miércoles, abril 20, 2016

Del sexting a la sextorsión



  El sexo como moneda de cambio no es algo nuevo. En la Edad Media ya existía el derecho de pernada. El señor feudal podía hacer uso de este abuso y acostarse con la mujer de su siervo en la noche de bodas. Repugnante. El sexo sin procreación estaba mal visto Sin embargo, esta norma injusta, perpetuada por la coerción que otorga el poder, se consentía. Bravo.

  La sextorsión es otra cosa. Es un chantaje. A veces, la moneda de cambio es sexo el silencio. En otras, dinero :"Me devuelves mis desnudos y mi paz y te daré lo que me pides/exiges". Ambas prácticas son terribles e injustas y, sí, no me duelen prendas en calificarlas como lo que son: delitos.

 Lo más triste de todo es que lo que para muchos comienza como un juego inocente se convierte en una auténtica pesadilla. Hace tiempo hablamos de los riesgos del sexting. Ya saben, esa moda de pasarse fotos en poses insinuantes o mostrando partes del cuerpo desnudas. Estas tonterías que incluso podemos hacer los adultos pero que llevan a cabo con  más frecuencia los adolescentes, quizá ignorantes de los riesgos que conlleva.

 Sólo daré dos leyes incontestables: cualquier contenido relacionado con tu persona que se comparte con otra ya es libre. Dejas de tener cualquier clase de control sobre ello, ya sean secretos o fotos subidas de tono. La segunda ley es una muy conocida: que tu mano izquierda no sepa que hace la derecha y si te va tanto la marcha como para ir enviando imágenes de partes de tu cuerpo, mejor córtate la cabeza (metafóricamente hablando, que no salga tu cara, vamos). 

Evitarás riesgos innecesarios En la sextorsión también hay engaño. Muchos usuarios captan a sus víctimas a través de la red Tinder, haciéndose pasar por humanos cuando en realidad uno interactúa con una máquina o bot. Así que, mucho ojo con las amistades que nuestros hijos hacen vía on line.

Por supuesto, la suplantación de personalidad está a la orden del día, cualquier cosa es válida para conseguir esta mercancía valiosa intercambiable por sexo o por dinero. Hay hackers que entran en el ordenador,  encienden tu webcam y te graban sin que te percates. Por eso es aconsejable no sólo tenerla apagada si no colocada en lugares poco comprometidos. Los modos y formas de conseguir fotografías y desnudos varían aunque no cabe duda que casi siempre se juega con la inocencia y la buena fe de muchos usuarios.

 Acaban de conocerse dos nuevos casos de sextorsión en Cuenca pero este delito es antiguo. Como tal, y con esta denominación, se conoce en Estados Unidos desde 1950. Lo que ha cambiado es el modo de acceder al material sensible y lo peligrosamente fácil que es exponer nuestra imagen a los demás, gracias a las nuevas tecnologías. La pregunta que me hago es por qué algo tan trivial como es un cuerpo desnudo provoca tanta expectación y levanta tantas pasiones. Después de todo, cada cual tiene sus órganos genitales.
¿Qué es lo que excita al voyeur? ¿Saber que esas imágenes se han obtenido por medios ilícitos? ¿El robo y la agresión que supone conseguir sexo por esas vías menos habituales donde no priman seductores ni seducidos sino una relación de poder y opresión? Lo preocupante para mi es la impunidad con la que todavía muchas personas ejercen estos delitos, la cantidad de jóvenes y adolescentes que sufren por estos chantajes y la dificultad de acceder a los agresores, cuya identidad casi siempre permanece oculta o falseada.
 En este caso, una imagen no vale más que mil palabras. Vale por vejaciones y vale por abusos.

El porno y la tontuna

 


 Ver porno nos hace más tontos. Eso es lo que concluye un estudio de Instituto Max Planck para el Desarrollo Humano de Berlín. No entiendo por qué las personas humanas nos prestamos a estas majaderías ¿Acaso no sospechan dentro de dos años harán otro estudio que desmentirá el anterior? ¿Y qué íbamos hacer los periodistas para amenizarles el fin de semana? Ay, señor.

El porno, siempre tan controvertido.

 El experimento lo hicieron con  64 hombres de entre 21 y 45 años que veían pornografía al menos cuatro horas semanales ¿El resultado? cuanta más pornografía consumía un hombre, más se deterioraban las conexiones neuronales entre el cuerpo estriado de su cerebro y la corteza cerebral: zona encargada de la toma de decisiones, el comportamiento y la motivación. Imagino que en otros lares menos científicos, a ese fenómeno se le llama encoñamiento.

Lo que me disgusta —francamente queridos, desde este lar lo tengo que decir—es que prefiráis la ficción a la realidad. Y no me cansaré de repetirlo. El porno no es verdad. En ese sentido, es igual de nocivo que las comedias románticas; cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Sobre los estudios tengo mis reservas. Es absurdo generalizar porque el porno es diverso, como los seres vivos, los insectos y hasta las macetas. Cada quién es cada cual. Y si ver porno durante cuatro horas semanales nos reseca la materia gris, no digamos otras bazofias audiovisuales menos gratificantes.

 Los autores de este trabajo añaden que el porno altera la plasticidad neuronal. Para que me entiendan, nos da tanto gustirrín que engancha. Es un subidón de dopamina fácil, sencillo. A sólo un clic. Y nos gustan no sólo los subidones de dopamina, sino los subidones gratis: sin costes emocionales ni dinerarios.

