lunes, noviembre 13, 2006

OJOS SECOS. Capítulo IV

En esta ocasión, Vincent no pudo arreglar el disgusto con ninguna sofisticada pieza de joyería, y como estaba previsto, Aline, desapareció unos meses de la vida del pintor y él se mudó a otro estudio más luminoso y limpio desde donde podía contemplar la cúpula inexplicablemente oriental del Sacre Coeur. Vincent atravesó un síndrome de abstinencia inesperado por su violencia. Apenas salía de su estudio, dejó de hacer la ronda de Cabarets con sus colegas artistas y sólo visitaba a Leslie y Magloire para ver a sus hijas y pasarles la aportación mensual para su manutención. Siempre generoso, tanto hijas como madres, disfrutaban de un estupendo estatus, hermosos vestidos e incluso ahorros futuros para la educación de Sandrine y Sora, sus auténticos amores en esos tiempos oscuros de perfecta austeridad, castidad y aislamiento.
Terry le visitaba en Montmartre y no en pocas ocasiones le insistió para que se trasladarse a vivir con él. En su confortable hogar contaba con todas las comodidades imaginables y con Baptistine: “Seguro que con sus menús, con el aire fresco de los parques cercanos y con un ligero toque de sastres expertos cambiabas de pinta y, por supuesto, de humor. ¡Muchacho, nada hay mejor que darle un espaldarazo a la autoestima! ¿Y por donde empieza la autoestima?. Por la imagen, por supuesto”.
Vincent finalmente accedió y anduvo cerca de un año con Terry, volviendo a compaginar su trabajo de pintor, con el de diseñador de estampados para completar las rentas de sus hijitas. Se volvió un señor respetable, volvió a frecuentar compañías femeninas pero siempre de un modo cortés y galante, con pocas ocasiones para el desenfreno.
La falta de Aline le podía más, tanto que acabó por debilitarse en las artes amatorias y tan sólo en alguna noche muy inspirada y sentimental sus “partenaires” conseguían arrancar de él caricias de auténtica ternura y pasión
El pintor seguía frecuentando su nuevo estudio de Montmartre, dónde sólo se trasladaba para trabajar. Sus días se volvieron rutinarios: por las mañanas obraba en sus lienzos, por las tardes en sus telas, cerca del Bois de Bologne tras los estupendos menús de Baptistine. Alguna noche, cita con alguna de esas damas liberales de mediados del siglo XIX o cenas sofisticadas acompañado por la conversación y amistad de Terry. Hasta que una mañana, una de esas terribles y brumosas mañanas, empañadas de tragedia en el ambiente, sopló un fuerte viento procedente de no se sabe qué extraño mar glacial provocando el atronador sonido que hacen los muebles al ser arrastrados. El grito de la gárgola irrumpió en su estudio. Aline se presentó ante él cubierta de satinado traje negro, pero en esta ocasión no llamó a la puerta, sino que se coló por la ventana. Vincent se sintió conmovido y aterrorizado hasta los huesos por semejante visión. “¿No sería todo acaso fruto de su imaginación?....Pues no, no lo era en absoluto. Aline, con su perfume oscuro del incienso de los rituales oscuros.
“¿Pensabas por un momento que me había olvidado de ti?”....Oh! maldito mortal, tanto mal me has causado que sólo podía volver a ti de este modo. Tuve que recorrer océanos, fondos abisales de mares helados para que ellas tolerasen mi vuelta, para recibir sus cuidados, para llenar mis arcas de ponzoña y darte tu merecido....¡miserable ser!.”
No te entiendo, Aline...yo he cambiado mucho, te he echado mucho de menos, apenas veo otras mujeres. Aline, casi muero por tu falta...¿Qué más castigo me darás?.
-¡Éste!.
Aline destapó un frasco de aroma repugnante y lo arrojó directamente a los ojos....
