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martes, enero 05, 2016

Mercurio






El termómetro de casa se hizo añicos. En mis manos flotaba el mercurio, como un duende juguetón. Ante mis ojos anonadados, hipnotizados, desapareció mi anillo de oro blanco. Me lo regaló en nuestro primer aniversario. Aquella relación perversa era incomprensible a los ojos del mundo. Pero nos amábamos.

Se acercó un día envuelto en notas musicales, un duende encantador en vaqueros, con perfume de Armani, con el pelo blanco y tantas arrugas como la vida le había regalado: "Me has dejado algo nuevo dentro".

No me explico aún como su alma se adentró en mi. Despacio, con amor y paciencia pero de un modo terrible e inevitable. Inexorablemente, me transformó en otra persona. "Eres la elegida;  eres la niña mimada del universo". Puso su anillo alrededor de mi dedo. Yo reía incrédula. Me parecía una ceremonia macabra y sin sentido. Selló su compromiso con el beso más lascivo y lujurioso que jamás recibí en mi vida.

A partir de ese momento, su poder sobre mi era imparable. Un tsunami. Movía sus dedos y los sentía dentro de mi, en mis entrañas. Apenas abría la boca y mi alma, posesa de sus encantos, corría a saciarle. Era completamente suya y era completamente feliz.
Una noche de todos los santos, describió lo que sería nuestra vida juntos. Yo me reí. Me parecía todo fantasmal, absurdo. Él, si no fuera por su carne y su arte en la cama, me hubiese parecido el más patán de las tinieblas. Dejé de reirme. Conforme pasaron los años todo se cumplió punto por punto. Me anunció la fecha de su muerte con una pasmosa frialdad.

Dormimos juntos en no pocas ocasiones. Una mañana, desperté con  la sensación de que dos finísimas agujas penetraban en mi cuello. Empecé a gritar. Después, me dejé ir. A la hora siguiente volví a despertar e hicimos el amor como  si nada. Como cada mañana que nos encontrábamos bajo las sábanas. Da igual que la noche anterior hubiese dejado más de una herida de guerra en nuestro cuerpo. Al día siguiente siempre sucedía del mismo modo. El mismo hambre, el mismo furor. Parecía que nos íbamos a morir después de aquello.

Seguimos con nuestras vidas. No sucumbí al chantaje emocional de su muerte temprana. No quise compartir cada día y cada hora y cada día ,y otro más.  Y un mes más y una semana más con él, junto a él. El sexo me saturaba. Su presencia embotaba mi voluntad. Le necesitaba como se necesita un chute de algo pernicioso pero que te permite seguir viviendo. Le necesitaba pero evitaba su presencia física más de 24 horas.
Era absurdo huir. Siempre estaba conmigo.

Hace tres años murió. Mis dientes afilados se estrenaron apenas pasó un año del luto y conseguí otro rehén para nuestra causa. ¿Qué causa era esa en verdad? Ninguna clara: disfrutar de cada minuto, de cada segundo de nuestras vidas. Exprimir los cuerpos, escarvar en las hondas fuentes del placer como si cada minuto de éxtasis nos alejase de nuestras tumbas mortales. De nuestros cuerpos mortales.

Y siempre sucede del mismo modo. El adepto se deja llevar. Piensa que podrá abandonar cuando quiera. Como el drogadicto que reniega de su atadura y quiere creer que podrá dejarlo en cualquier momento, que no lo necesita para sobrevivir. Pero se engañan.

Ya no es necesario anillo de platino. Entre mi maestro y yo existía amor, auténtico amor y devoción mutuas. Por eso prefirió matarse y por eso eligió someterme sólo a medias.
A ningún amante le gusta saberse correspondido por pena o por obligación.
Pero yo no soy tan benevolente.
Yo no soy tan amante.
Y ellos caen en mis redes y contemplo con delectación como sus almas, las almas de todos aquellos que se creen libres, invulnerables y poderosos se extinguen como el oro en mi dedo, ante la voluptuosa e insignificante bolita de mercurio. Y sus ojos sólo reflejan los míos. Y los de mi amado, mi maestro. Y sus pieles, sus almas, sus músculos, tendones y huesos me pertenecen. Y no me importa en absoluto que crean amarme cuando en realidad están presos. Rehenes de mi sangre. No les amo. No hay amor ya en este cuerpo.

El sexo nos ofrece una falsa sensación de poder y libertad. Ellos se creen los reyes del universo pero no son nada. Una pieza de metal entre mis dedos. Vulnerable carne, anhelo y voluntad que perecen bajo el mercurio de mi carne, anhelo y voluntad.

¿Quién sabe? Quizá tú seas el siguiente.

miércoles, agosto 20, 2014

Urgencia perfecta


Acostada en su cama le deseaba. Un fuego en las entrañas se abría paso sin compasión. Vientre enloquecido. El sexo cobraba vida propia y ya no quería otro alimento que aquel pene poderoso y brillante. Aquellos besos de lenguas infinitas. De ternura infinita. Y no quería mojarse pero quizá era su propio pubis el que extrañaba la fuerza, su fuerza. Ni más fiero ni más manso. Las justa fuerza que se agarraba a sus caderas, que la hacía temblar, desesperarse, descabalgarse. Y regresar a aquel coche y sus estrecheces. Y al descampado y el ansia. Y las prisas y los visitantes inoportunos. Y se decía que todo estaba bien como estaba. A pesar de no ser una suite de cinco estrellas, estaban ellos. Sus pieles rozándose. Sus pieles sabias.