 También remarcan que esto no es un causa-efecto. Así que, la industria del porno ya puede relajar los esfínteres que el 84% de los hombres del mundo occidental seguirán consumiendo este producto artificial y cada día menos elaborado. Yo, más que del porno, soy partidaria de la erótica. Me aburre ver tanto pene y tanta vagina. Los actores parecen de plástico, rociados con aceites y fluidos varios y, sobre todo, es que el porno es como un cocido pero sin confeccionar.

Su morcilla, sus garbanzos, su tocino, sus patatas, incluso sus callos pero todo ahí, puesto en la losa de la cocina a la falta de unas manos expertas que condimenten la materia prima.   Lo que sí es cierto es que las experiencias modifican la plasticidad de nuestro cerebro. Las experiencias nos condicionan. Las positivas, las negativas. Ya nada vuelve a ser como antes. Por eso, yo invertiría el orden del estudio. Señores científicos, averigüen qué vivencias alteran nuestro cerebro y nuestra percepción para que dejemos de hacer complicado lo simple. Dígannos qué hay que comer para no dejar nunca de soñar y para hacer realidad nuestros sueños sin aplastar los de los demás. ¿Existirá en el futuro un generador virtual de experiencias que nos ofrezca gratificación y recompensa en lugar de desdicha y castigo?

 El porno es una rama más de la insaciable, infatigable, omnivora y canibal industria del ocio. Nada más. Sinceramente, no creo que cuatro horas de porno a la semana nos conviertan en lerdos si no hay algo de lerditud en nuestro interior. Es un pasatiempo que sólo tiene un riesgo: aficionarse a vivir la sexualidad a través de otros. Como el que está enganchado a las series y desiste de salir de su casa a luchar por su vida. Es infinitamente más sencillo conseguir un orgasmo con un vibrador o con un rato de porno

  ¿Pero de verdad nos gusta siempre lo fácil? A mi, no.

La mitad de todo



"El pediría en caso de divorcio la mitad de todo dijo él. Medio sofá, medio televisor, media casa de campo, medio kilo de mantequilla, medio hijo".

Esta frase extraída de un relato de Tove Ditlevsen demuestra a las claras los sinsentidos que se producen tras una separación. Siempre impera el menos común de los sentidos, o sea, el sentido común. La persona que estaba a tu lado y presumías buena, saca las uñas; olvida todo lo que aportaste a su vida y, de pronto, palabras que desconocías del lenguaje jurídico se tornan comunes.

El abogado forma parte de tu vida y alguien insospechado, a veces tu propio hijo, te devuelve el afecto. Un amor inmenso que apenas intuías. Y lo que te parecía importante se convierte en una chorrada. Sabes que lo único trascendente en este momento es ese pedacito de tu carne y de tu sangre que te reclama como nunca lo había hecho. Y no te importa poner lavadoras, vivir con poco dinero y aprovechar cada minuto libre para ocuparte de que la nevera tenga comida, las camas estén hechas y el entorno sea el adecuado para todo cuanto se te viene encima.


Hasta dejan de importarte los años compartidos, las causas y los temores que te mantuvieron unida a alguien a quien ya no amabas ni te amaba. Porque es así, por duro que parezca verlo escrito.  Te das cuenta que viviste al lado de alguien al que le trae sin cuidado tu bienestar, tu futuro, tus desvelos y tus sueños más locos. Lo peor de todo, es que siempre todo le ha dado igual y tú te empeñabas en creer que no.

Es imposible partir la vida, igual que no hay medias naranjas. No puedes partir un hogar por la mitad pero lo que importa es que, ante un hecho así, algunos seres humanos se derrumban y otros salen fortalecidos, relucientes, brillantes.

El ir por tu cuenta te muestra quién eres realmente y de todo lo que eres capaz. Vuelves a convertirte en esa unidad poderosa que cumplió sus sueños, que viajó hasta el otro extremo del mundo y que jamás tuvo miedo a la soledad. Porque la soledad no existe, salvo en esas cuatro paredes donde hay habitantes ajenos a los cuales ya no puedes contarle lo que sientes, ni lo que te pasa, ni tus anhelos porque, sencillamente, ya no hablan tu idioma y no harán el mínimo esfuerzo por entenderte.

Las parejas deberían evitar esa ley: la del mínimo esfuerzo. Eso se carga todas las relaciones. Las de la amistad, las de trabajo, las de los jefes con sus subordinados, las de los líderes con sus seguidores...En ocasiones, uno hace un último intento pero llega a esa vía imposible de sortear; a ese callejón sin salida, a ese agotamiento vital.

Uno puede intentarlo una y otra vez pero las relaciones son cosa de dos.

Por desgracia, muchos hombres han sido educados en la creencia de que proveer de materia prima el hogar es su única función. Es un error. Porque la materia fundamental del hogar es el amor, la complicidad, la empatía y la emoción.

No hay ser humano que pueda tirar sólo de ese carro porque lo que verdaderamente nos da felicidad no es encontrar la ropa lavada o planchada y la comida hecha sino saber que tienes un aliado para la vida, que insistirá en compartir todo contigo, o lo máximo posible. Que aprenderá a ponerse en tu lugar.

Nuestro orden de las cosas

     

 La biología nos cuenta que nuestra madurez sexual, nuestro cénit, está entre los 25 y 30 años.  La sexología piensa otra cosa. Nuestra evolución como seres humanos no termina nunca y el sexo forma parte de esa evolución. Si preguntase a la mayoría de la gente estoy convencida de que muchos afirmarían que sus mejores experiencias  han llegado con los años. La inexperiencia no suma, resta. En todos los ámbitos y en el sexo no es diferente. Tenemos un estereotipo de pareja sexual muy cerrado. Responde al molde de familia Disney.

