martes, marzo 01, 2011

Cosas raras V





Ni me preguntéis porqué he puesto esta foto. La he puesto, y punto. Hay razones que la razón no entiende, ni el corazón (pero buscad, amados lectores, alguna indirecta muy directa, para esa gente que entra a los foros internáuticos a insultar)


Aunque volviendo a lo literario, me está ocurriendo algo extraordinario, me estoy convirtiendo en la protagonista de mi propia historia. Y esto, aunque censurable por muchos, quizá venga bien para una primera novela. Después de todo, me lo ha sugerido Vila-Matas, siempre le puedo culpar a él de escribir algo tan egocéntrico como una novela autobiográfica.  Aparte de eso, también me siento a veces como el enamorado de la tía Julia, ese que trabajaba en una emisora de radio y se pasaba el día escribiendo guiones y encoñadísimo con su querida tía. Lo digo por el ambiente surrealista de escribir y escribir sin saber muy bien el objetivo final, echando al cesto de la imaginación descabelladas suposiciones. Arrancando jirones de memoria (qué poético me ha quedado, tú) para arreglar cuentas con el pasado, conmigo misma, con la inutilidad global en la que circunscribo todo lo creativo. Porque la creación no sirve para nada y sirve para todo (pero eso es otra cuestión de la que hablaremos algún día) Lejos de Varguitas y sus preciosos labios, en mi caso, no hay enchochamiento que valga. Y todo es culpa de la crisis. Problemas laborales y mi libido por los suelos. De esto hace ya tres años. Un horror. Al menos, los últimos tres meses que pasé en Puerto Rico tuve muchas alegrías coitales…y de las otras.
Pero, en verdad, soy una desagradecida escribiendo estas cosas. He de decir que estoy viviendo mi sueño literario. Escribiendo esta novela sin argumento definido ¡¡Si hasta tengo lectores que me siguen!!. Hasta tengo una fan ucraniana, de singular parecido con mi señora madre, que en una firma de libros me contó su vida, su dura vida --no como la mía, que soy una desagradecida caprichosa y me quejo por todo-- con la esperanza de que escribiera sobre ella. Pues, ¡hala!, ¡deseo cumplido!. En ese sentido, soy una escritora facilona. Es como cuando trabajábamos en Onda del Segura. Hablo en plural porque en aquella época tenía pegada a mi chepa el fantasma de una chica que se había arrojado por el patio de luces del edificio donde estaba la emisora. Y anduvo tres putos años dándome sustos. Todos la vimos pasar delante de la mesa de locución. Absolutamente todos. De esto que no lo quieres comentar de entrada, no se piensen que estás chalada...y luego te preguntaban ¿Pero tú también la has visto? A lo que iba, que me disperso. En aquellos entonces era la que más horas se pasaba pegada a aquel lugar cutre y horrible. Así que, la fantasmita y yo nos hicimos amigas. Me helaba la nuca cuando se daba cuenta de que no le hacía caso, o cerraba la puerta de aquel largo y mugriento pasillo con una fuerza colérica, como una amante despechada. A lo mejor era lesbiana y se había enamorado de mi, aunque lo dudo. Estoy segura que tampoco era su tipo y cuando, finalmente mi jefe,  harto de verme la cara I supposse, me recluyó en un cuarto al final del pasillo –desde donde sospecho que se tiró la fantasma— me puse un póster gigante de Luis Miguel, del que andaba enamoriscada en aquellas fechas. Esos ojos verdes, esos labios de angelote de Rubens y qué bien cantaba. Hoy también canta bien, pero estoy segura que es gay, a tenor de mis preferencias masculinas de aquellos tiempos.
Les escribía, amados sufrientes, que seré una escritora facilona, al igual que hacía en la radio. Jamás ponía pegas a las peticiones del oyente. Incluso me adelantaba y les ponía a mis maris lo que yo sabía que les gustaba. Incluso les ponía a La Pantoja sin que me lo solicitasen. A Camela no, eso sí, que no, por ahí nunca pasé. No lo permití. Para eso estaba Resu que se hinchaba a poner a Camela y a Celine Dion con aquella canción de Titánic.