domingo, mayo 13, 2012

La noche del terremoto

La tarde del seísmo recibía una llamada urgente: se requerían mis servicios como free-lance para una tele nacional. Así es que despedí al bueno de Jorge Molist, y servidora, con plataformas incluidas, se plantó en Lorca. Llegué a un escenario de desconcierto y prisas; conocía los últimos datos gracias a los compañeros de la radio. No tenía ni un mal teletipo a mano, ni una nota de prensa. Cifras cazadas al vuelo. Garabatos atrapados en tres folios doblados que llevaba de casualidad. Aparqué en las afueras ante la incertidumbre de lo que me aguardaba. La noche del seísmo había 40.000 personas en la calle. Un desabarajuste monumental.Políticos ansiosos por salir en la foto. Luis Gestoso resolviendo como nadie. Geyperman de carne y hueso. Médicos, enfermeros, voluntarios de Cruz Roja surcaban el centro de la ciudad, veloces, a pie, en coche. Llantos; manos tendidas; mucho miedo. “Por aquí no puede pasar”, me prohibía la Policía Nacional ante una calle sembrada de cascotes y coches destrozados por retales de edificios. “Nosotros te llevamos”, me auxiliaba un matrimonio que abría la portezuela de su coche, sacaban a la niña del portabebés y hacían hueco entre su urgencia y temores. Tembló la tierra y despertó de su letargo a gente excepcional. Arrancó el velo a quienes no lo eran tanto. La noche del seísmo había seres humanos de una gran categoría. Y he de decir que algunas de esas personas eran mis compañeros de los medios. Una unidad de Radio Nacional me acercó al centro. Horas más tarde, de madrugada, sola, con ampollas en los pies por correr con tacones, el único coche que paró a mi solicitud de auto-stop era un compañero de “España Directo”. La red se caía. El móvil quemaba. Entre las llamadas del equipo de Madrid se colaba la de algún amigo, alertado por lo que sucedía en la Ciudad del Sol. Entre la multitud solidaria, algunos hacían corrillos y rivalizaban por comparecer y atrapar el protagonismo de tan funesto suceso. Y me enfadaba con el mundo. ¿Por qué tenemos que pagar a estos estúpidos con séquito? ¿Qué hacían allí? Nada Junto a mi coche, una prole mulsumana dormía, tapados con breve colcha, a la intemperie. Eran casi las cuatro de la madrugada, y al llegar a casa supe que habían fallecido dos mujeres embarazadas y un niño. No pude evitar unas lágrimas. Un año después, muchas familias no han regresado a sus hogares; pero Lorca no se rinde. La absurda burocracia entre Administraciones impide que lleguen apenas cinco millones de euros de los 230 otorgados por el Gobierno. Para algunos, el terremoto ha cambiado sus vidas por completo: la ubicación de su negocio, su estado civil, los habitantes del libro de familia. Pero, pese a todo, algunos vecinos burlan a las grietas, a Richter mismo y se cuelan en el bar “Yanfer”, apuntalado, lleno de hierros, como la boca de un adolescente. Y celebran la vida.