domingo, marzo 10, 2013

Como vaca sin cencerro



Hace 20 años en Puerto Rico con  Carlos Morales y Alexis y el cartel del ciclo que organizé sobre Pedro Almodóvar





El mundo se divide en dos tipos de seres humanos. Los que amamos a Almodóvar y sus detractores. Nunca encontré término medio. Aquel que confiesa su indiferencia, lo señala como alguien sin ningún talento (?). Uno se puede sentir agredido por la estética punk de sus primeros filmes, por mostrar sin afeites la prostitución, las adicciones, el sexo; Uno puede, en fin, ser incapaz de soportar el naturalismo de algunos fotogramas, pero, señores, Almodóvar ha creado un universo, una cosmogonia particular, una forma de ver e interpretar la vida y eso requiere talento y esfuerzo.

Mucha gente se queda en la superficie de su estética. Los colores chillones, por un lado, esa dirección de arte impecable que convierte su fotografía en imágenes atemporales, y la visión del extrarradio, por el otro. Otros se agarran a sus frases. Un baluarte indispensable que sus fans convertimos en parte de nuestro discurso habitual: "estar como vaca sin cencerro", "dar la campaná", "no me chilles que me sube el azúcar" y "Horroroso, horroroso" (el modelito de la señora).  Luego están aquellos gritos desesperados con los que todos nos hemos sentido identificados en alguna ocasión: "¿Hay alguna posibilidad por pequeña que sea de salvar lo nuestro?".

Por encima de frases y colores, Almodóvar ha sabido retratar como nadie el mundo femenino y la solidaridad entre mujeres. Se ha reconciliado con su raíces y ha conseguido que volvamos al "pueblo". Él, como tantos artistas, mantuvo una relación conflictiva con su lugar de origen. También ha salvado a los psicópatas, capaces de cualquier cosa por amor ("Tengo 23 años y 50.000 pesetas y estoy solo en el Mundo". Átame); salva a los yonquis, víctimas de sus adicciones; Redime a esos artistas, puro egoísmo y narcisismo, retratados con diáfana claridad: Lola en "Todo sobre mi madre"; Becky del Páramo "Tacones lejanos" .

Las relaciones entre madres e hijos son, sin embargo, donde considero que Almodóvar se muestra más auténtico, más brillante y eterno. La culpabilidad de aquellos padres triunfadores que dejan abandonada la crianza en pos del triunfo:  "el éxito no tiene sabor ni olor y cuando te acostumbras es como si no existiera".  La culpabilidad de una madre que pierde a su hijo en el día de su cumpleaños; la culpabilidad, en fin, de aquella otra a la que se le escapa una realidad demoledora y cruel que ocurre ante sus ojos. Al mismo tiempo, Almodóvar mata al padre, eso tan freudiano. Y lo hace en más de una ocasión.

Hace justamente 20 años organicé un ciclo sobre Pedro Almodóvar en Puerto Rico, ayudada por tres gloriosos amigos gays. Blocckbuster me dejaba las cintas,  imprimí  20 carteles que diseñé yo misma y visionamos las pelis en la Casa de España de aquella islita. Todos se enamoraron de Almodóvar, incluso aquellos habitantes conservadores que relacionaban a nuestro país con Lorca pero en absoluto con aquel rompedor cineasta manchego.

El éxito de Almodóvar radica en su insobornable ser y estar sobre el mundo. Nunca hizo un cine para agradar a las masas. Su parte más amable: esos diálogos divertidos; esa Chus Lampreave imprescindible en su filmografía ("es lo que tenemos las testigas, que no podemos mentir") también conforman su idiosincrasia. Y el sentido trágico de la vida a la que contempla con tolerancia, con la sabiduría propia de los estoicos; que confía en la bondad de los desconocidos y que perdió el miedo hace mucho tiempo: "Al no tener fe, ya no creo en Dios ni en el infierno. Si no creo en el infierno ya no tengo miedo. Y sin miedo soy capaz de cualquier cosa".