domingo, octubre 20, 2013

Lolita y la destrucción del amor







"En verdad, Lolita no pudo existir para mí si un verano no hubiese amado a otra...". Así explica y justifica Nabokov el amor perturbado, impúdico, frenético, agonizante de Humbert Humbert por una niña de 12 años. El profesor se quedó colgado de una pasión adolescente que reconoció inmediatamente cuando conoció a Dolores "fue un amor a primera vista, a última vista, a cualquier vista".

La justificación literaria esconde sin embargo una verdad absoluta. Nos atrapa aquello en lo que nos reconocemos, de tal forma, que sólo dos personas muy determinadas, en instantes puntuales pueden percibir con nitidez cegadora esas señales que nadie más capta, por mucha gente que haya alrededor. Igual que la tragedia se circunscribe a un momento íntimo, como un cañón de luz que se proyecta sobre la sangre derramada, el amor irrumpe en la vida de los mortales: siembra caos alrededor para crear una cosmogonia particular que sólo comprenden exactamente las dos personas implicadas. El amor es una fuerza que transforma y destruye.
Para crear hay que romper el orden establecido.

Los buenos amantes siempre hablan el mismo idioma. Se comunican con las mismas claves, vibran en la misma escala del pentagrama, sueñan con los mismos colores. Ven la vida con los mismos ojos. Llegar a ese grado de compenetración no es algo espontáneo. Existe primero el germen y la brutal atracción que es un visitante incómodo en ocasiones Pero, al igual que somos cabeza y corazón; vísceras y carne, también somos eternos. Somos alma. 

Hay parejas que no necesitan palabras. Sus señales son más poderosas en el silencio (The sound of silence). Cuando uno de los miembros se marcha, el otro se queda mudo, sordo, ciego. Nadie le comprende. Se queda colgado en un mundo que le es ajeno porque falla ese interlocutor que le interpretaba a la perfección. El otro es un demiurgo, que  esculpe, que saca lo auténtico que hay en nosotros,  con cincel y martillo va delimitando nuestros perfiles. Probablemente, nosotros hicimos igual con nuestro partenaire: le recordamos quien fue, su verdad esencial

Miro parejas ancianas, jóvenes y en todas ellas contemplo ese gesto de agradecimiento, de sentirse en casa, a salvo. Son esas parejas bien avenidas que, arriesgadamente, en algún momento de sus vidas decidieron dar vacaciones a la cabeza para quedarse con el corazón y el instinto, con alguien que hablaba su mismo idioma. Juntos inventaron un nuevo lenguaje, que les pertenece sólo a ellos. Que nadie más comprende.

Nabokov justifica a Humbert Humbert porque debe hacerlo, porque enamorarse de una cría es perverso,  es un tabú, pero él tenía que contar esa historia ¿Por qué? Quizá hubo una Lolita en su propia vida,  30 años menor, mascadora de chicle, con trenzas y pedorra que, sin embargo,  captaba a la perfección sus señales. Y él las de ella. Es fácil y lógico pensar que él la corrompió para siempre llevándola por el camino del pecado, aprovechándose de la sabiduría que le otorgan los años pero, a fin de cuentas, Humbert Humbert es casi siempre un monigote, una marioneta en manos de la chiquilla. Si el amor no tiene edad ¿Por qué rasgarnos las vestiduras? Mi cabeza me dice que si tuviese una hija condenaría al viejo profesor, le cortaría los huevos incluso, pero mi corazón me ha demostrado que es imposible comprender qué ocurre en las relaciones entre dos personas que se quieren, o  que se quieren y se odian.  Da igual la edad que tengan. La experiencia también me demuestra que en esas historias de amor creativo, de amor de picos,  los dos componentes  se transforman mutuamente y son, mutuamente,  víctimas y verdugos.