 Él y ella, jóvenes y guapos. Pero sabemos que hay parejas que parecen perfectas desde afuera y están podridas por dentro. ¡El ser humano es tan diverso! Hay ancianos que hacen el amor más a menudo que algunos adolescentes. El chico que ves en silla de ruedas también practica el sexo. Quizá sus métodos sean más originales que los del resto. Hombres y mujeres no se unen por una afinidad kármica o morfológica. Existen variables del deseo y del amor que no seremos capaces de sospechar.
Hay parejas de chicas con chicas, de chicos con chicos, de mujer lesbiana con otra mujer transexual que, mira por donde, se cambió de sexo pero no le gustan los hombres, sino que es feliz con su novia desde hace dos años y pico.
El universo es tan amplio, singular y diferenciado que es absurdo que nos sintamos bichos raros por tal o cual preferencia. Es una obviedad escribirles a todos ustedes algo fundamental: el verdadero amor comienza por uno mismo y el sexo saludable, también. Dejemos al cuerpo gozar en su fiesta particular. Es fácil y cómodo mirar hacia otro lado pero a la larga nos pesará. Engañarse a uno mismo es como un yogur: su fecha de caducidad es limitada. Y la realidad es esta: no existen príncipes ni princesas.
No hay familias perfectas, ni parejas perfectas. Lo correcto no está en ningún manual, cada cual lo lleva interiorizado en sus genes, en sus enseñanzas. La fidelidad es una imposición absurda. Sólo se puede ser fiel a uno mismo y al pacto que establezca con esa persona que decida compartir sus días. En el momento que ese pacto supone un estorbo para avanzar vitalmente; En el momento que ese pacto nos maniata y nos convierte en personas oscurecidas y enajenadas, ya no vale. Es inútil mantener a un muerto con vida.
 Del mismo modo, el cenit de nuestra edad sexual no lo marca la biología sino nuestras vivencias, nuestra biografía. Podemos parecer Barbie y Kent y tener menos química que una montaña de escombros.
 Igual que Cyrano de Bergerac explicaba que el amor no tiene porqués, encontrar una pareja que de luz a nuestras vidas no tiene que parecer perfecta, ni guapa, ni ha de encajar en nuestro modo de vida. Eso son una suma de cualidades que no responden a la verdadera naturaleza del ser humano ni a la receta de una presunta felicidad.
 Los moldes no valen para esto, ni las frases pomposas y bonitas.

 Igual que Ortega y Gasset afirmaba que Dios es la dimensión que damos a las cosas. A nosotros nos corresponde esa tarea de catalogar y colocar en una estantería o en otra lo que consideramos fundamental, maravilloso, residual, horroroso o superfluo.

 Ese instinto, esa vocecita interior, esa sabiduría innata que siempre nos acompaña y que en muchas ocasiones evitamos escuchar es la que debería guiar nuestro camino: no los covencionalismos, no las normas de nuestros padres, no el orden establecido, no los miedos y, por supuesto, nunca la comodidad.

jueves, marzo 31, 2016

Placeres prohibidos, límites y permisos

       

  Los placeres no definen lo correcto o lo incorrecto, los limpio o lo sucio. Los placeres son eros, puro deseo. No les corresponde a ellos analizar si esas ansias son positivas o negativas. Pero tranquilos, que para eso está la sociedad y papá Estado que se ocupará de poner límites donde sea necesario. Incluso donde no lo es.   Los límites del cuerpo.

Veamos, de entrada lo que ha sido tradicionalmente subversivo era el ano ¿Por qué? Fácil, porque va en franca contradicción con el orden reproductivo. Y este orden es que ha imperado por siglos y siglos. Pero eros es así, subversivo e irracional. Ellos decían que el ano era sucio y eros que ¡Adelante!

 Otro ejemplo: la sexualidad y los viejos era un binomio que estaba prohibido, censurado, denigrado. Pero, ups, llegó la Viagra y todo cambió. Ahora vemos segundas y terceras nupcias o relaciones de parejas que superan los 60 y muchos. El viejo orden reproductivo no ha sido capaz de frenar el deseo que aún pervive en cuerpos matusalénicos. Y es hermoso poder gozar hasta casi el último día de nuestras vidas. Precisamente esta relajación ha tenido como contrapartida el endurecimiento del control hacia el sexo entre personas de distinta edad.

 Pero antes, hablemos del sexo de los niños, otro tabú insondable. Freud los definió como perversos polimorfos. Terrible ¿verdad? Antes de él era aún peor:  no se contemplaba una sexualidad en los niños. No la había. Error. La sexualidad está presente en todos y cada uno de nuestros instantes vitales.
 Los adolescentes. Punto importante. En los años 60, el sociólogo Ira L. Reiss descubrió que los jóvenes de la época se saltaron las prohibiciones con un truco: legitimar el sexo con amor. Pero no cualquier clase de sexo, sino esa clase que no conllevaba riesgo de embarazos no deseados. Inventaron lo que se denomina petting. Caricias por encima de la ropa o por debajo, o incluso sin ropa pero sin llegar al contacto completo.

