lunes, mayo 09, 2016

El termómetro de la felicidad

 

 Dice el experto Efigenio Amezúa que en sexología, los deseos tienen más valor que los deberes. En un mundo donde impera lo pragmático, donde todo es una competición, hablar y escribir sobre erotismo les puede parecer a muchos una absoluta pérdida de tiempo. Mi amiga Mirian López añade algo muy sabio;  de vez en cuando hay que perder el tiempo, conversar, estar con los amigos y la familia e incluso, perderse por horas bajo unas sábanas y practicar el ars amandi.

Con nosotros mismos  y también con los demás. Perder tiempo para ganar tiempo. Un sexólogo, como un psicólogo, no puede dar recetas. De hecho, nuestro profesor de máster asegura que hay que cumplir varias reglas de oro. Una de ellas es no responder preguntas. Esto contrasta enormemente con el gran éxito que tienen los consultorios en programas de radio y de televisión. La otra, no opinar sobre el caso que llevan entre manos y la tercera, no entrar en las emociones.

 El papel del sexólogo es poner en marcha la rueda para que circulen las ideas y las emociones ajenas, no las propias. Es un animador de conductas e interacciones, con objetivos modestos en todo caso. Esta columna es de opinión, efectivamente, siempre doy al final una parte de mi punto de vista. Es inevitable, es humano. Somos débiles y, acaso, tanto los lectores confesos de este Punto G como yo que lo escribo, tenemos un mismo fin común: encontrar algunas respuestas aunque para ello nos hacemos primero muchas preguntas.

 A todos, quizá nos mueve la curiosidad. El único elemento capaz de vencer el miedo y la culpabilidad. Un elemento poderoso por el que algunos somos capaces de levantarnos cada día. El erotismo es cultura y es cultural. No son técnicas para conseguir el orgasmo más rápido, ni más intenso, ni más placentero. Eso sí, una mente despierta, inquisitiva y curiosa nos convertirá en gozadores natos. ¿Hablar de ideas es compatible con hablar de sexo? Por supuesto, porque nuestro sexo es erótico y el erotismo es cultural. Algo te pone o te parece bello porque en tu acervo algo te dice que eso es sexy. Para unos serán los pies monstruosamente diminutos. Para otros, los pechos grandes.

 Entre la fisiología, que va a lo práctico: esto es, al coito con fines reproductivos y entre la moral que sólo nos habla de lo que debe ser, nos perdemos los partidarios de la erótica. Pero, créanme,  incluso en estos momentos, la cultura erótica es hoy más imprescindible que nunca. Por encima de los deberes, por encima de la fisiología. Como un norte que no debiéramos perder porque esto es lo que nos hace intrínsecamente humanos. Perder el tiempo para ganar tiempo. Sin objetivos ni metas inmediatas, si no , simplemente, darse al deleite de vivir y vivirse ¿Por qué existen las relaciones? ¿Para qué existen las relaciones? Si contestan de un modo juicioso y medido, malo. 

Probablemente, los cimientos de esa relación son frágiles y ya estarán repletos de grietas. El amar es un arte, como el vivir.  Y arte es esencialmente lo que no sirve para la satisfacción inmediata de las necesidades, sino para el goce y el placer de la sensibilidad. ¿Por qué se unieron un día a sus parejas? Creo que la respuesta les dará una clave diáfana del termómetro de su felicidad. Si hubo complicidad, emoción e incluso algo de locura, esa relación contiene bases sólidas y verdaderas. Si todo comenzó como un juego, aún es más verdadera. En caso de duda, pregunten al eros juguetón. A ese  que pierde el tiempo para ganar tiempo.