domingo, mayo 06, 2012

La genética de los pepinos

El ser humano se parece mucho a los pepinos. Crece de noche. No sean mal pensados, que no me refiero al  ser masculino, sino al ser. Así,  en general. No lo digo yo, lo dice un amigo mío del Facebook, Marcos Egea, experto genetista de la Universidad Politécnica,  quien asegura que los humanos y las plantas nos asemejamos más de lo imaginable. Por ejemplo, las plantas huelen distinto según la hora y ritmo de su compás circadiano: el galán de noche, las petunias y los jazmines expanden su embriagradora fragancia con nocturnidad y mucha alevosía para atraer a las mariposas y que se obre el milagro de la polinización. A los humanos nos sucede lo mismo. Nuestro aroma cambia; de la seducción a la ansiedad, de la ovulación a las dos horas de gimnasio; del día – tras la ducha matutina— a la noche, nuestro perfume varía de la golosina al hedor, incluso al hedor insoportable. Si lo sabré yo, que vivo poseída por mi pituitaria.   Las plantas no hacen el amor, se polinizan las unas a las otras. Pero tubérculos, gramíneas, rosáceas, al igual que mamíferos de todas las especies tenemos algo en común: el universo conspira para que nos reproduzcamos. Tengo claro que el romance es una engañifa de las gordas. Que las feromonas y el  instinto consienten que nos deslumbre una sonrisa picarona. Años después la notaremos insulsa ¿Por qué? Porque la sonrisa, incluso el soporte entero que la contenía, cumplió su función: una vez reproducidos, no hay fascinación posible. ¿Será por eso que con el paso del tiempo y la inevitable pérdida de fertilidad cuesta cada vez más caer en la trampa de la naturaleza? El enamoramiento es un embuste monumental que la cultura se ha encargado de adornar con mitos, canciones cursis y películas. Todo en pos de la perpetuación de la especie.  Y, no sé el gen masculino, pero nosotras necesitamos algo más que un macho alfa, guapo y tonificado, para caer en la tontería del amor. Me pregunto si las plantas se pondrán tan chulas como nosotras y pasarán a sentirse, después, pochas, como nosotras; pisoteadas, mustias, apagadas. La piel de la rosa y la femenina se parecen mucho pero, por más que pienso, no encuentro tantas semejanzas entre flores y hombres, salvo el capullo, claro. Cierto, hay mucho elemento vegetal que recuerda el sexo masculino (desde el obsceno calabacín al cactus) pero me resulta imposible encontrar una flor con la que identificar a tanto pistilo suelto por el mundo. Marcos, querido, necesitamos que la genética nos dé una respuesta de masculinos y femeninos. Me quedo con un chiste sintomático: los hombres son como el bluetooth, se conectan a ti cuando estás cerca, pero buscan otro dispositivo cuando estás lejos; las mujeres son como el wifi, escanean todos los dispositivos disponibles pero se conectan sólo al más potente. Ante semejante evidencia, canto Down with love y me desconecto. Clic.