 Las madres americanas se quedaban tan tranquilas porque sabían que sus hijas y los novios se meterían mano sin contemplación en  el asiento de atrás del coche pero, punto uno: había amor y en caso de quedar embarazada la chica se casaría y, punto dos: era improbable que se quedara embarazada gracias al petting  

 A partir de ese momento se creó una perversión considerable que padecemos todavía en la actualidad, no sólo en Estados Unidos sino en otros muchos lugares. Las mujeres ofrecen sexo a cambio de amor y los hombres confiesan amar para obtener sexo. Las madres americanas se quedarían tan  panchas pero vaya la que ha liao el pollito.

Si una chica quiere sexo porque sí es una guarrilla. Si es el que chico el que lo busca, es un machote y no importa que en su búsqueda se llene la boca de mentiras: "te querré siempre" "No quiero que acabe nunca" o "Nos alquilaremos una casa muy grande porque eres muy apasionada y asustaríamos al vecindario".

 A lo que voy es que el ser humano intenta meter en una jaula normativa y vital al eros y eso es algo completamente absurdo. No hay quien ponga puertas a ese campo. Yo sólo añadiría dos palabras: consentimiento y madurez necesaria para asumir ese consentimiento. Podemos hablar de una edad concreta o de un estado mental. De lo prohibido pasamos a lo permitido y espero que en unos años el ser humano sea capaz de usar la cabeza para vivir en libertad, amar en libertad y hasta follar con libertad pero sin atacar el libre albedrío de otro ser humano y por supuesto, sin necesidad de mentiras.

miércoles, marzo 30, 2016

Barbudos, el debate con pelos

 


 ¿Pero qué os ha dado a todos llevar barbas? Se supone que el hipsterío anda medio extinguido entre los cafés a precio de marisco y las películas V.O en libanés. Pero no. Algo queda,  como un perfume de una moda que no se termina de marchar. Algo se nos ha pegado de esa ola: me paso el día viendo chicos con  barba. Por todos sitios: en el gimnasio, en los jardines, por la gran vía, en la tele, en mi Facebook ¡¡en mi casa!!.

A veces me siento sumida en una pesadilla peluda. Porque cuando digo barba, no me refiero a esas perillas a lo Juan Tenorio. No, no. Barbas tipo la ira de Zeús, o tipo mala folla de Poseidón. Barbas Marx y Papá Noel.   Lo cierto es que todo el tema de los pelos causa mucha controversia. Lo tengo comprobado. Los defensores de la barba suelen defender al mismo tiempo el vello púbico abundante. Lo que viene a ser un buen felpudo.

 Pareciera que los defensores de la barba hayan creado un club místico donde observan el mundo con otra mirada. Quizá la mirada de lo intemporal, del no tiempo, de los yoguis (ejemplares barbados casi todos ellos, un mudra tan importante como el de las manos o el cabello largo, en reivindicación de su parte femenina). Los barbudos —lo tengo comprobado— son tranquilos, quieren dejar su testimonio, su semilla en el mundo. También es verdad que les gusta poco afeitarse. Es incómodo y en invierno más. Algunos se hacen auténticas carnicerías por torpes y otros tienen rostros como el culito de un bebé. Y claro, así no se puede.

 Los que os dejáis barba pensando que se os tomará más en serio es posible que llevéis razón. Que el mundo en general cambie la percepción que tiene de vosotros. A mi no me la pegáis. Entre mis seguidores de Facebook he observado que las posturas pro y anti-barba se defienden con ahínco, incluso ferocidad. Yo no entro ahí. Tan limpio puede ser el que se afeita como el que  no lo haga a menudo.

De hecho, una barba bien cuidada también requiere de esfuerzos, cremas hidratantes especiales e incluso el preciado aceite de rosa mosqueta para que el pelo no se reseque. En cuanto a las preferencias de las féminas ¿Qué os puedo decir? Hay hombres guapísimos y la barba resalta sus ojos, incluso su nariz. 
A muchos les disimula una incipiente papada. Y, como siempre, el que es guapo, lo es de cualquier manera. Personalmente, me gustan los rostros sin trucos, descubiertos, limpios y sin pelos. Entiendo que es una opinión muy personal y que si apelamos a la naturalidad, natural, lo normal y lo intrínsecamente humano es que el vello y el pelo cubra nuestro cuerpo.

  En estos tiempos donde ni lo comemos ni lo que bebemos es natural, y si me apuran, casi ni lo que sentimos, ¿Qué sentido tiene dejarse una barba que os llegue hasta la mitad de los pectorales? Quisiera creer que el hombre barbudo reivindica los orígenes, incluso lo troglodita y lo animal que queda uno de vosotros.

  Por desgracia, creo que no deja de ser otra moda, en este caso, tremendamente cómoda. Entiendo que afeitarse todos los días es un rollo pero los pelos me estorban, me distraen, son un ruido prescindible en las miradas de esos  hombres que me gustan. Si a tu chico le gusta la barba, déjalo, criatura, ya se aburrirá. Y si opta por el mundo peludo para los restos, habrá que renegociar la relación. Siempre le podrás decir: este no es el chico del que me enamoré.

Bisexualidad e intersexualidad

 

     
Las chicas bisexuales se han puesto de moda en Hollywood. Las chicas, no los chicos. Nunca entenderé por qué al género masculino le pone tanto ver a dos tías besarse o montárselo. Algún día le pediré a alguno de mis amigos que, tranquilamente, me lo explique.

