sábado, junio 14, 2014

Su nombre





Pensó que pasar página sería más sencillo. Pero por las mañanas, por las noches, en el silencio de su despacho. Entre su teclado y los bip de su móvil sólo retumbaba su nombre. Y es cierto que le costó al principio pronunciarlo en voz alta. Siempre sintió cierta resistencia a que le invadieran el corazón. El no llamarla por su nombre le protegía. 
Ahora que lo pensaba mejor, resultaba un poco miserable comenzar una relación y negarle la posibilidad. Ponerle plazos, obviar su nombre.

Se sentía miserable porque no había dado ni una oportunidad a que la semilla germinase. Es más fácil arrancar de cuajo la raíz. Menos trabajo, menos para regar.

Y él que no lloraba, él que tenía el corazón de piedra optaba por el silencio . Y ella seguía con su vida ¿Cómo podía? Él se sentía incapaz de escribir tres párrafos seguidos. La culpabilidad le podía. Sus últimas palabras: "Si desprecias este regalo es posible que sí, que acabes sólo. Eso que tanto temes".

Y ella no quería dejar ni un resquicio a la esperanza que viene a poner paños calientes ahí donde más duele. No quería su consuelo, no quería sus palabras vacías. Quería un poco de coraje. Eso es todo. Coraje e implicación para vivir la propia vida, lo que uno desea y ansía. 

Él incluso pretendía inmolarse por los demás. Una vida desgraciada y mártir. Pero no se daba cuenta que su infelicidad contaminaría a todos quienes importaba. A todos y cada uno.
Si te anulas por los demás ya no eres nada, ya no sabes de dónde vienes, a dónde vas, qué coño quieres de la vida. Y tu nebulosa infantil e insatisfecha tizna vidas ajenas. Vidas que antes de tropezarse contigo eran límpias, cristalinas. Vidas engarzadas en su eje.
Te vas como un ladrón, dejando todo hecho unos zorros y no tienes el valor de preocuparte por aquellos a quienes metiste en tu madeja. O que se metieron contigo por amor. 

Sí, te sentías un miserable, un infantil, un egoísta. Un niño enfurruñado que rompe castillos de arena ajenos porque sí. Porque la rabia te puede y no la empleas en enderezar tu propio castillo, sino en joder al resto.

Es lógico que te sientas una mierda por más que la generosidad de ella te diga que no, que puedes ser divino. Que a veces lo eres.