sábado, julio 27, 2013

Vecinos




Cuando ella entraba en el ascensor el aire se transformaba en néctar de melocotón y acordes de praliné. Cuando se miraban, a él, indefectiblemente, no importaba si había desayunado o no, le temblaban las piernas. 
El primer encuentro fue un verdadero terremoto: “¿No sale?”.

 -Cre, cre, creo que he olvidado algo. 
 -Una faena, calificó 

A la frase le siguió una sonrisa llena de blancos dientes, un alzar de hombros bronceados y unos ojos que se clavaron en los de Inocencio como ascuas. Agradeció que la portezuela del ascensor se cerrase obediente y se quedó a solas en aquel aire contaminado. Se apoyó en el espejo, boqueando como un pez apunto de fenecer por asfixia. 

 En ocasiones la escuchaba gemir a través de las finas paredes de su apartamento. También los escuchaba a ellos: El de los martes se llamaba Germán: “Sí, mi amor, sigue así. Eres la mejor, esta es mi chica”. Los fines de semana, aparecía por allí Salva. Era bombero. Por las conversaciones deducía que a él le gustaba apagar sus ardores y regarla de semen: “Toma, toma, todo para ti. ¿Todo tu fuego es para mi?”. 
 -Claro, cariño—mentía . 

 La veía entra y salir del apartamento a horas fijas. “Tendrá un trabajo”, pensaba Inocencio. Cuando se tropezaban le era imposible articular sílaba. Todo era un salivar, crujir de dientes, trastabillar palabras que se atascaban en el velo del paladar. 

Cierto día, la puerta se abrió en el bajo y apareció ella con el pelo mojado, agitada. Apenas llevaba una toalla y las llaves en la mano: “Germán y Salva se han conocido”. Ella sabía que él sabía. Por la escalera atronaba una voz masculina. Resuelto, sereno, le tendió la mano, apuntó con su dedo al sexto piso y la convirtió en su refugiada.