El caso es que tenemos infinidad de fotos con pseudo estrellas de la pantallas con sus partenaires mujeres. Me parece bien, siempre y cuando no se convierta en una moda o en una estrategia de marketing para acaparar miradas, flashes y atención. No sé ustedes pero yo me tomo la sexualidad bastante en serio. Tanto, que el otro día discutí con un amigo de toda la vida porque proclamaba que el sexo era cosa de 10 minutos; que era el 10% en una relación de pareja. No se lo cuenten pero este no me vuelve a ver el pelo. Siento ser así de radical y borde pero, a veces, basta escuchar estas sandeces de alguien a quien respetabas para no querer volver a saber nada más de él. La vida es muy corta para perderla con tontos, por mucho que hayan sido tus amigos del alma.

 A lo que voy, que me disperso. La bisexualidad no es algo nuevo en Hollywood. Marlene Dietrich y Garbo lo eran. De hecho, les recomiendo un libro que leí hace algunos años absolutamente divertido y genial, titulado "Safo va a Hollywood".

 Alguna vez les hablé en estos artículos de la era Pre-Code del cine, justo antes del Código Hays. Las mujeres de L.A vivían su sexualidad como les venía en gana. No hacía falta ostentar el lesbianismo. Era algo natural. De hecho, la mujer en los telefilmes de los 30 le ponía los cuernos a su marido, se gastaba todo su dinero en la ruleta rusa y éste la perdonaba. No sólo eso, también le llevaba el desayuno a la cama. Bien, todo eso se terminó. De hecho, analicen las pelis de hoy día. Salirse de madre —si eres mujer—  siempre se paga. Lo que yo quiero afirmar en este artículo es que la bisexualidad no puede ser un postureo. Si es auténtico y verdadero, perfecto, pero para hacerse la foto ya tuvimos bastante con el morreo de Madonna a Britney Spears en aquella gala de los MTV.

 Hay un concepto muy interesante que creó, nada menos que en 1928, Gregorio Marañón: me refiero a la intersexualidad. Fue una idea que desarrolló a lo largo de los años pero básicamente nos dice que la sexualidad del ser humano evoluciona desde que estamos en el vientre de nuestra madre hasta que morimos. Nuestras hormonas cambian, nuestros apetitos y preferencias. La biografía y los avatares nos predispondrán a unas relaciones y evitaremos otras. Nuestra sexualidad no es inamovible. Las mujeres tienen en su biología y comportamientos partes masculinas. Y los hombres nunca deberían renunciar a su lado femenino que existe en mayor o menor medida. "lo masculino y lo femenino —aseguraba Marañón— no son dos valores terminantemente opuestos, sino grados sucesivos del desarrollo de una función única: la sexualidad". Es aquello del ying  (femenino)y del yang (masculino).

Hay hombres muy ying y hay mujeres muy yang y nuestra química vital y existencial cambia continuamente. Aparte de todo eso, existe la orientación del deseo erótico. Algunos seres sexuados sentirán atracción a lo largo de toda su vida  sólo por el hombre, sólo por las mujeres o por ambos indistintamente. Grandes artistas han jugado con la ambigüedad o con una sexualidad diversa como parte de su proceso vital y creativo y no pasa nada. Lo de David Bowie nunca fue postureo.  

martes, marzo 01, 2016

8 minutos, 40 segundos

   



 Queridos, les tengo que hacer una queja. No sé cómo andará el mundo gay, pero en el universo hetero de la España del siglo XXI, los caballeros, por llamarles de algún modo, cada día tienen menos pundonor y a muchas se nos hace cuesta arriba denominarles de tal forma. No, no quiero generalizar, pero las señoras, amigas de 30 en adelante con las que me topo me vienen todas con la misma historia. Los hombres se esfuerzan poco. Cada vez menos. No sólo en la conquista ( y ahora me adentraré en ese tema, que es otro) sino en un simple encuentro de cama.

 A ver si se enteran de una vez. La mayoría de las mujeres no buscan en el amor verdadero cuando tienen un encuentro sexual pero, al menos, quieren sentirse deseadas, mimadas, cuidadas. Eso de follar y largarse es lo peor del mundo. Y perdonen la palabra pero es que a eso no se le puede tildar de algo tan cursi como hacer el amor.

No hay clase y si me apuras, ni educación. Vayamos a la conquista. El hombre es cazador por naturaleza y no le gusta sentirse presa ni preso. Cuando es ella la que toma la iniciativa finalmente acaba condenada no sólo por el propio (incluso después de haber compartido muchos momentos de cama, incluso de relaciones de varios años) si no por toda la sociedad. No nos engañemos. Está mal visto eso de la mujer lanzada, fogosa, con temperamento. 

A los señores les encanta soñar con ellas, verlas en las películas, desearlas con ardor en su soledad pero esta mujer asusta. Hace falta un hombre muy yang (o sea, muy masculino, muy tío para entendernos) para medirse con este estilo de doña poderosa y sin miedos. Mi explicación está clara y responde a una realidad que he manifestado en más de una ocasión en estos artículos. Nos estamos acostumbrando al sexo solitario. A las relaciones virtuales. Qué pereza, qué asco de tíos, por favor.

 Lo más divertido es que según un estudio de la web PornHub el hombre español tarda exactamente 8 minutos y 4 segundos en consumir porno. Ya saben a qué se dedican durante ese tiempo ¿no? Porque además, a diferencia de otros países, no sólo se gasta un minuto menos de media en este autoconsumo masturbatorio, sino que los señores (sólo un 20% de la mujeres consume porno) lo ven en sus casas, en sus PC, vamos.