Su mano acariciando aquel mástil de pasión. La boca rodeando el glande, describiendo e intentando aprender el camino de su placer. Los diestros dedos masculinos que se colaban en la frondosa materia de sus cavidades. Los de ella que recorrían sus labios, que se adentraban en la boca.
Sus gestos de insoportable disfrute.
Y le miraba comer de su pecho. Y le miraba y todo era perfecto. Las estrecheces, hasta los miedos.

Y ahora, en esta cama blanca, le deseaba tanto que su ansia podía gritar.
Ojalá lo pueda oír –pensaba– Ojalá, como yo, lo pueda sentir ahora, palpitante, exigente, urgente entre sus piernas. Igual que yo lo siento entre las mías.
El deseo tenía su nombre, tenía su voz, tenía sus ojos y sus manos. Y podía ser en ese momento la esclava de su deseo. Sumisa y postrada ante sus ojos.
Lo mejor de todo es que él no la quería así. Ni sumisa ni postrada, sino libre y feliz.
Lo mejor de todo es que se liberaban cada vez que se amaban. Y con cada gota de ese potente filtro que eran sus fluidos en conjunción crearon un nuevo veneno. Y todo era posible. Todo era mágico en torno a ellos.
Podían amarse y desaparecer. Podían amarse y permanecer
Y el veneno perdió su componente negativo desde aquel momento.
Acostada en la cama fantaseaba con dos amantes, ellos dos, capaces de transformar y transformarse.
A pesar del infierno bajo el short. Del calor intrépido y descarado, se quedó quieta, esperando la llegada de la palma de sus manos, del dibujo de sus labios. De su propia urgencia, la de él, en torno a ella.

Y cerrar el círculo. Y cerrarse en el mundo perfecto que construían sus cuerpos. 

viernes, junio 06, 2014

Tu peso



Me gusta sentir tu peso. Te lo dije. Ese after love que disfrutamos entre carcajadas, tú sobre mi, fue de las cosas más bonitas que permanecerán en mi recuerdo. No te conté que me vino a la mente la imagen de mi hijo con cuatro años, que se dormía así, sobre mi pecho, escuchándome cantar María, María de West Side Story. Cuando terminaba el estribillo, levantaba la cabeza y me pedía: ¡ottta vess!

Creo que nuestras últimas risas fueron tan bellas como los besos. Que no hay dulzura semejante a esos momentos. Qué final tan abrupto e insospechado. Es como matar a un recién nacido.
Quedan tantas cosas por decir. Por hacer.
Desprecias el milagro, Herodes del amor.
Tampoco te conté la terrible pesadilla. Ví morir a mi hijo. Era mucho más pequeño. Pero mi hijo era un símbolo. Éramos nosotros.

Me gustaba sentir tu peso, tus risas. Escucharte decir lo feliz que eras conmigo en esos momentos. Las interminables despedidas.

Cómo puedes ser tan cruel. Tan frio. No tienes alma, no.

domingo, mayo 18, 2014

El color de mi vida







Un hombre y una mujer desnudos. Ella recuesta la cabeza en su pecho. Pocas veces hizo algo similar con esa confianza. Con esa seguridad. Ella se siente feliz, aspira su olor. Se queda enganchada a los sentidos. Él mira al techo. Se abandona a cierta paz. La acaricia. La piel es suave. Le gustan sus pechos, le gusta su culo. Poco a poco la va descubriendo. Antes se derramó sobre ella casi con desesperación, casi con aullidos. Se escapa de sus ataduras volcándose sobre ella, que le dice que le quiere "Pero si no me conoces".  Claro que le conoce. La cama es el mejor sitio del mundo para conocerse a la velocidad de la luz. Porque lo de ellos va la velocidad de la luz. Él a veces duda. Ella se siente desbordada. Cada vez que están juntos es mejor que la anterior. Todo es hermoso, tan frágil. Los humanos lo somos. Gracias, le dice él. ¿Por qué? Pregunta ella. "Porque le das color a mi vida. Antes todo era en blanco y negro".

Ella siente que merecen ser felices. A ratos sufre por la fugacidad, porque es imposible estar juntos. No quiere atarle a su vida. Quiere hacerle libre. Como lo es ella en esencia. Él tiene demasiados vínculos. No quiere que esté con ella ni por agradecimiento, ni por curiosidad. Ya no. Quiere que la busque. Que sea él quien se atreva a quitarse la venda de los ojos y descubrir que el sagrado amor se ha instalado entre ambos. El sagrado amor. 
A veces tiene que jugar a esconderse para que él la encuentre.
A veces tiene que hacerle ver lo precioso que hay entre ellos. Que lo valore.
Porque no quiere que esté con ella por agradecimiento, por no defraudarla, por un simple afán de aventura. No quiere que esté con ella porque otros hombres la desean y sea él quien se la lleve a la cama.
Quiere que la busque porque sí. Porque, en su libertad, consciente de sus pasos, aunque asustado, la elige.
Decide elegirla.
"Eres preciosa". Le hace una foto desde atrás donde contempla la silueta de su pecho. Qué estampa, exclama. Pero la borra, claro.

