lunes, abril 08, 2013

Sara




Sara era una reina por derecho propio. Apenas la conocí (un día, charlé con ella en una entrega de Los Goya, todavía existía Pepe Tous) pero por estas cosas de la vida conozco muchos detalles de la suya.

Mi existencia ha sido siempre muy peliculera. El cine me ha rodeado sin tocarme. Por azarosas cuestiones mi madre fue la pupila de una  de las grandes patronistas de Cifesa. Se llamaba Pepita. Incluso me dejó su casa de renta antigua para vivir mis primeros meses en Madrid y no sólo eso, me contaba sabrosas anéctodas de las más grandes: Lola Flores, Sofía Loren, Carmen Sevilla y por supuesto Sara.

Sara, que era tan hermosa, tenía un gran complejo. Ella no se tenía por una buena actriz y arrastraba una pasmosa timidez ante la cámara. La timidez la dejó en los camerinos pero convivió toda su vida diversas inseguridades. Por ejemplo, odiaba tener la piel muy seca. Le decía a mi amiga: "Pepa, qué rápido me voy a arrugar. Me voy a quedar hecha una pasita". Reía lo menos posible para evitar las patas de gallo y por eso la veis en esas poses algo hieráticas pero majestuosas por la fuerza de su belleza, de ese lóbulo alto, de los labios perfectos. Recordemos que entonces no existían rellenos ni nada parecido. Todo era natural. Desde los dientes hasta los pechos.


Durante mucho tiempo guardé un corsé confeccionado en piel de ángel que había sido de Saritísima. Cierta vez intenté colocármelo: ¡¡Señor!! nuestras madres se han ganado el cielo calzando semejantes prendas. Un buen día, desapareció. Quizá la mía (mi madre) consideró que ya estaba harta de verlo dar vueltas por mi armario juvenil donde sólo había un par de Levis 501 y muchas camisetas.


Sara, como la mayoría de artistas de su generación, era encantadora con los periodistas. Realmente eran estrellas; increíblemente gentiles y bien educadas. Profesionales y divas; abnegadas y rutilantes. Combinaciones que escasean hoy día.



Cierta mañana me la tropecé saliendo de una farmacia.  Por supuesto, en Madrid. Pertenecía a ese grupo de población que acuden a la botica como a un templo sagrado donde encontrar todo lo que les falta. Y en sus últimos años a Sara le faltaba casi de todo. España es así con sus grandes leyendas: desagradecida y hasta cruel. 
Sarita quizá bese esta noche a Gary Cooper y le prepare unos huevos fritos a Marlon Brando