jueves, abril 28, 2011

Irse


Amontonó cientos de enseres de su hijo muerto que atesoraba un viejo armario. Vaqueros, gafas de sol, las deportivas blancas, siempre de ese color, hasta una guitarra, libros, pequeños diarios. Escritos de adolescente, incluso escritos crueles hacia el mundo, hacía sí mismo. Siempre que intentó abrir aquel armario una fuerza oscura se lo impedía. Probaron todos los miembros de la familia, hasta el primo culturista. Nada. El niño se resistía a abandonar el hogar familiar. Al igual que todos los miembros de aquella estirpe, preferían vagar por el mundo de las sombras al duelo de la despedida. Así, toda la casa poblaba generaciones y generaciones de personas que se acurrucaban en diversos espacios, que cohabitaban con los vivos, intentando no molestar.  Adaptándose a sus horarios. Cualquier cosa antes que abandonar el nido. Un día, ella le dijo en voz alta: ¡Esta no es vida para un muchacho! ¡Vete, explora, habita otros paraísos, otros universos! ¡Esta no es vida para un muchacho!, repetía como un mantra. Finalmente, un día, la puerta del armario cedió solitaria. Quedó abierto de par en par. Cuando la madre vio arder la pira funeraria de su hijo, muerto hacía 20 años, sintió al fin un poco de paz.


Imagen de Germán Saez