Ella siente que la noche de luna llena fue especial. Que ninguno de los dos quería salir de ese paraíso fabricado a medias. Que le podría cuidar como se cuida lo más preciado. Que podría besarle todos los días ¡Tantas veces!
Que podrían hacer el amor todos los días ¡Tantas veces!  "no me iba a poner guapa ni nada". "Este ritmo no lo aguantamos todos los días, corazón". No, claro que no. Ese ritmo es lo que la desquicia. Del todo a la nada en pocas horas. De la nada al todo.
Él se maravilla de lo fácil, de lo natural que es el sexo con ella. De cada minuto hermoso que comparten.
Todo es tan frágil.
Todo puede ser o no ser.
Las promesas están fuera de lugar.
Él la acerca en su moto al coche. Cuando se despiden hay un beso.Un pájaro canta en ese mismo momento.
El pájaro de la mañana. Son casi las cinco. Y él se sonríe. "Si es que encima nos pasa esto". Ella bromea: "El universo conspira a nuestro favor".
Todo es complicado pero, al igual que en el Teatro, ella está segura que todo saldrá bien en el último momento ¿Pero cómo? Nadie lo sabe, es un misterio.
En el Teatro de sus vidas ocurrirá el milagro. Cree que ellos lo merecen. Merecen ser felices.Todo el mundo tiene derecho a ello. Es una crueldad arrebatar si quiera la posibilidad.
Nadie es dueño de nadie pero los seres humanos nos pertenecemos los unos a los otros. Ella le recuerda la frase de Truman Capote. Él no termina de quererse ni creerse merecedor de nada.
Entre las bromas y las burradas hay ternura. La ternura endulza el aire. La miel de sus vidas.

jueves, mayo 01, 2014

El mandamiento de los amantes





Gracias por existir, dijiste, llevado por el resorte de una canción. Como quedamos en que no te recordaría amores pasados, pasé por alto esa frase, exacta, a la que me regaló alguien a quien amé, quizá demasiado.

Todo resultó tan perfecto, tan como estaba en mi cabeza, que me parecía mentira. El vino con la temperatura justa. Nuestros cuerpos con la temperatura justa. Es decir, sudorosos, brillantes, temblorosos porque siempre hubo ese temblor entre tú y yo. Ese temblor que da tanto miedo. El temblor silencioso, como la calma que precede a la tormenta. Los interminables besos, las sorpresas. Mi corpiño, el cubito que arrebaté a la hielera para pasearlo por tu pecho y meterlo en tu boca y comerlo a medias.
Tu ternura, tu dejarte ir, la fiereza acompasada a un ritmo. El medio tiempo perfecto del perfecto acoplamiento. Escuché tus latidos y jugué al tam-tam sobre tu pecho. Tu me imitaste. Eres un gran imitador. A veces pienso que el sentimiento sólo era mio hasta me confesaste que ya pensaste en mi aquel día, el día en que nos conocimos y que no podíamos quitarnos ojo.
La cama se quedaba pequeña, siempre lo es cuando hay tanto amor. Ese amor incontenible. Y, poco a poco, nos fuimos colonizando. En un momento me abarcaste, me sentí pequeña y protegida entre tus piernas y tus brazos. Y volvimos a los besos. Y regresó tu deseo loco. "¿Ves como me pones? Comenzamos con los besitos y no hay forma de parar".

Pero hubo que parar porque cada uno tenía que regresar a su mundo. A su vida. Descubriste una mancha de sol en mi espalda cuando compartíamos la ducha.

Nos quedamos con el número de habitación de hotel, con esa canción que un día nos recomendamos mutuamente, al mismo tiempo. Cifras y letras. De pronto todo cobra significado. Todo encaja.

Como soy una egoísta irredenta, odio devolverte al mundo. Odio terminar las horas del placer, de luna de miel .Siempre insuficientes. Como soy una egoísta, quizá te dejaré marchar para evitar el desgarro que supone la vida en tu ausencia. Que no me enamore, dijiste. Sí, también dijiste eso. Como quedamos en evitar hablar de amores pasados, obvié contarte que alguien me pidió exactamente los mismo mientras me follaba en su piscina. El que se enamoró fue él. Porque, como soy una egoísta, me entrego de una forma que asusta. Pero mi entrega es genuina. No persigue fin, ni interés y quizá nada tenga que ver con el enamoramiento.

Como soy una egoísta, me enamoro del hombre que me demuestra su amor exclusivo, inquebrantable, una y otra vez. Un año tras otro. Así, hasta al menos tres. Así consiguió enamorarme de verdad el único hombre del que me enamoré.

Con los demás me entregué, porque cuando amo, siempre me entrego. Y amé, que el amor es algo sagrado y hermoso. Pero cuando sumas decepciones, ansias insatisfechas o pequeñas deslealtades, la entrega se atenúa y no hay forma de enamorarse...e incluso de volver a entregarse con el mismo ímpetu. Y no es venganza. En ocasiones, incluso en muchas ocasiones, intenté capturar ese sentimiento, ese afán para salvar la relación más larga de mi vida.

Pero quedamos en que no te iba a hablar de mis otros amores. A pesar de tu aparente frialdad, detestas conocer los detalles. Los detalles que me hacen como soy, tal y como me ves. Tal y como me entrego a ti en una habitación de hotel, en un sillón rojo de un burlesque desierto, abrazada como una colegiala en tu moto.

Los detalles lo son todo: What a wonderful nigth!, leí en mi móvil mientras me desvestía, minutos después de habernos devorado.

Esto sí es tuyo enteramente pero no me vale, porque en esa exclamación falta el componente emocional, tierno y exclusivo.