 Si nos acostumbramos a relaciones sexuales de 8 minutos y 4 segundos, entiendo que todo lo demás para ustedes, ejemplares del sexo masculino, sea picar piedra: nada de dormir en cucharita, nada de palabras bonitas al oído, nada de cosquillas, de juegos con la piel, de comer y follar y dormir y volver a comer y follar y dormir. No, nada de eso. Es mucho trabajo. Entiendo y estoy segura de que esto no es así en todo el espectro masculino pero en otro sí lo es. Y alarmante. El sexo se ha convertido en un objeto de consumo. Si no media dinero de por medio, parece que tan poco luce. Es una pena.

El sexo es un vehículo para conocerse a uno  mismo y a los demás. Una vía de acercamiento. El sexo es rico, nos humaniza, nos hace grandes. Follar y largarse, no. Eso es basura. Pero, por lo visto, cada día nos gusta más la basura, nos aterran más los cambios, nos desequilibra el hecho de abrir nuestra vida a otra persona y preferimos mantener nuestro status quo de mierda a costa de lo que sea. Incluso a costa de nosotros mismos.

miércoles, febrero 24, 2016

Sexoficción

        

Bien, vale. Hemos llegado a ese punto en el que le damos a la pareja, al otro, a nuestro sexo, la importancia que le corresponde. Gozar porque sí es bueno. Fuera culpabilidades, fuera objetivos reproductores, fuera miedos. Entiendo que llegar ahí es complicado pero supongamos que lo hemos conseguido.


 Bien, ahora tenemos la segunda parte; la ciencia sexual y la neurología sexual intentan aportar y dar luz a las necesidades innatas del ser humano pero, a veces, nos obsesionamos tanto con lo bueno que es orgasmar y eyacular que se nos olvida lo fundamental. Y lo fundamental es gozar. Entender que el sexo no está sólo en los genitales. Ya sabéis, el sexo es la fiesta de la piel, de las palabras, del aire, de las fantasías, de los sueños, de los juegos, de los placeres conjugados: comer, oler, morder y arañar con todo y por todo. Multiplicarnos en toda nuestra sensualidad. 

 Mezclar el chocolate con los besos; la nata con las caricias y la miel... bueno, la miel mejor no que es demasiado pringosa. Da un poco de fatiga ¿verdad? ¿No podemos dejarnos llevar y ya está? Pues sí, claro que podemos. Es más, es aconsejable. Todo lo enumerado nos vale siempre que no nos estrese hasta el punto del colapso.

 Lo cierto y verdad es que esta sociedad nuestra tan competitiva nos obliga a ejercitar siempre el sexo más atlético, saludable, lujurioso y placentero del mundo. Y también el más original.

Me he quedado perpleja cuando he leído un texto científico donde se nos explica que las mujeres debemos orgasmar 12 veces por semana. De lo contrario, nuestro cuerpo envía señales al cerebro de que algo no va bien. ¡Por todos los dioses del Olimpo! Creo que no he orgasmado 12 veces por semana casi nunca. Vamos, es que contando y recontando, salimos a dos orgasmos diarios y los domingos descansamos. Vamos, que yo no tengo ninguna objeción. Es más, creo que lo podría cumplir fácilmente pero, seamos claros, esta sociedad nuestra tan competitiva también nos ocupa tantas horas al día en llegar a un mínimo satisfactorio laboral, educativo y deportivo que la mayoría de los humanos llegamos reventados al lecho.¿ Cuántos de ustedes piensan: "vaya, qué pereza, esta noche nos toca"? Ya lo decía mi amiga Carmen Posadas, algunas modalidades de sexo equivalen a picar piedra.

 La entiendo a la perfección. Hay otro peligro mayor. Es el que yo denomino "Sexoficción". El cine ha hecho mucho daño a las relaciones de pareja difundiendo falacias acerca del mito del amor romántico. Y, efectivamente, cuando nos enamoramos los besos son más besos pero nunca suenan violines y al que más y al que menos se le escapa un pedo en el momento más inoportuno. Peor aún es el porno.  Ay, el porno. Esos penes que en ocasiones parecen apéndices de un alien en vez de órganos delicados y sensibles.

Esos miembros cuya misión es taladrar oquedades y desparramar semen sin conmiseración. Esas películas absolutamente espantosas y que, por desgracia, suponen buena parte de la educación erótico-sentimental de muchos jóvenes, obsesionados por batir marcas, observarse viriles como Nacho Vidal y sentirse llenos en una nube de egocentrismo y narcisismo patológicos. Hermanos, antes de tomar el cilicio del 2016 y de los buenos propósitos, desde aquí os digo: fuera obligaciones. La cama, el lecho se hizo para el disfrute: para soñar y volar pero dejemos las cuentas atrás, los balances y los quema calorías para otros ámbitos. Eliminemos la palabra preliminar (¿Preliminar de qué?) y concedámonos ese momento cadencioso, armónico y rítmico para disfrutar de nuestro erotismo, como si todos nosotros fuésemos notas del bolero de Ravel.

martes, enero 05, 2016

Mercurio






El termómetro de casa se hizo añicos. En mis manos flotaba el mercurio, como un duende juguetón. Ante mis ojos anonadados, hipnotizados, desapareció mi anillo de oro blanco. Me lo regaló en nuestro primer aniversario. Aquella relación perversa era incomprensible a los ojos del mundo. Pero nos amábamos.

Se acercó un día envuelto en notas musicales, un duende encantador en vaqueros, con perfume de Armani, con el pelo blanco y tantas arrugas como la vida le había regalado: "Me has dejado algo nuevo dentro".

