domingo, octubre 07, 2012

A MIS AMIGOS




Hace falta mucha paciencia para aguantarme. Lo de quererme es de matrícula de honor. Así que necesitaría media tonelada de medallas para poner en los excelsos cuellos de mis amigos.

A los que les debo tanto.
A los que considero mi familia.

 Algunos se marcharon para siempre pero hay otros que llegaron y se quedaron un día y otro. En las duras, en las maduras. Que no me fallan (alguno falló, sí, se hizo pasar por amigo y resultó cuervo pero el error es mio por no saber distinguir).

 Sé a ciencia cierta que sin ellos sería la mitad de lo que soy. O no sería. Cuántas veces sus palabras han sido el viento que sopla mis velas. Y he podido navegar. Cruzar el océano. Sobrevivir a la tormenta. Nunca se han quejado. Me han devuelto las llamadas, los mails. Han acudido rápidos cuando lanzaba el S.O.S.

 Creo en el capital humano. Es lo único que nos salvará. Creo en personas que han estado conmigo desde la infancia. En otras que, aunque lejanas, están muy presentes. Aquellos amigos en los que en ocasiones volqué mi angustia y dolor tienen ganado el cielo. Una parte del cielo al menos. Ya han pasado por el purgatorio que soy yo en uno de esos días  terribles de los que hablaba Audrey Hepburn en “Desayuno con diamantes”. Yo no tengo a Tiffany’s. Los tengo a ellos.

 En los últimos años trabajo sola, desde casa. Paso muchas horas en compañía de nadie. Pero ellos siempre están. Sus abrazos son sinceros. Sus críticas, sus felicitaciones, su no fallarme en las citas importantes; sus consejos como miguitas de pan en el bosque de la vida. No existe la palabra traición en sus corazones…tan habitual en otras personas.

 Algunos de esos amigos los veo apenas un par de veces al año. O estuvieron en épocas casi remotas. Su figura se perdió en la línea del horizonte. Pero, al final,  siempre regresan. Siempre los encuentro en el puerto de mi vida y hoy escribo esto porque, en estos momentos, siento que emergo de una enorme montaña de agua que ha estado aplastándome años. Sin saber por qué. Cierto, soy fuerte. Más de lo que creo, más de lo que creen algunos de mis enemigos que se disgustan: “Hay que ver, no pierdes la ilusión”. Pero esa montaña de agua, ay, casi invisible, casi hermosa, casi inmortal, ha sucumbido. Por fin. 
Nunca lo habría conseguido sin la ayuda de mis amigos. Os quiero una" jartá".