Fue una noche maravillosa porque tú y yo lo somos cuando estamos juntos. Esos momentos son de una belleza tal que casi me enferma. Nuestros momentos son sagrados. Como el sagrado amor, como otras cosas que se presuponen sagradas.

Como soy una egoísta, no aceptaré. NO ACEPTARÉ, un "lo nuestro", que no sea sagrado en sus horas. Hermoso e irrepetible. Porque es distinto cada vez. Y así habrá de ser.

No te recordaré amores pasados pero te diré que sólo sobreviven en mi memoria y, lo que es más importante, en mi corazón, aquellos que trascendieron el sexo aunque el sexo fuese increíble con ellos. Aquellos que me transformaron, que me hicieron armarme de valor, perderle el miedo al miedo, aprovechar el momento (porque es verdad que el tiempo se nos escapa) y aquellos que me demostraron que no hay barrera emocional, psicológica, mental, física o material que se interponga entre dos amantes que se quieren, que están dispuestos a ser amantes mientras se pueda y que sobrevaloran la palabra amante por encima de cualquier otro vínculo terrenal. Porque esa es la fuerza transformadora de la vida.

Y como soy egoísta, no me pienso conformar con menos.

sábado, agosto 17, 2013

El columpio




“Imagina una de esas enormes casonas rústicas junto a las marismas de Carolina del Sur. Yo soy el columpio que pende del viejo árbol. Inmóvil, esperando que el viento del verano lo empuje. Soy tu columpio, Juan”.

Norma sabía resucitar su pasión, de eso no cabía duda. Quizá por eso la huía tantas veces. La quería demasiado. Era una de las peores adicciones que conoció en su vida pero, después de todo fue él quien la persiguió tres largos años hasta contar con sus favores. Se dijo que sí, que era momento de volver al columpio, aunque doliese tanto después.

"He encontrado nuestra casa, nuestro árbol, el columpio. Tráete una manta y hacemos un pic-nic. Te adoro". Le escribió.

Se encontraron en una perdida aldea, en una casa abandonada que le habían prestado a Juan. Sin agua, sin luz. La sentó sobre la manta y desabotonó su camisa con mucha parsimonia. Y ahí estaban esos pechos adolescentes que le volvían loco. Todo en su cuerpo era inmaduro y él era un inmaduro, quizás por eso la amaba tanto. Y ese coñito chiquitín del que se enamoró apenas lo rozó con sus manos. “Parece mentira que hayas parido, que tengas 40 años”. 

Los dedos de Juan la recorrían hasta los rincones recónditos, como un cirujano. Ella agarraba su pene y lo acariciaba como con suavidad  y lascivia.  El viento sopló y movió el columpio frente a ellos.

-Es hora de partir –anunció Norma— Hoy será nuestra última vez.

Juan la amó como siempre, porque siempre podía ser la última vez. Siempre había urgencia, nervios. Siempre había emoción.

La llevó a incontables estertores de placer. Se fue dentro de ella, se quedó dentro de ella. Se durmió dentro de ella y cuando despertó, sólo quedaba su camisa blanca, su falda, su perfume y el columpio que se balanceaba sinuoso, lento, satisfecho

viernes, agosto 02, 2013

Heridas de guerra



Él la recibía desnudo. Con una mano cerraba la puerta, con la otra le agarraba el culo . Lucía dejaba caer su equipaje. Manuel le daba una patada. Directo al salón. De la breve entrada y sin cesar de besarla la conducía a la cocina: “Bebe, tendrás sed”. Primero agua, luego vino. Y volvía a los besos. 

Le arrancaba las bragas y allí mismo se arrodillaba ante ella y la hacía irse con su boca. Si era verano, se tumbaban juntos en el frío suelo e iniciaban unos preliminares interminables. A veces ella succionaba, arañaba más de la cuenta. A veces, él hacía lo propio. Dedos y bocas llegaban a lugares nunca visitados: “eres un puto colonizador ¿Lo sabías?”, bromeaba. 
En aquella época en el cuello de Lucía se dibujaban lirios púrpura. La espalda de Manuel era un lienzo con garabatos. El interior de los amantes también acababa dañado por el fuego y la curiosidad: “Son heridas de guerra, deberías estar orgullosa.”. Así las llamaba él.
 La siguiente parada era la cama: “Ven aquí, que te voy a bajar los humos”, le ordenaba. Y la embestía desde atrás agarrando sus caderas. Los gritos de placer y dolor se entremezclaban. Ella después le cabalgaba sin piedad. Lo inmovilizaba con sus rodillas y manos “¿Quién manda ahora, eh?” 

 Sus encuentros eran salvajes, activas horas de sexo, interrumpidas por algún sueñecito y las pausas ineludibles para cubrir necesidades básicas. El placer los narcotizaba. Dormían exhaustos hasta el alba y la primera erección de Manuel. Y vuelta a empezar hasta que llegaba la hora en la que Lucía tenía que partir. Apenas pisaba la calle, Manuel la llamaba: “Me quedo vacío sin ti. Es terrible”.

 -Sin embargo, yo me voy llena de ti. 

 -Y con heridas de guerra, mi amor.

 -¿Quién las curará?

sábado, julio 27, 2013

Vecinos




Cuando ella entraba en el ascensor el aire se transformaba en néctar de melocotón y acordes de praliné. Cuando se miraban, a él, indefectiblemente, no importaba si había desayunado o no, le temblaban las piernas. 
El primer encuentro fue un verdadero terremoto: “¿No sale?”.

