

Yo quiero que el amor gane siempre. El amor a los demás que se traduzca en profunda consideración hacia los otros y hacia nosotros mismos y, por supuesto, no esperar menos de aquellos que están arriba, aquellos que deben predicar con el ejemplo y que han dejado en algunos casos tanto que desear. El amor también es eso: no perderse en este laberinto de injusticias y saber que, al final, también nosotros ganaremos.

                             

lunes, junio 22, 2015

Vargas Llosa y el amor





Desde que Varguitas se ha enamorado de la Preysler no pienso en otra cosa. Esta pareja me sorbe el seso. He de confesar aquí y ahora que durante muchos años amaba platónicamente a Mario. Le conocí en una rueda de prensa con 23 años y cuando le conté que acababa de volver de Puerto Rico, de la Universidad de Río Piedras, emergió de su envaramiento habitual y sonrió con esa boca llena de dientes blancos. Me pareció que no había visto un hombre más elegante en toda mi vida. Luego prosiguió una alegre charleta sobre su estancia como profesor allí y ambos rememoramos el bello Campus que parecía un jardín tropical, el canto del coquí, el aroma de las frutas exóticas que flotaba en el aire húmedo, pegajoso y sensual de Puerto Rico. Ese aire que es casi melaza, casi fluido corporal procedente de las mieles del sexo.

Pero, a lo que iba, por fin el autor peruano vence su complejo de Edipo y decide emparejarse con un ejemplar femenino que en nada tiene que ver con su familia y ADN
Está a punto de cumplir 80 años. La Preysler cuenta con 64, aunque no me atrevería a jurarlo. Ella está maravillosa, como siempre, y Varguitas ya no es lo que era. Pero tras ese envoltorio apergaminado late el fuego de las calles de Lima. Además, ya sabéis, que los caballeros siempre las prefieren más jóvenes y Preysler sigue siendo elegante y bella. Con sus cuidados y algo de photoshop llegará a los 80 mucho mejor que “el escribidor”.
Qué pena que haya desperdiciado media existencia empeñado en suplantar al padre, en lugar de ser un macho hecho y derecho del barrio de Miraflores. Imagino que Varguitas habrá tenido sus escarceos entre su primera esposa, su tía Julia (Que le inspiró la deliciosa novela “La tía Julia y el escribidor” y su segunda, su prima, Patricia. Entre sus esposas, Varguitas tuvo un affaire con la hermana de Patricia, Wanda, mientras seguía casado con la tía de ambas. Un lío.

Mi teoría es que Mario sólo estuvo casado con sus musas. Un matrimonio que ha durado toda una vida, alrededor de 50 años (La ciudad y los perros se publicó por primera vez en el año 1963). Ahora, traspasada la senectud y a punto de tocar la barrera de lo matusalénico, Vargas comienza su existencia real. Con todos los galardones del mundo en su haber, incluido su ambicionado Nobel, el autor de “Historias de la niña mala” lo mismo ha decidido colgar su oficio de escribidor y disfrutar de un amor maduro, pausado pero seguro que lleno de ímpetus y ardores.

Varguitas me decepcionó mucho el día que le pegó ese monumental corte a Julia Otero. Ella que tanto le admiraba y leía, cometió el error de alabarle en público, de decirle que tenía unos bonitos ojos. Un caballero le habría agradecido el cumplido pero el autor de “Pantaleón y las visitadoras” le tiró un estufío de agárrate y no te menees. Nunca le he preguntado a Julia, pero, vamos, me lo hace a mi y soy capaz de soltarle una colleja sideral.

Realmente, Varguitas se ha pasado la existencia encerrado en ese capullo endogámico, muerto de miedo y rodeado de una muralla de palabras e historias. Los escritores suelen hacerlo, están incapacitados para la vida real. En esta ocasión, mi idolatrado escritor nos da una lección imprescindible de valentía. Casi le he perdonado el desaire que le hizo a Julia Otero.


Eso sí, olvídense sus lectores de nuevas genialidades. Hoy, este titán de vocabularios y tramas, se va de vacaciones. Viva el amor.