-Nunca verás el mundo como es en realidad, sino tan sólo a través de mis ojos...Te será imposible retratar esta realidad tan difusa. ¡¡¡Lo perderás todo!!!!. Por las uñas de Satanás, que no volverás al ser el que has sido ¡nunca más!, ¡Nunca más!. El eco atronador de su maldición permaneció en la habitación durante largo rato, mientras ella escapa por el mismo lugar por donde había entrado.
Vincent se estremeció, sintió un dolor punzante en sus cuencas y finalmente lloró desconsolado ¿Cómo había podían existir personas con semejante capacidad de ocasionar daño..?.En el caso de que Aline fuese realmente de este mundo.
Pasaron horas hasta que el pintor pudo salir de su estado de shock, sentía agarrotados miembros y mente, por ella no cesaban de sucederse antiguas escenas de su infancia en Tokin y las sentencias de su abuela se repetían ininterrumpidamente en medio de su aturdimiento.”¡Oh Vincent, algún día lo descubrirás....qué delicada es la desolación”...”El bien no puede tener un servidor impío”, “precisamente el que más necesidad tiene de asilo, es el que más dificultad encuentra en decir su nombre”..”No lo olvides Vincent: la desgracia educa la inteligencia”...”Lo propio del amor es el error”....”A corazón seco, ojos secos”.
Así estaban sus ojos....completamente secos, todo eran imágenes borrosas contornos difusos, redondeados, deformes en ocasiones.
Como pudo, bajó las escaleras, pidió ayuda al viejo portero Myriel y pagó cuatro sueldos por una calesa que le acercó al barrio de La Muette.
Cuando Terry se encontró a su amigo en tan lamentable estado casi se le abren los hilvanes de la mente. Ayudó a subir las escaleras al infortunado quien cayó en el sofá como el doblez de un vestido. Incapaz de mantener la columna vertebral en una posición equilibrada, semejante a una marioneta de trapo, destrozada por el rayo de un dueño despiadado.
Varios pájaros rojos parecían escaparse de la chimenea del salón. Al menos eso es lo único que acertaba ver Vincent. El parlachín se quedó sin palabras.
-Amigo Terry Wallys....eres la viva imagen de un emperador chino ¿qué te has hecho en la cara?
-Vincent....¿qué te sucede?.
-Nunca lo creerías amigo...mejor será que esta historia la sepulte en mi mente para siempre si quiero permanecer cuerdo hasta el final de mis días...¿pero qué diablos le ocurre a este salón?...¿donde están los bellos tapices?...Sólo encuentro ondas de sol en movimiento. Todo da vueltas Terry...y tú también....¡Diantre! ¡Ahora te pareces a ella!.
-Es la absenta, lo sabía Vincent, mira que te advertí.
-La absenta es como la leche materna comparada con ella. Es...ha sido Aline, esa mujer, esa cosa, ese espíritu del demonio.....Se convirtió en una gárgola ante mis ojos, Vincent. Entró volando en mi estudio.... y ya no pude verla marchar. Su voz tenía el resquemor de las cenizas, el polvo de cientos de años. ¡Una Gárgola de Nôtre-Dame!....Podrás creerlo. Dios sabe que no miento, que no es obra de alucinación o de juegos de hipnosis...¡¡¡Ella me ha quitado la vista, Terry!!!...
-Pero algo ves, claro....por lo que me dices...
-Todo es confuso es como si desapareciese el suelo bajo mis pies, como si la techumbre cayese encima mío con furia...Pero no cae, ahí se queda, combada como si ella sola sostuviese todos los hectómetros cúbicos del Sena.
Terry corrió al cuarto contiguo y le trajo a Vincent telas, pinceles y una paleta de colores....
-Intenta plasmarlo, Vincent.....
Los brazos rapidísimos del pintor dejaron caer sobre la tela figuras cambiantes y en movimiento. Toda la habitación y el rostro de Terry era un continuo oleaje. Los colores, vivísimos, subidos como tras una calentura de alcohol.
Vincent llenó telas y telas a lo largo de toda la noche ante la sorprendida mirada de Terry., incapaz de articular palabra alguna.