 -Cre, cre, creo que he olvidado algo. 
 -Una faena, calificó 

A la frase le siguió una sonrisa llena de blancos dientes, un alzar de hombros bronceados y unos ojos que se clavaron en los de Inocencio como ascuas. Agradeció que la portezuela del ascensor se cerrase obediente y se quedó a solas en aquel aire contaminado. Se apoyó en el espejo, boqueando como un pez apunto de fenecer por asfixia. 

 En ocasiones la escuchaba gemir a través de las finas paredes de su apartamento. También los escuchaba a ellos: El de los martes se llamaba Germán: “Sí, mi amor, sigue así. Eres la mejor, esta es mi chica”. Los fines de semana, aparecía por allí Salva. Era bombero. Por las conversaciones deducía que a él le gustaba apagar sus ardores y regarla de semen: “Toma, toma, todo para ti. ¿Todo tu fuego es para mi?”. 
 -Claro, cariño—mentía . 

 La veía entra y salir del apartamento a horas fijas. “Tendrá un trabajo”, pensaba Inocencio. Cuando se tropezaban le era imposible articular sílaba. Todo era un salivar, crujir de dientes, trastabillar palabras que se atascaban en el velo del paladar. 

Cierto día, la puerta se abrió en el bajo y apareció ella con el pelo mojado, agitada. Apenas llevaba una toalla y las llaves en la mano: “Germán y Salva se han conocido”. Ella sabía que él sabía. Por la escalera atronaba una voz masculina. Resuelto, sereno, le tendió la mano, apuntó con su dedo al sexto piso y la convirtió en su refugiada.

viernes, julio 19, 2013

París




Él susurró en su oído:"Qué pases un gran día, guapa". La despertó pero no abrió los ojos. La besó en la frente. Acarició su pelo y se quedó junto a ella. Respiraba su olor. Paula se quedó muy quieta. Le sorprendía este ataque de "intimidad". En tres años de conocerse habían sido fantásticos compañeros de trabajo. Se gustaban pero todo era extremadamente civilizado. Hasta que ella le anunció que iba a París: "los jefes me envían para vigilarte".
 -Quédate en mi casa
 -¿Estás loco? Me pagan un hotelazo
 -Hazme caso, te mandarán al quinto infierno. Yo vivo en el Marais. Te encantará.

 Así llegó ella a su cama, del modo más tonto.

 Salió a pasear en su día libre. Regresó a la Sainte Chapelle, uno de sus lugares favoritos del mundo, callejeó hasta Montmartre. Horas de tiendas, pan au chocolat y Chet Baker sonando en su iPod. "Guárdate energías para esta noche, vamos al barrio latino". La llevó a un restaurante sencillo, oscuro, con velitas "es para que no se vea la mugre", bromeó él." ¿Y Nicolette?", preguntó ella. Nicolette era su prometida. "Con sus padres",contestó. "¿Y Luis?" Luis era su prometido."Sin sus padres", zanjó ella.

 Pidió una rústica sopa de cebolla. Él una botella de Veuve Clicquot. Y otra. Al salir, la tomó por el brazo al estilo antiguo. Llegaron a tropezones hasta su minúsculo apartamento. Sin parar de discutir. Ella se quitó las botas, él los zapatos. Risas, menos prendas. De pronto, ya no había ropa y se miraron con una interrogación en sus ojos ¿Qué estamos haciendo?. Se instaló el silencio. Sin palabras hicieron el amor salvajemente. Como dos desconocidos. Se derramó en ella con desesperación y civilizadamente exclamó: "No soy yo, es París. No me lo tengas en cuenta, mademoiselle".

sábado, noviembre 03, 2012

El espejo




Asomaba su rostro al espejo. Los ojos oscuros como boca de lobo. El reflejo mostraba sus ojeras violáceas, un cuello con rastro rojo de muerte y el dibujo de una soga trepando por su piel. No, no podía salir a la calle con semejante aspecto. Ya no sabía qué hacer para ocultar los orificios que su amado había ido perforando un día y otro, y otro. Las hormigas podrían crear un universo en su interior. Los dientes, esos dientes que adoraba como cada palmo de su cuerpo, habían hecho un gran trabajo. Menuda tuneladora. Parecía simple. Tumbarse en un lugar alejado. Un prado, un bosque. Dejarse morir. Que las hormigas se apiadasen de su cuerpo mortal, que se colasen por entre las huellas de su amor. Tan maltrecho. Que se la comieran en vida. Formar parte de la cadena alimenticia, convertirse en abono del mundo.
El reflejo era demoledor. Conforme pasaban los segundos, su sistema venoso convertía su cuerpo en un mapa de ríos. Como cuando era niña: el Miño, el Duero, el Tajo. Toda ella convertida en una osamenta transparente y carnosa. Ahora sobresalía del espejo su masa muscular. ¡Vaya! Era cierto. El esternocleidomastoideo era muy largo. Tan largo como el infierno en el que se encontraba atrapada. Si fuera como ellos, no habría reflejo. Por eso no entendía las visiones.
No habrá maquillaje capaz de ocultar este desastre, pensaba. Si fuera como ellos, gozaría con la sangre. Pero la detestaba. El mero olor la hacía vomitar. Todos ellos eran repulsivos. Parásitos de la vida.  Permanecía en aquella tribu por amor. Llevaba más de un año con aquella doble vida porque no sabía no hacerlo. Tendría que salir al exterior. Otra vez. Pero si el espejo se empeñaba en devolverle esa imagen de pesadilla no tendría el valor.
“Ven aquí, Kyra” le ordenaba autoritario cuando apenas conspiraba con llegar a la puerta, asomar su maltrecho ser a la calle.
--Lo siento, Samuel. Hoy voy a salir. Voy a escaparme de este tugurio. Os detesto a todos. A ti, también. Ya no te amo.
--No es verdad. Habla el miedo, Kyra. Pero ya no hay miedo.

