lunes, noviembre 23, 2015

Corazón de melón



Yo divido a los humanos en dos tipos: corazón de melón y corazón de león. Por supuesto, me quedo con los segundos. Entiendo que lo sencillo es ser meloso, suave, fresco y jugoso pero todas esas deliciosas cualidades finalmente se esfuman en la boca. Al cabo de un rato, nada queda de la melaza propia de la fruta. Al cabo de un mes, ni recuerdas el sabor del melón. Al cabo de un año, casi ni la forma. Entiendo que es un símil, quizá, un poco pedestre, pero creo que me entienden.
Lo habitual es que un corazón de melón sustituya a otro. Ininterrumpidamente, o con pausas para descansar de tanto empalago. Lo insulso es encantador y volátil pero al igual que ustedes no vivirían en una choza edificada con palillos imagino que buscan, buscamos, compartir nuestras vidas con personas sólidas, coherentes - incluso a veces espinosas- pero reales.
Después de pasarme media vida oyendo a mi madre cantar aquello de corazón de melón, por fin he comprendido el verdadero significado de esta rima tan simple. Es una forma agradable de decirle al otro/a: eres arrebatadoramente insustancial.
El corazón de melón es muy peligroso. Igual que si un día pisas una corteza de plátano por la calle: te envuelve el azúcar y te idiotiza hasta perder la noción de la realidad. En verdad, el corazón de melón es involuntariamente falso. Es decir, ellos, en su tontería vital, se creen humanos. Pero no lo son. En realidad, decir que tienes corazón de melón equivale a decir que no tienes corazón. Cosas del Caribe.
Sé que exagero pero entiendo que con estos ejemplos las cosas quedan bien claras. Siempre hay matices, claro. Hasta el corazón de melón puede pasar por etapas de lucidez pero deben comprenderle, pobre, el azúcar causa estragos en las neuronas propias y en las ajenas ¿Es insalvable semejante ejemplar? No creo: la esperanza es lo último que se pierde (por cierto,  esta sería una frase cliché, muy propia del corazón de melón).
Pasar de corazón de melón a corazón de león requiere un duro aprendizaje pero hay que estar dispuesto a padecer al susodicho/a en semejante transformación. Sin cambios, no hay mariposa. El problema del corazón de melón es que, a menudo, se queda abotargado y asfixiado por su deseo inevitable y narcisista de ser siempre encantador.
Al corazón de melón se le olvida. El corazón de león, sin embargo, permanece en tu vida porque siempre te dio cobijo, porque no le importó tratar contigo temas trascendentales, porque permaneció a tu lado cuando ni tú mismo creías en ti. Porque hay un antes y un después de un corazón de león. Te transforma, te eleva, te obliga a mirarte con otros ojos, aunque a veces duela.
Un corazón de león es inolvidable. Sus palabras, sus hechos, sus silencios, su verdad, sus amarguras, sus miedos, todo te cautiva porque en su entrega todo es auténtico y real. No hay vacíos, la mentira no existe y la lealtad es la bandera de estos corazones cuyo paso deja una huella imborrable en quienes tuvieron la suerte de compartirles y disfrutarles.
Quizá sean unos tiempos demasiado políticamente correctos y vanos como para comprender su verdadera trascendencia y  frenesí.
El corazón de león te hace sentir única/o. Así de simple.
Llamadme romántica pero prefiero quemarme las manos con las brasas de un corazón de león que mancharme con la fructosa transparente de la fruta. Esa fruta que, a la postre, se resbala de entre tus dedos, desaparece y se desintegra. Al final, sólo queda un charquito, un pegote insidioso en tus tacones.