domingo, abril 29, 2012

Maldades literarias y María Moliner




Ya lo exponía el difunto Juan Manuel de Prada en sus Máscaras del héroe: los autores de raza son fieras que se atacan sin piedad. Por eso ensayo a ser mala, muy mala; y por eso escribo “difunto” De Prada: atrapado en la derecha extrema y recalcitrante, abandonado a sus demonios de seminarista pajillero. Una pena, ya digo, porque este chico prometía. De hecho, aquella obra  describía deliciosamente a Baroja y Valle-Inclán, y las encarnizadas rencillas entre escritores. El tiempo ha pasado y hoy día es peor: circula por ahí un escribidor incapaz de realizar con magisterio una novela y se dedica a torturar al mundo editorial con plomizos diarios –pedantes, barrocos, vomitivos –, poniendo como hoja de perejil a sus compañeros de letras. No diré su nombre porque los bostezos me matarían. ¿Ven? Depués de todo, mala uva no me falta para ser autora de raza.
 Nadie se libra. El elogiado hasta la indigestión Ulises de Joyce fue descrito por Bernard Shaw como “un revoltillo asqueroso” y retaba a acordonar Dublín y obligar a sus habitantes a leer dicha obra. Primero, para ver si lo soportaban; segundo, para comprobar si eran capaces de encontrar algo divertido, algo que no fuera un completo sinsentido de escarnio y obscenidad.
 ¿Y las chicas? Tela. Lo entiendo; las mujeres malvadas se convierten en Barbara Stanwick protagonizando Perdición. Yo no porque soy idiota, qué le vamos a hacer. De malvada me habría ido mejor. Pero, a lo que vamos. Charlotte Brönte odiaba a Jane Austen y su éxito: “no entiendo por qué les gustan tanto sus novelas. Difícilmente querría vivir la vida de sus damas y caballeros en sus elegantes pero asfixiantes casas”. Mark Twain era más contundente: “Cada vez que leo Orgullo y prejuicio quisiera desenterrar a la autora de su fosa y golpear su calavera con su propia espinilla”. Nabokov detestaba a Hemingway: “Una vez leí algo sobre campanas, cojones y toros (bells, balls, bulls) y no pude soportarlo”. Ni el propio Shakespeare se ha librado; Samuel Pepys escribió en 1662 “El sueño de una noche de verano es una de las obras más insípidas y ridículas que he visto en mi vida”. Noël Coward dijo de Oscar Wilde que su prosa era afectada y sosa. Nabokov también odiaba a Dostoievsky, según él carecía de gusto y sus personajes se revolcaban en las desgracias, cargados de complejos pre-freudianos.
De este puñado de lumbreras inmisericordes, la única que expresó una queja dolida y cargada de poderosas razones fue la insigne María Moliner, quien a pesar de la encomiable labor de redactar un diccionario de gran utilidad en nuestros días, jamás fue académica de la lengua: “Sí, mi biografía es muy escueta en cuanto a que mi único mérito es mi diccionario; pero si ese diccionario lo hubiera escrito un hombre, dirían: ¡Pero y ese hombre, cómo no está en la Academia!".

La imagen es de la Universidad Politécnica de Madrid