Las escenas del cautiverio se reflejaban en el blanco de sus ojos. Ese espejo quería decirle algo. Nada le importaba. Ser monstruosa, ser bella, ser un despojo. Hoy saldría afuera. Vería el cielo, respiraría la polución de aquel universo contaminado tras la hecatombe nuclear. “No tengo miedo”.

Abrió la puerta. Al otro lado encontró el páramo de los vivos ¿Pero dónde estaban? A sus pies, un precipicio. ¿Ves lo que te dije? Samuel se carcajeó de un modo despiadado. “Sólo nos tienes a nosotros porque sólo existimos nosotros”. Era un cabrón vengativo y un mentiroso. Y un manipulador. No creía sus palabras. No creía la imaen que tenía ante sí. La enorme meseta, cuyo horizonte se perdía en lontananza. El ulular del viento, la lluvia ácida, el gris plomizo de las nubes, de la tierra, de todo.
Volvió a su espejo. Hizo su toilette como siempre, como si nada ocurriera. Volvió a la puerta. Abrió y cerró esa puerta cientos de veces. Volvió a su espejo cientos de veces. Como si nada ocurriera. Volvió a su imagen terrorífica. Al fantasma de su osamenta que se desintegraba y se regeneraba minuto a minuto. Un bucle demoníaco de su reflejo al vacío. Del vacío al terror de saberse sola.
Un último intento, se dijo. Cerró los ojos, concentrada,  y abrió la puerta de la calle. Sabes que esto no está pasando. Es el engaño de Samuel. Es su afán por poseerte cada noche, cada día, hasta el final de los tiempos.
Como por arte de magia, tras la puerta encontró su calle. La de siempre. El kiosko de en frente. La cafetería de la esquina. El olor algo salobre del tráfico cercano al mar. Se tropezó con André, aquel vecino francés tan sofisticado: Bonjour! Le mostró la mejor de sus sonrisas. Pero no obtuvo respuesta. Entró a la cafetería. Comería algo normal para variar. Pero nadie atendía a su llamada. Bajó a la gran ciudad y repitió esta operación en cientos de lugares, con cientos de personas sin obtener respuesta. Llegó al metro, se metió en un vagón y allí estaba él. Su padre ¿`Pero qué coño es esto? ¿Su padre? Su padre estaba muerto. Hacía casi 15 años de aquellos. La miró. Abandonó su asiento y se dirigió a ella que esperaba de pie que se abriese la puerta. En la siguiente estación.  Kyra, Kyra ¿Qué haces aquí, cielo? ¿Y tan pronto? Eras una buena chica ¿Que te ha pasado?
Contestó sin pensar. Con la certeza brutal de que hizo algo horrible. Como su padre. Que se quitó la vida. Fue un día de viento. En el bosque. Se colgó de un árbol. Y se la comieron las hormigas.
Imagen de Gernán Saez

viernes, diciembre 23, 2011

¿Sólo? no, con Clooney (Micros, greguerías)



¿Le pongo el café sólo? / No, con Clooney/ ¿Y yo no te valgo?


Mario la piensa. A veces hace incursiones en sus juegos, excursiones por sus senos. La recrea en fotogramas de deseo bidimensional, infinito.




Me gustas...incluso vestida.




Bailaban en lo oscuro. Muy lento. Era casi la primera vez que el juego de palabras daba paso a otra cosa. Tango, cambalache. Qué mal bailaba el jodío. Ella se paró en seco y lo separó bruscamente de su seno: "Yo pensaba que esto iba a ser otra cosa". Cogió el abrigo y se marchó.


Hace años tus llamadas me llenaban de mariposas el estómago. Hoy, tus gusanos comen la cabeza  #pesaojoder


La luna llena sin ti es un desperdicio monumental


Este día raro y gris. Este vacío. Gritos heridos en la espesura, en el silencio verde. Viento helado preñado de presagios. Duele este día


La mosca quedó atrapada en el bloque de mantequilla  -beige, frío, insolente- disfrutó hasta el colapso de sus arterias. Butterfly agónica, extasiada y feliz. Hay amores que matan.





lunes, octubre 10, 2011

Nicontigonisinti (microrrelatos)






Tomó su cabeza entre las manos, tan pequeñas. La tarde se quedó sin palabras y ellos sin saliva "¡Más agua, por favor!" Gritaba Enrique VIII


"Gracias por existir", le dijo él con los ojos empañados por las lágrimas. "De nada, pero deja de pisarme el juanete, por todos los dioses".


"Miré y no encontré luna. Y me di cuenta que tú eras la luna", dijo él solemne. "No my, dear", resolvió ella, "había luna llena y tú estabas borracho, muy borracho".


"Me siento vacío sin tu piel", le dijo con los ojos inundados de emoción. "Pues a ver cómo lo arreglamos, sólo tengo una (piel) y tres novios más", contestó ella.


