domingo, junio 08, 2014

The Hole (De ratas y humanos)




Los influencers con los artistas :)


Quequé


 Pony loco y Antonio Rentero

Donet



La vida es un agujero, un hoyo, un guá. Llegamos al mundo por una cavidad estrecha. Nos largamos tras atravesar un túnel según las leyendas post-mortem. Quizá, tal y como explicaba Enersto Sábato, la existencia nos lleva en planos paralelos. En muchos casos sin tocarnos. Con lo bueno que es tocarse

La vida es un Cabaret, dice la canción. Y también es cierto. Me gusta este género porque implica arte y mundo. Porque hay trasiego de emociones. Porque el artista se restriega con el público. Porque no se deja títere con cabeza. El otro día, presenciando el espectáculo The Hole, encontré innumerables metáforas.

Donet, un saltador de trampolín cubano que ahora se sube a las cuerdas sin red, éramos nosotros. Los que ansiamos volar. Los que ya hemos perdido el miedo. El pony loco, con la castañuela tapando sus partes, es la pasión desenfrenada de la que no se libra nadie.  Porque hay que estar algo loco para soportar la vida. El anfitrión, en este caso Quequé, es un cínico. El personaje que llevamos también dentro tras sobrepasar cierta barrera mental y añosa. Su amor por la rata, María del Mar, es el aferrarse a historias imposibles para no sucumbir al fantasma de la soledad.

The Hole se convirtió esa noche en una metáfora del mundo. Había parejas de mediana edad sentadas en mesas con algo de cena. Parejas aburridas en su mayoría. Desde el anfiteatro donde nos colocaron a los influencers, podías contemplar escenas curiosas. Había señoras mayores que reían como si no existiera mañana. Descocadas por encima de sus posibilidades. Daba gusto verlas. Había señoras que apestillaban a sus maridos sin compasión todo el tiempo que duró el espectáculo. Un amigo mío llamaba a eso hacer la pinza. Había señores que esperaban muchas más teticas. Había algún valiente que enseñó el culo.
Personalmente, me identifiqué con la rata Maria del Mar. Más que nada, por la relación tan peregrina que mantenía con un humano. Por la fe insobornable de  Maria del Mar en el amor. Está segura de que si nos dejásemos los túneles, si rompiésemos la barrera invisible que nos protege, todos podríamos alcanzar cierto grado de felicidad. Maria del Mar hace apología del amor. Y yo también. Creo que el auténtico, el irrepetible, el fetén, a veces aparece en los momentos más inoportunos y complicados. Sólo una rata que ha vivido en las alcantarillas sabe reconocer lo bueno cuando lo ve. Otra gente, vive cegada por las lentejuelas y los oropeles. Y se pierden.

Además, el miedo de otras personas me ha hecho sentirme, sí, una rata. Gris, mugrienta, detestable, aborrecible. Sé que es una proyección. Todos los manuales de psicología lo explican: los reproches que suelen hacerte los otros parten en realidad de sí mismos. Qué bonito es tener un chivo expiatorio para volcarle encima todas tus debilidades y frustraciones. Toda tu crueldad. Cuanta más bondad demuestras, más fácil es atacarte. Porque nunca se meterían con un cocodrilo, no. Ni con un hipopótamo, no. Una rata es más accesible, más pequeña e indefensa. Y, total, es una rata. A nadie la va a importar un bledo lo que pase con ella.

Lo malo de ser rata una vez, es que no se te olvida. Y aunque vueles sobre un trapecio y el público te aplauda, tu interior ratonil siempre sospecha e ironiza sobre tu éxito.

En este agujero que es la vida habría que extirpar las meninges a todos que nos hacen sentirnos como ratas. Porque por más que la vida te sonría, tu pasado de rata te estigmatiza para siempre.