sábado, marzo 30, 2013

Sábado de gloria

Recuerdo aquel día. Dijiste: "tu piel es luz". Recuerdo las lágrimas, la indecisión, el deseo, la ternura. La ciudad estaba tan vacía que éramos dos naúfragos. Robinsones entre coches y maletas. Viernes, nuestro taxista ¿Era posible sentirse más hermosa? Digamos que no, que ese valor, esa locura sólo pasa a nuestro lado una vez en la vida. Y sucedió. Un sábado de gloria en el que todo fue posible. Lo impensable, el volar contra las normas, escaparse de la vida a aquella isla silenciosa enmedio de la gran ciudad (silenciosa, tan silenciosa, con esa luz preternatural). Yo no era luz. Todo era luz. Todo era un sueño. Camino del apartamento, desabotoné tu camisa aprovechando la intimidad del ascensor. Descorrí la hebilla del cinturón. Me metiste en tu casa a empellones, sin parar de besarme. Esos labios todavía tan ajenos, tan extraños. Y los dedos nerviosos, los tuyos, también jugaban con mis botones. No podía dejar de llorar. Paraste y besaste mis ojos y mis lágrimas: "son mías".  No podía dejar de reir. Había un lecho sencillo, la atmósfera surrealista, la inundación del sol por todos los rincones de la estancia. El vacío a nuestro alrededor, sólo nosotros éramos la vida. La fuerza primigenia de la naturaleza que irrumpe en los cuerpos, en las horas, como un explorador con machete. Sin piedad, sin miramientos. "Me vas a matar", exclamé ahíta de tanto gozar. Killing me softly, me pediste tú. Y juntamos nuestras manos en un gesto que repetiríamos tantas veces después. Y mirábamos nuestras manos unidas, sorprendidos por aquel milagro.