Vincent no dejó de sollozar y llorar un sólo instante en medio de su frenética actividad. Su alma quebraba, encallaba en la isla del miedo. Su amor, su auténtica pasión por la vida acababa de herirle de muerte. Otra vez resonó en sus oidos la abuela Fatih....”Nadie está a salvo de la pasión”.
Los celos de la gárgola, el egoismo infinito de ese ser insaciable que, al igual que a Vincent le sucedía con las mujeres en sus tiempos de mayor gloria, contaba con hombres-pasatiempo, con multimillonarios que la cubrían de pedruscos indecentes cuando terminaba el espectáculo en el Moulin, o cuando el show tenía carácter particular, en una lujosa habitación de hotel con una chistera y su amo como espectadores.
Terry barruntó el fin de su próspera actividad como representante de Vincent...¡Pobre Vincent!...—pensó—¡Estás acabado!...pero yo nunca te abandonaré. Nunca. El americano no pudo evitar las lágrimas que también brotaron de sus ojos azules tejanos en un gesto de compasión, de solidaridad ante el dolor del que nunca se creyó capaz.
Vincent siguió con sus lienzos en casa del americano pero tuvo que abandonar del todo el negocio de las telas. Los empresarios textiles consideraban esas fantasías demasiado desbordantes, incluso agobiantes. Todas transmitían la sensación de una inundación de colores y formas, pues ni una sola de éstas mantenía una silueta concreta y definida.
Terry intentó colocar los lienzos de Vincent como pudo y algún amante del arte encontraba auténtico talento en esos trazos curvilíneos...pero no pudo competir con lo que estaba en boga en esos momentos....Algunos de sus viejos amigos, compañeros de juergas de mujeres y alcohol compraron tres o cuatro lienzos.
Gracias a la labor de Terry, Vincent conservaba algo de su patrimonio que sirvió para el sustento de sus hijitas, a las que pintó en su singular estilo: Sandrine y Sora quedaron algo decepcionadas con el resultado, pero no así Leslie y Magloire, que contemplaron con inmensa ternura los frutos de su trabajo. Ambas captaron una dulzura inédita en esos confusos trazos; era miel solidificada, amor en su esencia.
-Son maravillosos Vincent...No importa que hoy la gente no los comprenda. Algún día descubrirán que se esconde en tus lienzos....Ellos piensan que es extravagante cuando en realidad es una auténtica belleza....¡Estás tú! ¡Tú espíritu puro y libre!...Al mirarlos uno siente una bocanada de aire fresco.
Los comentarios resultaron ser de Magloire....Más ninfa y menos terrenal de lo que Vincent imaginaba en su interior.
El pintor siguió compartiendo el afecto de las cuatro mujeres de su vida y de su gran amigo Terry.
Las compañías de la abundancia desaparecieron como por arte de ensalmos. Apenas llegaba alguna nota de las antiguas amantes de Vincent al confortable hogar de Terry. El estudio de Montmartre fue vendido a otro joven aspirante, lleno de deseos de amor y libertad.
Como le explicó un día un viejo escritor que salmodiaba a solas en la esquina de un café: “El éxito es una cosa bastante fea. Su falso parecido con el mérito engaña a los hombres”.
Vincent en un principio se sintió molesto ante tales comentarios...Pero en la soledad de su desgracia comprendió que su trabajo anterior carecía de esfuerzo o sacrificio. Llegaba sólo, de un modo inevitable. Era en estos momentos donde su labor podría considerarse meritoria y ¿dónde estaba el éxito?. Esa ramera social por la que se corrompen hasta los espíritus más puros.
Decidió dejar de lamentarse de su suerte, abandonar la conmiseración y buscar la satisfacción real en los milagros del día a día. En ver, a su manera, crecer a sus hijas, en la compañía leal y afectuosa de su amigo Terry, en el soporte de sus dos mujeres-madres y las otras damiselas que alguna vez tuvieron algo que ver con el hombre del brazo indomable.