No me explico aún como su alma se adentró en mi. Despacio, con amor y paciencia pero de un modo terrible e inevitable. Inexorablemente, me transformó en otra persona. "Eres la elegida;  eres la niña mimada del universo". Puso su anillo alrededor de mi dedo. Yo reía incrédula. Me parecía una ceremonia macabra y sin sentido. Selló su compromiso con el beso más lascivo y lujurioso que jamás recibí en mi vida.

A partir de ese momento, su poder sobre mi era imparable. Un tsunami. Movía sus dedos y los sentía dentro de mi, en mis entrañas. Apenas abría la boca y mi alma, posesa de sus encantos, corría a saciarle. Era completamente suya y era completamente feliz.
Una noche de todos los santos, describió lo que sería nuestra vida juntos. Yo me reí. Me parecía todo fantasmal, absurdo. Él, si no fuera por su carne y su arte en la cama, me hubiese parecido el más patán de las tinieblas. Dejé de reirme. Conforme pasaron los años todo se cumplió punto por punto. Me anunció la fecha de su muerte con una pasmosa frialdad.

Dormimos juntos en no pocas ocasiones. Una mañana, desperté con  la sensación de que dos finísimas agujas penetraban en mi cuello. Empecé a gritar. Después, me dejé ir. A la hora siguiente volví a despertar e hicimos el amor como  si nada. Como cada mañana que nos encontrábamos bajo las sábanas. Da igual que la noche anterior hubiese dejado más de una herida de guerra en nuestro cuerpo. Al día siguiente siempre sucedía del mismo modo. El mismo hambre, el mismo furor. Parecía que nos íbamos a morir después de aquello.

Seguimos con nuestras vidas. No sucumbí al chantaje emocional de su muerte temprana. No quise compartir cada día y cada hora y cada día ,y otro más.  Y un mes más y una semana más con él, junto a él. El sexo me saturaba. Su presencia embotaba mi voluntad. Le necesitaba como se necesita un chute de algo pernicioso pero que te permite seguir viviendo. Le necesitaba pero evitaba su presencia física más de 24 horas.
Era absurdo huir. Siempre estaba conmigo.

Hace tres años murió. Mis dientes afilados se estrenaron apenas pasó un año del luto y conseguí otro rehén para nuestra causa. ¿Qué causa era esa en verdad? Ninguna clara: disfrutar de cada minuto, de cada segundo de nuestras vidas. Exprimir los cuerpos, escarvar en las hondas fuentes del placer como si cada minuto de éxtasis nos alejase de nuestras tumbas mortales. De nuestros cuerpos mortales.

Y siempre sucede del mismo modo. El adepto se deja llevar. Piensa que podrá abandonar cuando quiera. Como el drogadicto que reniega de su atadura y quiere creer que podrá dejarlo en cualquier momento, que no lo necesita para sobrevivir. Pero se engañan.

Ya no es necesario anillo de platino. Entre mi maestro y yo existía amor, auténtico amor y devoción mutuas. Por eso prefirió matarse y por eso eligió someterme sólo a medias.
A ningún amante le gusta saberse correspondido por pena o por obligación.
Pero yo no soy tan benevolente.
Yo no soy tan amante.
Y ellos caen en mis redes y contemplo con delectación como sus almas, las almas de todos aquellos que se creen libres, invulnerables y poderosos se extinguen como el oro en mi dedo, ante la voluptuosa e insignificante bolita de mercurio. Y sus ojos sólo reflejan los míos. Y los de mi amado, mi maestro. Y sus pieles, sus almas, sus músculos, tendones y huesos me pertenecen. Y no me importa en absoluto que crean amarme cuando en realidad están presos. Rehenes de mi sangre. No les amo. No hay amor ya en este cuerpo.

El sexo nos ofrece una falsa sensación de poder y libertad. Ellos se creen los reyes del universo pero no son nada. Una pieza de metal entre mis dedos. Vulnerable carne, anhelo y voluntad que perecen bajo el mercurio de mi carne, anhelo y voluntad.

¿Quién sabe? Quizá tú seas el siguiente.