"Me encanta el brillo de tus ojos", le dijo él. "No te engañes", contestó ella, "he estado llorando por otro".


"No sé si es amor o adicción. No sé si te quiero", le dijo él pegado a su cara, "Sólo sé que mon coeur batte pour toi trés fort". Ella tocó su pecho y sintió frío. "Debe ser adicción", concluyó.


"Sé que me quieres, lo sé", le dijo él. Y añadió: "Mírame a los ojos y dime que no es verdad". A ella se le escapó una lágrima: "Sí, sí...y mucho, vive Dios, pero no de esa manera, cariño"


"Me has dejado algo nuevo dentro", le escribió él en un sms. "Cierto. Se me olvidaron los bostezos en tu casa, ¡aburrebragas!", contestó ella.


"Tengo celos hasta de los neutrinos", se dijeron perdidos entre la basura interestelar.


"No nos vamos a enamorar ¿verdad?" susurró en su oído, mientras se le escapaba la vida entre las piernas. "¿Lo dices en voz alta para convencerte a ti mismo?" exclamó ella desmayada como una flor. "Lo que tú digas, mi amor, lo que tu digas", añadió ella convertida en agua.


"O tú, o ninguna, cabrona mía", le dijo él. "Pues será otra, porque yo, lo que soy yo, no voy a ser", contestó ella.


"Ahora lo tengo claro, eres la mujer de mi vida", dijo él: "No puedo ser la mujer de tu vida porque soy la mujer de la mía". Le leyó ella un manifiesto feminista mientras se ponía el sujetador.


"¿Sabes? Siempre he soñado con este momento", afirmó ella entre suspiros, muy cerca de su oído. "Perfecto, pues este momento ha llegado", añadió él con prepotencia..."Sólo, sólo hay un problema", dijo ella separando los labios del guaperas..
-¿Qué, qué, cual es el problema?--inquirió él
-Que eras mejor en mis sueños
(Escena de "El amor tiene dos caras")

lunes, junio 27, 2011

La buena hija


Despertó temprano. El sol se colaba por aquellas  venecianas. Su infancia y las venecianas eran la misma cosa. Él podía pertenecer igualmente a su pasado. Demasiada diferencia de años. Vidas tan distintas. Hacía calor y ella le cuidaba. Ahora un poco de agua. Ahora, las pastillas. Ahora sentía pena. Ahora, nostalgia. Y culpabilidad. Eso, sobre todo. Daba igual su actitud, su desdén incluso. Haberle traicionado de aquella manera en estos momentos de extrema debilidad la ataba a su cama moribunda. Había de salvarle, al menos, de más dolor. El proseguía sus lamentos, sus insultos pero ella creía que una palabra suya, bastaría para sanarle.Todo había estado mal. Todo, todo: su secuestro; hacerle creer que tenía una pistola, que sin piedad le mataría, que sin piedad, le arrancaría un dedo y lo enviaría a su familia envuelto en papel de celofán si no se plegaba a sus expectativas. Sí, quizá había sido todo un poco excesivo, pero puestos a ser sinceros, él le enseñó esa técnica sofisticada que es marcarse unos cuantos faroles y, lo más difícil, creértelo y que el otro te crea capaz de cualquier locura. Era un inconveniente que se conocieran tanto...si no hubiese sido por la pistola y la jeringuilla, él seguiría tan tranquilo en su casa. Pero ella se sentía en la obligación de raptarle para cuidarle, porque ella debía cuidarle para redimirse de tanto daño causado. La familia estaría tranquila. Pronto les enviaría una misiva para que se calmasen. Ahora, en la penumbra de aquel cuarto que amanecía con aquella luz rayada de las ventanas venecianas, se cerraba el círculo. Hacía casi 40 años, ese señor le pidió que se sentase en sus rodillas. Ella lo hizo. Sólo se miraron. Él, con ternura infinita. Era su hija pero nadie podía saberlo. Saberse postergada del amor de su padre la convirtió en una niña rebelde, en una adolescente insoportable y en una chantajista de adulta. En realidad no quería el dinero. Sólo su atención. Sabía que había sido una niña mala y ahora le cuidaría, le mimaría como una hija hace con el padre moribundo. Daban igual sus maldiciones. No importaba el desdén y la rabia. Él la quería. Era su papá, el papá listo e importante que se dignaba a verla una vez por año y a pagarle todos sus caprichos. Era hora de devolverle todo ese afecto. Esa luz rayada de las venecianas mantenía oculto el arsenal de medicinas con el que mimaría a su papi hasta el final de sus días.


Imagen de Rai Robledo 

viernes, mayo 27, 2011

CIEGA







Un fondo abisal se abría ante sus ojos. No estaba muerta. Resucitaba en un océano dulce de caricias interminables. Ese azúcar no engordaba.


Ana María abandonó el bosque de las palabras para recibir un premio. Miguel desde el Párnaso exclamó ¡Ya era hora, vive Dios!


Vestir al primero le costó pesadillas. Una vez se acostumbró al vacío y al silencio, la funeraria se convirtió en el trabajo de su vida.



Avanzaba a prisa. Sin mirar atrás. Lo de ser estatua de sal no le importaba, pero volver al atroz aburrimiento, la llenaba de espanto.


