lunes, marzo 18, 2013

19 de marzo


Cada 19 de marzo, toda la familia marchaba a la huerta a celebrar el santo de mi abuelo Pepe “El gordo”.

Mi madre hacía una olla, o dos, de buñuelos que íbamos comiendo conforme salían de la sartén. Mi padre nunca jamás estaba en esas celebraciones, le tocaba trabajar. Es lo que les ocurre a los cocineros que siempre faltan de sus casas los días de fiesta. Recuerdo especialmente un año que estrené una camisa blanca con pajarita que confeccionó mi madre con sus propias manos. Pero no era el hecho en sí de vestir ropa nueva, la promesa de los jugosos buñuelos, la oportunidad de juntarnos con los primos en aquella casa con una puerta sembrada de higueras y moreras; el pequeño huerto, los animalillos y las habas.

El recuerdo de aquella mañana permanece diáfano en mi cabeza. Como si hubiese sucedido ayer. Lo especial de aquel día de San José era la fragancia algo densa y aromática del aire Ese aire que desafiábamos con manga corta ya, a pesar de no alcanzar la primavera. Mis hermanos, mi madre y yo, atravesábamos la calle del Pilar, desierta a aquella hora, y caminábamos a paso vivo hasta llegar a la plaza de la Cruz Roja, donde cogíamos el autobús. El azahar nos perseguía juguetón y pegajoso. Se hacía más intenso al desembarcar en las antiguas escuelas, cargados como íbamos con las pitanzas del día. El aire terminaba de espesarse antes de cruzar la vía y se transformaba de floral a frutal al llegar a la puerta. Cruzábamos el breve tablón que hacía de puente entre la acequia y la casa de los abuelos. Y ahí estaba ella: Micaela. Con sus mejillas sonrosadas y sus esplendorosa sonrisa; su mandil y zapatillas. Micaela encarnaba el mismo azahar, que se quedó para siempre prendido en la blancura de su piel, en las manos generosas con las que nos pelaba las naranjas y en su arte inigualable para convertir la rugosa piel en una tira ondulada, como cabello de sirena.