lunes, enero 04, 2016

Tu cuerpo, una fiesta

    "No disponemos de nuestra vida: Desde el vientre a la tumba estamos encadenados a otros seres humanos". Es una frase de "El atlas de las nubes" con una sólida base de realidad. Si recontamos experiencias lo vemos con claridad. Sin saber por qué, nuestros días se entrelazan con quien menos sospechamos. No sólo hablo de lazos amorosos, físicos y eróticos; sino lazos vitales. La vida es una inmensa autovía con infinitos ramales y en ella nos tropezamos por azar con personas que nos transformarán para siempre. El sexo es sin duda un motor importante de transformación. El sexo no entendido como el coitocentrismo que proclamaba Freud y que postergó el placer de la mujer en pos de la penetración y la procreación. Hablo de otro sexo. Porque las palabras lo son;  la música, los abrazos, los olores, los besos. Ese es el sexo auténticamente transgresor: el que escapa a la cópula pura y dura. El que investiga todos los recovecos del ser humano. El que vincula el alma con el placer y el disfrute. El eros porque sí, porque me apetece. Sin obligaciones, compromisos, expectativas o resultados. La transgresión no es que te aten a los barrotes de una cama. La transgresión auténtica es reivindicar el placer al que todo ser humano tiene derecho por haber nacido. Hay que acabar de una vez con las etiquetas de "normalidad". Hay que eliminar para siempre el código moral. Nuestro cuerpo no es el pecado. También borrar el código mercantil; ese que vincula el sexo como una transacción de la carne. Y no sólo hablo de prostitución. Todavía el cuerpo es objeto de compra-venta. Sin ir más lejos, en Holanda es legal intercambiar el cuerpo a cambio de lecciones de conducir. Ninguna objeción, pero ese código mercantil también está corrupto, es impropio de nuestra esencia más pura. Occidente nos ha enseñado a odiar nuestro cuerpo. Nos provoca temor, nos provoca vergüenza. Y el cuerpo es un templo, como proclama el hinduismo. Nuestra mente, pero también nuestro cuerpo, nos define, nos configura, nos posiciona en el mundo. El cuerpo es hermoso siempre porque nos alberga; alberga al ser que amamos. Hay que derribar esa relación somatofóbica de Occidente con el cuerpo. Podemos empezar regalando un strip-tease a nuestra pareja o compañero de juegos sexuales esta Navidad. ¿Por qué no? El sexo no tiene un fin. Es el fin. En el acto amoroso los roles de deseantes y deseados se intercambian y el placer no pertenece sólo al hombre, o sólo a la mujer. Nuestra anatomía nos ayuda puesto que todas contamos con un órgano diseñado, única y exclusivamente para darnos placer: el clítoris. El sexo no puede ser "normal" ni "rápido", a no ser que nos guste mucho, mucho la variedad sexus horribilis. Me aferro a esta frase de Galeano: "El cuerpo es un pecado, dice la iglesia; el cuerpo es un negocio, dice el mercado. El cuerpo dice: yo soy la fiesta". Si todos somos uno, sin duda festejaremos más estas fiestas con la fiesta de la piel, de las caricias y haciendo excursiones e incursiones por toda nuestra geografía humana. Si estamos encadenados a otros seres humanos del vientre a la tumba, procuremos que esa relación sea rica y fructífera. No tortuosa, culpabilizadora y estresante. Es tiempo de regalos. Y el regalo es el presente. Se dice mucho. Y es cierto. El presente nos enriquece. Los otros nos aportan, nos enseñan. El mundo es un sembrado de maestros. Los unos a los otros nos damos lecciones de vida. Regalemos nuestro tiempo a los demás, nuestra paz y nuestra lujuria, nuestro deseo y la fiesta siempre perenne de nuestro cuerpo.

Deseantes y deseados

    Que no te vendan la moto. No existe un orden natural de las cosas. Es una falacia social. Cierto que pasamos nuestra existencia atrapados en esta red de planteamientos que algunos iluminados nos hacen creer y que nos arrastra porque tenemos la fea costumbre de no pararnos a pensar y dudar: eso tan saludable y tan perjudicial el mismo tiempo. En el viejo orden natural de las cosas, el sexo tenía como finalidad la reproducción. Ese era el sexo permitido. También se les dejaba a los señores echar una cana al aire con prostitutas. Nosotras, las mujeres no teníamos derecho a desear porque sí;  al placer porque sí y a darnos a la lujuria si es lo que nos apetecía. Mal, muy mal. Error. Esas mujeres, si tenían la desfachatez de dar la cara en aquellos tiempos, eran quemadas en hogueras, maldecidas, perseguidas. No hay nada como la libertad para aterrar a los carceleros y dueños del "orden natural de las cosas" En el orden imperante el hombre es el sujeto deseante y el rol de la mujer es el de ser deseada. Lo contrario no se contempla. Esto que diréis que os parece una antigualla sigue vigente como el primer día de su instauración. Sólo tenéis que echar un vistazo a la publicidad. Os aseguro que el trabajo que conlleva ser deseada las 24 horas del día es impagable. Ir de princesa es un coñazo y cuántas veces no nos apuntamos a más planes porque tienes que arreglarte, ponerte mona, acicalarte y perfumarte. Creedme:  como mujer es muy difícil, casi imposible, escapar a esa dictadura Menos mal, que en este río de borreguismo que seguimos como tontos, siempre hay personas despiertas que de pronto entienden el absurdo de las cosas. Una de esas personas se llama Lee Rainwater que en los años 60 escribió la interesante "Teoría de los subsexos femeninos". Lee pensó que había una tipología y secuencia muy clara desde el punto de vista histórico. En primer lugar: las mujeres rechazadoras. El orden natural de las cosas es lo que buscaba: mujeres que pensasen que el sexo era una marranería impropia de ellas, almas de dios, y que lo hacían sólo porque era el único modo de quedar embarazas y crear progenie que era lo que principalmente se esperaba de ellas. Después se pasó al papel de la mujer amante. El sexo se tolera como un mal menor para complacer al cerdo de su esposo que la quiere tocar en sitios impropios y fornicar y gozar de su cuerpo. Pero ellas, ay no, para ellas era un auténtico suplicio esto y sólo lo hacían por ellos y aguantaban que se fueran de putas por ellos y que tuvieran algún desliz por ellos. Por fin, llegamos a la mujer sexual. Una mujer que sabe lo que quiere en la cama, que lo pide. Que lejos de ser un felpudo demanda su propio placer y disfrute. El único problema que yo veo aquí es que aún vivimos en una sociedad donde se dan estos tres tipos de subsexos en la mujer y de hombres que responden al papel de la mujer rechazadora y en el fondo de su ser piensan como sus madres: "una mujer que disfruta del sexo ha de ser una guarra sin remedio". En este puzle hay piezas difíciles de encajar. Todas ellas coexisten de una manera sobrecogedora . Por eso, párate, piensa, estudia tus reacciones y comportamientos. Duda y deja de creerte que hay poderosos y débiles; amos y esclavos; vencedores y vencidos. Hoy todos somos seres deseantes y seres deseados. Y es maravilloso ¿O no?