miércoles, noviembre 08, 2006

OJOS SECOS. Capítulo I

Para los días que no tengo tiempo y energías de postear, os voy a ir colgando un relato titulado "Ojos secos" ("Mujer de Mundo" Editora Regional de Murcia, Murcia 2004). No lo he revisado desde su publicación.
La abuela Fatih era una mujer arrugada, tal como si fuera el pergamino estrujado por las expertas manos de un bebé. Sus ojos, vivarachos e intensamente azules, destacaban entre esa masa descolgada, amorfa, amable y pizpireta que constituía su rostro. Fatih vivía desde la última década sentada en su silla de anea y esposada a prendas de ganchillo que confeccionaba sin parar. Todo el pueblo de Tokin poseía algún delicado tapete, cubre botellas, o prenda realizadas por la anciana.
La más espectacular, una camisa en fino hilo confeccionada para su hija, la joven Sora. La llevó el día que conoció a su amado, cuando el pueblo la nombró la más bella del año y, un tiempo después, también la lució cuando matrimonió con uno de los mozos más apuestos del lugar.
El joven novio había conseguido regresar sano y salvo de una guerra fratricida entre volvos y savones. Peleaban, como siempre, por una pequeña porción de tierra que finalmente acabó devastada por la acción de la propia batalla. Tras los enfrentamientos quedó yerma como kilómetros de alambrada de espinos. Finalmente, ni unos ni otros la quisieron para sí. Los contrincantes comprendieron la inutilidad de su lucha, hicieron las paces y vivieron como una única tribu.
Para celebrarlo, Melko se casó con la joven que había sido la más bella durante un año. Sora seguía siendo hermosa, el pueblo vivía en paz aunque el joven quedó con una pierna maltrecha por el absurdo de la lucha. Enlazaron sus vidas en un matrimonio para toda la vida. Aquella ceremonia fue también la fiesta de la concordia entre dos pueblos que siempre habían sido hermanos y volvían de nuevo a unir sus fuerzas.
Fatih estuvo presente en esa ocasión y también durante el nacimiento de su nieto Vincent. Explicaba a todo el que la quería escuchar que el niño era presa de un extraño encantamiento. Antes de que llegase al mundo soñaba una y otra vez que tenía una vida intrauterina inaudita, puesto que sus manos y brazitos no cesaban en movimientos. Vincent dibujaba en el aire espirales, elipses, infinitos e incluso otras formas más complejas. Algo que Sora confirmaba dados los continuos movimientos que sentía en su interior.
Con apenas pocos meses de vida, sus manecitas persistían en una actividad casi furiosa, incluso dormido, los brazos de Vincent seguían pintando el aire. Los dedos recorrían un espacio imaginario ininterrumpidamente.
Este hecho provocó cierta preocupación en sus progenitores. Melko no daba crédito a semejantes vaivenes cuando volvía al hogar tras generar millones de virutas de madera en su taller de carpintero. Consultaron con el médico del pueblecito de Tokin, con los chamanes de aldeas lejanas, pero nadie parecía encontrar señales extrañas en un hábito tan infrecuente en un bebé de sus meses. Ni era bueno, ni era malo—le aclaraban a la consternada familia—no había motivo de preocupación.
Pronto se corrió la voz y esta cualidad se convirtió en objeto de curiosos, expertos en parapsicología, telekinesia, diversas mancias, cronistas de historias fabulosas, videntes, brujos y curanderos, nigromantes, extranjeros, chamanes, místicos y exorcistas. Las teorías concluyentes de semejante equipo de “sesudos” de la mente y el alma humanos eran divergentes: desde que Vincent obedecía a un ente superior que le dictaba constantemente los trazos que debía dibujar, ya que éstos eran señales inequívocas del futuro del pueblo, hasta que estaba poseído por una vieja hilandera que todavía andaba perdida en las tinieblas, ajena a su nuevo estadio espiritual.
