martes, enero 11, 2011

Hablar



España es un país optimista porque hablamos mucho. Eso dice el psiquiatra Luis Rojas Marcos. No sé ustedes pero llevo una semana de hablar y hablar. Horas al teléfono desafiando todas las tarifas planas del mundo. En una mañana supe de gente como Antonio Gala, recién operado de los ojos, de Ruiz Zafón, que vive en California, de Juan Marsé, que está de promoción de su libro y no quiere añadir más bolos. Hablé con mi amigo Soren largo y tendido, porque no puede ser de otro modo con él. Con la librería Tres rosas amarillas. Con la FAPE de Madrid, con Clara Neila de la SGAE, con la librería Fuentetaja, con Mañas, que casi se me olvida y con María Dueñas.
Sé, me consta, que este tipo de conversaciones no debieran ser terapeúticas, pero lo son ¿Por qué? porque los españoles siempre nos contamos otras cosas entre gestión y gestión.
Así que hablar es bueno, porque nos conecta de un modo especial.
He de reconocer que muchas veces me da pereza el teléfono, pero también he de reconocer que las gestiones realizadas con una conversación de por medio suelen ser más fructíferas y las relaciones son mejores.
Siempre uso el mail para todo, pero, a partir de ahora, y puesto que ya me cobran los de Vodafone una tarifa única para mañanas y tardes, la gastaré.
¿Por qué nos gusta tanto hablar? ¿Por qué preferimos la voz humana al otro lado al frío correo elecrónico? (Que no debiera ser tan frío, por otra parte) ¿Por qué hay autores que nunca se ponen al teléfono? ¿Por qué otros se ponen siempre?
Hablar nos supone un coste mayor de tiempo pero nos permite llegar al otro de un modo más directo. Así que, siempre que el interlocutor me lo permite (que no siempre) yo prefiero llamar. Sé que el móvil es una herramienta a veces inoportuna, pero existe la opción de silencio y apagado. Yo la uso mucho. Prefiero hablar y que me hablen, y, en eso, he de reconocer que he cambiado. Creo que, en parte, se debe a una pérdida del miedo a la vida, a los demás y a la gente. La asertividad, que dicen los psicólogos. Llamar, sin molestar, sin incordiar, a horas prudentes, pero hablar, hablar, hablar. Sólo así se salvan las distancias. Digo yo que se lo podía aplicar más de uno.

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