martes, noviembre 02, 2010

Ala de cisne



Él le dijo a ella: me siento vacío sin tu piel. Ella pensaba que aún tenía que cambiar la ropa de los armarios. Ordenarse la vida. No dijo nada. Había optado en los últimos tiempos por el silencio. Se sentía a gusto dentro de sí. En su interior de soledad sonora. A veces sonaba Chet Baker. A veces, George Shearing y su orquesta. Natalie Wilson, Nat King Cole.
La primera vez que la conoció le dijo que si le gustaba la arqueología porque escuchaba música de fantasmas. Sí, por qué no. Los fantasmas eran sus amigos. Inofensivos, dulces. Le encantaba tener ese toque de ala de cisne. Era una maldición y una bendición. A veces se veían tan especiales, tan tocados por el don del drama, del verismo, de la suavidad del arte. Sí, hablaba bonito. Él tenía también ala de cisne. Inadaptados a la vida real.
Él le dijo a ella: te llevas la luz cuando te marchas. Ella le dijo a él: eres mi emoción. Inadaptados en el espacio en blanco de una habitación. Bonitas palabras. Pero tenía que ordenar su vida. Enfilar prioridades, atender lo urgente.
Pronto voy a morir. Rompió el silencio él.
-No quiero que digas eso.
-Pero es la verdad. El médico me ha dado un año, año y medio a lo sumo.
-A veces maldigo el haberte conocido, sentenció ella.
-Pues yo no.
-Te rindes muy fácilmente. A lo que te dicen los médicos. A lo que te impone la vida. Quizá tú tengas ala de cisne y yo la haya travestido en puño de boxeador. Porque no la quiero. Porque necesito ese brazo fuerte y el ala sólo me hace sensible a ti. Y me creo tu mundo de mentiras que a la postre nos perjudica.
-Voy a morir ¿No te apiadas?
-Tu estrategia, otra vez. El chantaje emocional. A lo mejor ya estás muerto. Muerto en vida. Y yo también. Creo que eso sí que es trágico. Sabes que vas a morir y ni por esas resucitas.
-Qué dura eres conmigo.
-Sucede con el cisne que se transforma en luchador de sumo.
-Anda, ven aquí.
Ella se acercó en el lecho hacia él. Se miraron muy cerca. Ella acarició su cabeza de cuatro pelos por culpa de la quimio.
-Odio esto. Tu enfermedad. Tu conformidad con la muerte ¿Por qué no luchas más? Si tanto me quieres..
-Precisamente porque te quiero, Teresa. No he de luchar, no he de hacerte pasar más dolor del estrictamente necesario.
-¿Por qué no vivimos juntos el tiempo que te queda?
-Porque soy un cisne. Un cisne de verdad. Y porque te he mentido. No me queda un año. Apenas, unas horas.
-Venga ya, eso se lo puedes contar a tu mujer.
-No existe...es un espejismo fabricado por el ala de cisne, amor.
Teresa quedó pensativa. Abrazó a su hombre que fue menguando despacio, despacio. Se hizo pequeño. Se llenó de plumajes y su cuello corto, angosto y arrugado se tornó delgado y flexible. El animal se acercó a ella. Estaba caliente, tenía pico, no había rastro de ese hombre del que se había enamorado. Una extraña repulsión la invadió. Lo empujó del lecho, lo tiró al suelo y lo echó de la casa a patadas.

Imagen de
Germán Saez