Los médicos ortodoxos también tomaron interés por el bebé pero siempre guardándose las conclusiones para después: “Sin la observación continua de su evolución no se puede llegar a ningún sitio”, sentenciaban.
La familia no dió mayor importancia al suceso. Cuando Vincent cumplió 2 años, Melko decidió no desaprovechar el curioso “don” de su hijo y colocó unos pinceles entre sus deditos para que decoraran curiosa y primorosamente arcones de madera donde las jóvenes casaderas atesoraban los juegos de sábanas y toallas que comprendían su dote, entre otros ricos materiales.
El pueblo de Tokin, pese a vivir de la agricultura, adoraba la belleza, los objetos delicados y artesanos. Ahorraban todo lo que podían para, un buen día, poder rodearse de objetos hermosos, un hogar confortable donde llevar una vida familiar pura y armoniosa.
“Lo bello vale tanto como lo útil” repetía la abuela Fatih a todos aquellos que la atacaban por malgastar su poca vista en confeccionar algunas prendas totalmente prescindibles de la vida rústica y campesina. Los ciudadanos de Tokin vivían en pleno siglo XIX ajenos a muchos de los inventos modernos que iniciaban su aparición en las grandes ciudades.
Un viejo tren de vapor que una vez al año tomaba el farmacéutico del pueblo era lo más vanguardista que tenían en sus vidas, pero apenas si le prestaban atención imbuidos como estaban en unas jornadas repletas de laboreo y de cultura nocturna. En ocasiones se juntaban en casa de Fatih, Melko, Sora y Vincent para escuchar fragmentos de la Odisea, o la poesía de Dante, o algunas obritas cortas de un autor inglés llamado Shakespeare.
En la aldea también vivía una niña, Belotte, que tocaba piezas de Bach en un viejo violín. Con el tiempo, a Belotte se unieron sus otras cuatro hermanas: Atalía, Betsabé, Débora y Lilith. El violín se acompañaba entonces de viola, violón, violonchelo y piano. Con el paso del tiempo, consiguieron tocar casi todos los instrumentos que aparecían en la partitura. Durante una navidad, todo el pueblo cumplió la meta de hacer realidad la Cantata 147 de Johannes Sebastian, quien, por alguna extraña razón era el compositor favorito de la aldea.
Los pocos extranjeros que acertaban a pasar por el lugar no podían creer que esas auténticas virtuosas se pasasen las mañanas dando de comer a los “marranos”, gallinas y conejos, llevándose a pastar un rebaño de ovejas o preparando grandes ollas de jabón fabricado a base de las grasas sobrantes de las carnes que se cocinaban.
Vincent fue creciendo y pasaba tantas horas entretenido en decorar las piezas de madera de su padre que llegaba agotado al colegio. A pesar de ello, le era inevitable seguir utilizando sus manos para realizar óvalos, círculos, líneas rectas, cóncavas y convexas. Llenaba cuadernos a diario apuntando todas y cada una de las cosas que les contaba la maestra. Estos documentos también contenían todos los comentarios ajenos a la explicación en sí misma y no faltaban las riñas a los niños que estudiaban poco, o las propias alusiones a Vincent para que dejara, por favor, de anotarlo todo: “Vincent ¿es que no puedes parar por una vez? Todo esto no puede ser más que obra del diablo”. Hasta las toses de la educadora quedaban registradas.
La imagen de ilustración procede de:
www.r-gonzalezfernandez.com/PRINTS_1989.htm

3 comentarios:

Sintagma in blue dijo...

Fantástico texto. Seguiré ávida las siguientes entregas.

besitos

LOLA GRACIA dijo...

Gracias...Creo que lo colgaré todo entre hoy y mañana.. No creo mucho en los capítulos, Un besico

Rafael Arjona dijo...

¿Como se llega a Tokin? Creo que tendré que conformarme con espera al siguiente capitulo (a mi si que me gustan las historias por entregas)
Esta muy bien tu blog, he estado repasando los archivos y hay textos muy interesantes, ya me iré pasando por aquí.
Gracias por tu visita, y si, las ilustraciones son mias, son acrilicos sobre papel. Hasta otra.