Borges decía que el tiempo es circular y creo que tiene razón. De mis seis meses en el paraíso a la conversación en mi coche con Vila-Matas han pasado 17 años nada menos. Y cierro el círculo. Antes me sucedían cosas sensacionales, como encontrarme con Sigourney Weaver por una avenida vacía cerca de Columbia University con un frío que pelaba; bailar en un musical de Londres (sacaban a bailar al público), o encontrarme con mi compositor favorito por una calle de Madrid una tarde muy especial. Una tarde de brisa mágica, de summer wind. Ahora no. Nada de eventos sensacionales. Aunque vivo en un microcosmos, como en Puerto Rico. Y toda mi vida parece una fantasía una animada. En apariencia mi vida es mágica y maravillosa pero es un espejismo. Un microcosmos de pequeñas labores que alumbran esta oscuridad. Y sí, puede ser sensacional, aunque no impactante el hecho de trabajar como una fantasma en proyectos fantasmales. Porque nunca cuajan. En vivir rodeada de una aureola “chic” y cobrar una miseria por hacer un programa. O hacer mil cosas que me solicitan y que nadie cobra. Y porqué las iba a querer cobrar yo también, habráse visto, qué codiciosa soy.
Pero no quiero parecer aquí una impostora. En mi fuero interno, ese que es inviolable, insobornable e inasequible al desaliento (por más que parezca lo contrario, a tenor de estas pobres palabras) ese personal-branding existía antes incluso que yo misma. Antes que existiese esa terminología tan moderna. Tener un poderoso personal-branding es una ventaja para muchas cosas pero una enorme desventaja para casi todas las demás, sobre todo aquellas relacionadas con el mundo laboral, donde tanto sello personal está mal visto por los jefes, que imponen su sello y que para eso son jefes; o por las grandes empresas, que para eso arriesgaron su capital un día, para que su marca sea poderosa y no tú, claro. Es lógico. Pero que me pierdo y no quiero, porque me he propuesto, por más que algún lector muera asfixiado por este rollo enfermizo, terminar mi novela. Y si algún lector muere abotargado entre estas letras, son males menores. En la guerra lo llaman daños colaterales y en el amor, en la literatura y en la guerra, todo vale.