Amaba sus dedos, su olor. El frenesí incandescente cuando se encontraban. Necesitaba que volviera a la vida. Sin sus ojos, estaba ciega


Fotos de Germán Sáez






jueves, abril 28, 2011

Irse


Amontonó cientos de enseres de su hijo muerto que atesoraba un viejo armario. Vaqueros, gafas de sol, las deportivas blancas, siempre de ese color, hasta una guitarra, libros, pequeños diarios. Escritos de adolescente, incluso escritos crueles hacia el mundo, hacía sí mismo. Siempre que intentó abrir aquel armario una fuerza oscura se lo impedía. Probaron todos los miembros de la familia, hasta el primo culturista. Nada. El niño se resistía a abandonar el hogar familiar. Al igual que todos los miembros de aquella estirpe, preferían vagar por el mundo de las sombras al duelo de la despedida. Así, toda la casa poblaba generaciones y generaciones de personas que se acurrucaban en diversos espacios, que cohabitaban con los vivos, intentando no molestar.  Adaptándose a sus horarios. Cualquier cosa antes que abandonar el nido. Un día, ella le dijo en voz alta: ¡Esta no es vida para un muchacho! ¡Vete, explora, habita otros paraísos, otros universos! ¡Esta no es vida para un muchacho!, repetía como un mantra. Finalmente, un día, la puerta del armario cedió solitaria. Quedó abierto de par en par. Cuando la madre vio arder la pira funeraria de su hijo, muerto hacía 20 años, sintió al fin un poco de paz.


Imagen de Germán Saez

domingo, abril 24, 2011

Lavandería





Miraba hipnotizada el tambor giróvago de la lavadora. La humillación era imposible de limpiar. El cuerpo amado, cortado en daditos, igual que la tortilla francesa del arroz tres delicias, atascaría el desagüe, pero ya tenía preparado el salfumán, los posos de café y el agua fuerte. Estos últimos años se había especializado en ocultar la mierda. Los golpes, los gritos, los insultos. En los últimos meses se adiestró en eliminarla de verdad.

jueves, abril 14, 2011

Fiambre

El traje le quedaba algo grande pero de imponente factura. Algún lamparón en la camisa delataba escaso amor por la tintorería. Ya se sabe,  problemas de agenda. Agotado el perfume,  olía a hombre. Ni más, ni menos. Era lo que tenía dormir en el coche. Había sido un banquero de los buenos. Había ganado mucha pasta, mucha. Descansaba en un paraíso fiscal.  Tuvo que salir por piernas tras aquellos titulares. A la ex le negaban la entrada en las peluquerías pijas del barrio. Y qué le importaba, a él le preocupaba más su cuello que aquella borde desgraciada.  Por eso estaba en su coche, a la huida del mundo. Cuando le apretaba el hambre se asomaba a los contenedores. Un día, escarbando entre la basura encontró un maxilar, después un dedo. Luego, la mano completa con un anillo especial, el anillo de su hermandad. Prosiguió como un topo y se vio a sí mismo, despedazado, mientras anhelaba la comida de los desechos ¿Cómo podía hurgar y estar en  el fondo del contenedor al mismo tiempo? Probablemente había sido la Luisa, la muy hija de puta. “Gerardo. No es nada personal, pero la pasta de Suiza se la queda la nena”. Pum. Pum. Ni zombie, ni nada. Era un fiambre-fantasma en pos de la comida.  Aunque los espectros no comen ¿O, sí? Menudo lío. Al menos entendió exactamente qué era eso de ser un muerto de hambre.

viernes, abril 08, 2011

Leona


Aún conservaba algo de barro en sus manos y bajo las uñas.  Ahora descansaba en su porche. En la mesa, té frío con limón. Muchos cubitos. Tomó uno con sus dedos finos pero viriles y lo paseó por su cuello. Hacía mucho calor. Escuchaba a la hierba contar historias de vidas pasadas, de muertos que habitaban en el aire con sus estribillos de algodón. Ella se había ido, por fin. Miraba en lontananza. Los maizales, almenados como pistilos, estaban en su punto. Sí, ella los alimentaría bien. Ya los alimentaba en vida. Poco a poco, “Mercy” se había convertido en un pueblo fantasma, a fuerza de convertir a los seres vivos en abono de primera calidad. Cada vegetal que salía de su granja era un manjar delicioso. Hoy la hierba les cantaba a todos sus muertos, a los que sirvieron de alimento al humus y cantaba a Leona, tan buena cuidadora de la madre tierra, de los maizales vengativos y gigantes. Tenía que acabar con ella. Se había vuelto loca. Se pasaba el día persiguiéndole con un cuchillo carnicero. Ahora, por fin, descansaba tranquilo y soñaba con Leona, a la que quería tanto, con su mandil enorme y su moño cano y su pérfida obsesión. Ahora ella también susurraría bajo la tierra  alguna vieja canción del Sur.

Imagen de Mars

domingo, abril 03, 2011

Toomuchvodka (Microrrelatos)



¿Toomuchvodka



Miró al fondo, le pareció encontrar sangre, un dedo. Se prometió a sí mismo no robar nunca más comida del contenedor


Amaneció muy mojada ¿Qué habría soñado? Estaba sola ¿O no? se giró y ahí estaba él, un cabrón guapo de nombre imposible Toomuchvodka


La playa vacía, ella dormida. Cuando despertó se había transformado en salmonete. 


Él le decía, quiero bailar un slow with you. Él le decía, estás guapa incluso vestida. Ella estaba sorda.

Le salieron canas, siguió tejiendo redes. El horizonte estaba siempre vacío de amor

Foto de Germán Sáez