miércoles, abril 20, 2016

Nuestro orden de las cosas

     

 La biología nos cuenta que nuestra madurez sexual, nuestro cénit, está entre los 25 y 30 años.  La sexología piensa otra cosa. Nuestra evolución como seres humanos no termina nunca y el sexo forma parte de esa evolución. Si preguntase a la mayoría de la gente estoy convencida de que muchos afirmarían que sus mejores experiencias  han llegado con los años. La inexperiencia no suma, resta. En todos los ámbitos y en el sexo no es diferente. Tenemos un estereotipo de pareja sexual muy cerrado. Responde al molde de familia Disney.

 Él y ella, jóvenes y guapos. Pero sabemos que hay parejas que parecen perfectas desde afuera y están podridas por dentro. ¡El ser humano es tan diverso! Hay ancianos que hacen el amor más a menudo que algunos adolescentes. El chico que ves en silla de ruedas también practica el sexo. Quizá sus métodos sean más originales que los del resto. Hombres y mujeres no se unen por una afinidad kármica o morfológica. Existen variables del deseo y del amor que no seremos capaces de sospechar.
Hay parejas de chicas con chicas, de chicos con chicos, de mujer lesbiana con otra mujer transexual que, mira por donde, se cambió de sexo pero no le gustan los hombres, sino que es feliz con su novia desde hace dos años y pico.
El universo es tan amplio, singular y diferenciado que es absurdo que nos sintamos bichos raros por tal o cual preferencia. Es una obviedad escribirles a todos ustedes algo fundamental: el verdadero amor comienza por uno mismo y el sexo saludable, también. Dejemos al cuerpo gozar en su fiesta particular. Es fácil y cómodo mirar hacia otro lado pero a la larga nos pesará. Engañarse a uno mismo es como un yogur: su fecha de caducidad es limitada. Y la realidad es esta: no existen príncipes ni princesas.
No hay familias perfectas, ni parejas perfectas. Lo correcto no está en ningún manual, cada cual lo lleva interiorizado en sus genes, en sus enseñanzas. La fidelidad es una imposición absurda. Sólo se puede ser fiel a uno mismo y al pacto que establezca con esa persona que decida compartir sus días. En el momento que ese pacto supone un estorbo para avanzar vitalmente; En el momento que ese pacto nos maniata y nos convierte en personas oscurecidas y enajenadas, ya no vale. Es inútil mantener a un muerto con vida.
 Del mismo modo, el cenit de nuestra edad sexual no lo marca la biología sino nuestras vivencias, nuestra biografía. Podemos parecer Barbie y Kent y tener menos química que una montaña de escombros.
 Igual que Cyrano de Bergerac explicaba que el amor no tiene porqués, encontrar una pareja que de luz a nuestras vidas no tiene que parecer perfecta, ni guapa, ni ha de encajar en nuestro modo de vida. Eso son una suma de cualidades que no responden a la verdadera naturaleza del ser humano ni a la receta de una presunta felicidad.
 Los moldes no valen para esto, ni las frases pomposas y bonitas.

 Igual que Ortega y Gasset afirmaba que Dios es la dimensión que damos a las cosas. A nosotros nos corresponde esa tarea de catalogar y colocar en una estantería o en otra lo que consideramos fundamental, maravilloso, residual, horroroso o superfluo.

 Ese instinto, esa vocecita interior, esa sabiduría innata que siempre nos acompaña y que en muchas ocasiones evitamos escuchar es la que debería guiar nuestro camino: no los covencionalismos, no las normas de nuestros padres, no el orden establecido, no los miedos y, por supuesto, nunca la comodidad.