lunes, marzo 09, 2015

La otra







Por fortuna, nunca me he sentido la otra. Y esto es algo muy agradable y sacrificado al mismo tiempo. Convertirte en el centro de la vida de un hombre es complicado. Ya sabemos como son ellos: polígamos por naturaleza, de moral distraída, susceptibles a los encantos femeninos con esa genética innata que les lleva a esparcir su esperma por toda la tierra. Los acepto como son, pero sin tocar mucho los ovarios.


Da igual que una sea oficial o no. Eso carece de importancia. Lo fundamental es esto: “nena, me han ofrecido tal trabajo ¿Qué crees que debo pedir?; o “Querida, me han invitado a un programa de televisión ¿me pongo la chaqueta negra o la gris oscuro?”. Tú eres la principal; Da igual tu estado en cuestión con el susodicho: casada, divorciada, amante y siempre amada. Ellos recurren a ti en primer lugar. Ante las alegrías y las desgracias. Ante las dudas existenciales. Ante las pérdidas inevitables de la vida. Ellos te contarán sus miedos, se mostrarán vulnerables, esconderán su cabeza bajo tus hombros para que les consueles y luego se erguirán como el macho conquistador y poderoso pero que no es nadie sin ella. Ella, la que cantaba Alejandro Sanz. Esas ellas con rostros y nombres diferentes

“La otra” es esa que uno llama para un rato y … adiós muy buenas. Quizá ese rato es cada quince días; o una vez a la semana en momentos muy puntuales del tiempo. La dueña de su corazón es esa que sabe casi lo que desayuna, a qué horas mea, lo bien o mal que duerme y la que se lleva los quebraderos de cabeza —los suyos— también a su almohada…aunque no la compartan.

Y le distrae de sus preocupaciones con un chiste fácil, y le arranca una sonrisa. Y posan juntos en una foto y en esa foto no frunce el ceño. No muestra agarrotamiento. Está relajado;  es él, él mismo. El que se desliza y se atropella y vuelve a caer en ella porque con ella se siente natural, tal como es. Sin poses.

Ser la dueña es complicado por muchos motivos. Lo fácil es mirar hacia otro lado cuando él pierde el sueño. Lo fácil es esconder la cabeza cuando él piensa en otra; Lo fácil es dar por sentado que están juntos porque sí y que no hay nada por lo que luchar, porque el monte ya está conquistado. Y un rábano.

Ser la dueña, o ser la Doña, como yo digo, es un trabajo diario; minuto a minuto, segundo a segundo y hay que tener los cojones para ponerlos sobre la mesa cuando corresponda e ir ganando terreno en el egoísmo masculino que siempre campa a sus anchas. Hasta que llegará un día, ese día, en el que él no pueda pasar sin llamarte; sin escuchar tu voz. Porque te has implicado gratis total y eso ya no lo hace nadie en este mundo. Ese día en el que le falte la caricia, el beso, la palmadita y, por qué no, ese orgasmo increíble que nunca podrá otorgar “la otra”. Ese orgasmo que va repleto de alma, corazón y vida. De entrega, piel con piel y cerebro con cerebro. Ese punto de explosión al que se llega por la vía intelectual; domeñando los bajos instintos hasta convertirlos en instrumentos del placer. Un placer al servicio del Don y la Doña, dueños de la química increíble cuando el amor es el capitán de las relaciones. El amor es ese milagro que los llena de fuego en dos minutos y les libera para siempre jamás.