lunes, agosto 10, 2015

Guiriland: Comida internacional




Lo bueno de Guiriland es que puedes comer todo lo exótico que imagines. Asiáticos, argentinos, bares de tapas cañís y mi querido hindú. Me he aficionado a las tortas de lentejas, que en la carta aparecen como poppadum.

No sé cuánto tiempo llevará esta familia Sikh regentando uno de los múltiples restaurantes, de una cadena con nombre de cantante, pero da igual. Es como si hubiesen llegado ayer de Pakistán. Hablan una mezcla de inglés y noséqué encantadora. Cuando se ponen a decirme el menú les digo: vale ¿eso pica?: "medio picante", contestan y, ya está. A todo les digo que sí. Ellos me sirven dos "canias", siempre por el precio de una y todos tan contentos. Al final de la velada he comido cosas que jamás pronunciaré. Es imposible sacarme del Tikka Massala y el pan  (que son los dos únicos platos que repito) ¿Pero qué más da? La vida es alegre en Guiriland.

A veces, visito los templos del Wok, altares elevados a la tempura refrita en aceite de arroz. Se recomienda no comer en el chino dos veces en la misma semana. Lo otro es un deglutir interminable de salsas agripicantes. Es como si en tu boca se instalase la cocina misma del asiático. Y no mola, claro.

Mi favorita es la señora gorda de la playa, que me recuerda a Mami de Lo que el viento se llevó. Ella vende todos los días: "la melona, la melona, el güatermelon y la painapol"; así, por este orden y con la misma cantinela que suelta a orillas de Guiriland desde hace varios veranos.


Guiriland es de hecho también el paraíso de la economía sumergida. Entre chapuzón y chapuzón puedes tomarte un mojito servido por unos macizorros que se contentan con tu cash, comprarte una toalla-pareo, un cubre sofás y hasta bisutería de imitación. Todo un mundo de posibilidades. Lo mismo abandono la inaguantable profesión del periodismo y me sumerjo yo también en el mundo de la pasta sin recibos y me dedico a contonear las caderas y vender caipiriñas a los daneses, que, como no entienden ni papa, sospecho que tendrá la misma apertura mental que la mía cuando visito el hindú de mis amores.