domingo, octubre 05, 2014

Trincheras sentimentales





El amor es una tensión constante. Un tira y afloja. Lo más parecido a una guerra. En el amor hay acuerdos, preacuerdos, rupturas, alto el fuego, rendiciones, concesiones, armisticios, intercambios, zonas francas, daños colaterales, herencias envenenadas, mochilas cargadas de pasados oscuros y granadas de mano. Esas que te explotan en la cara cuando menos lo esperas. Algunas minas escondidas en el surco de una sábana pueden dejarte herida de por vida.

Así es la cosa, como dirían en el Caribe. Lejos de vidas armónicas y finales felices, el auténtico amor, el que está vivo, el que transpira y respira es un constante tira y afloja. Un juego de fuerzas para mantener a flote esa sensación maravillosa, irrepetible que sólo sucede unas pocas veces en la vida. No sólo eso, ya lo escribí en alguna ocasión. Ese amor irrepetible suele arrasar con el status quo anterior e implantar uno nuevo. Es una fuerza destructiva que construye, como a veces lo son las guerras (salvando todas las distancias).

Un amigo me habló hace poco del Puente de Glienicke, también conocido como puente de los espías. En este lugar, los agentes secretos se intercambiaban información y hasta vidas humanas durante la II Guerra Mundial. Imaginad el frío invierno, este puente fronterizo entre Berlín y Postdam y la ingente actividad desplegada en ese punto en concreto. Una actividad a la que eran ajenos la gran mayoría de los habitantes de Berlín. En la guerra, como en la vida, hay personas que son como ese puente, momentos que simbolizan el espacio neutro (ni pa tí, ni pa mi) pero también, la tolerancia, la posibilidad de evolucionar a mejor, la paz y la concordia, incluso en el fragor de la batalla. 

Quizá debiéramos buscar a lo largo de los días, ese momento-puente y hacer intercambio de todo eso que llevamos dentro. Porque si las guerras surgen porque alguien toca los cojones de más ( tú me secuestras a tres niños y yo masacro a tu población), los malentendidos en el amor surgen: a) por tonterías sin importancia y b) por tragar y tragar y aguantar y aguantar. Lo que sucede es que, en el segundo caso, cuando hay un estallido las consecuencias son terribles. Todavía tenemos mucho que aprender. 

Si en las guerras hay estrategias, en el día a día debería primar la asertividad. Es decir, soltar lo que sientes: tu enfado, tu malestar, incluso tu alegría, pero con naturalidad. Y con naturalidad decir que NO a determinadas peticiones, actitudes demandas. ¡¡Cuánta energía ahorraríamos!!

Las relaciones son algo demencial, sentencia mi amiga Teresa :"Escúchate, escúchame. Si piensas con frialdad en las palabras que usamos, en lo que nos contamos ¡¡es de locos!!". Pero bendita locura. Lo cierto es que llegamos a este mundo sin saber nada de la vida y sin educación sentimental. En el colegio nos enseñan a hacer raíces cuadradas —a ver para qué narices quiero yo saber la raíz cuadrada de 198 a la hora de enfrentarme con un atasco mañanero, por ejemplo — pero nadie nos enseña a expresar, a identificar los sentimientos: el miedo, la ira, la rabia, la paz, el terror, la saña, la simpatía, el enamoramiento, la atracción. Aunque claro, cada sentir es único e intransferible. Cada uno encaja las relaciones amorosas en una estantería distinta de sus emociones, de sus delirios, de sus aspiraciones.

Menuda maraña ¿Verdad? Por eso son tan importantes los puentes. Sólo los espías saben qué se cuece sobre ellos. Sólo los implicados acuden a ese punto intermedio, con frío, con miedo (ni pa tí, ni pa mi) para salvar el tesoro irrepetible del amor.

La foto es de 

Henri Cartier-Bresson