lunes, septiembre 14, 2015

Piel maestra







Nuestro cerebro nos engaña. Percibimos el mundo según nuestras necesidades. Así de simple y de contundente. Lo afirman esta semana en la revista científica Current Biology. En este caso, aplicado a las caricias. Los investigadores concluyeron que percibimos la piel ajena más suave que la nuestra propia.

Está claro que los sujetos investigados se tocaban poco, porque, lo que es a mi,  me encanta mi piel: su brillo, su textura, su olor. Pocas pieles me gustan más que la mía. Es más, creo que tendría un auténtico problema si me encaprichase de otra epidermis.

Nuestro principal órgano sexual es, precisamente, la piel. Ahí la tenemos, bronceada o no, suave o rugosa, dispuesta para el placer. La piel, esa gran olvidada. Se llenan los sex-shops de antifaces, látigos y lencería cuando, en la mayoría de las ocasiones, lo único que se necesita es un tarro de body milk y una razonable química sexual.

Probablemente, los sujetos estudiados acarician poco. En realidad, los humanos nos tocamos menos a mayor grado de civilización. Y es una pena. Por eso les choca. De pronto, descubren ese tesoro que son los cuatro kilos de piel que nos visten de pies a cabeza.
Soy una gran observadora de pieles. Será porque por parte de mi familia materna todas las mujeres han nacido con una dosis extra de colágeno; porque se presume de ello en las conversaciones, porque me asombró la piel de mi abuela con casi 70 años y sin una arruga, ni una descamación;  esa piel que vestían sus piernas blancas, sin mácula. No estaba mal para una señora de la huerta, madre de cinco hijas.
Las caricias son el pegamento social, dicen en el estudio. Igual que el sexo es el pegamento del matrimonio.
Soy una fan del contacto humano. Aunque en ocasiones me sature. Aunque sea extremadamente selectiva. En un seminario, unas cuantas atrevidas y atrevidos nos ofrecimos para un experimento. Nos vendaron los ojos y, uno a uno, fueron pasando todos los alumnos del curso con el objetivo de ofrecer caricias hasta donde uno se quisiera dejar. Por supuesto, todo el mundo fue totalmente respetuoso pero, incluso con los ojos cerrados, se percibe y se identifica con facilidad a aquellos con los que nos tratamos más a menudo. Incluso, descubrí sin problema y con muchas risas a mi compañera de habitación durante esos días.

El sentimiento de simpatía es algo muy sutil y la primera rehén del encanto ajeno es nuestra piel. Por eso, en realidad, somos tan vulnerables y por más que nos escondamos bajo un manto de fortaleza, nuestra piel nos delata.

Me alegra que cada día la inteligencia emocional y el corazón estén más presentes en las organizaciones porque, al igual que es importante el rendimiento, para mi tienen una gran trascendencia los valores, la esencia. Lo que nos distingue con mucho de los demás. Cierto, hay lobos con piel de cordero y la piel ajena puede mentirnos, igual que nos mentimos a nosotros mismos; igual que en ocasiones preferimos dejarnos engañar pero igual que los gurús del marketing recurren a nuestro cerebro reptiliano para que gastemos,  nosotros deberíamos usarlo en provecho propio. Y hacerle caso. El ser humano es puro instinto y pura supervivencia y nuestro envoltorio, nuestra piel, nos proporciona valiosa información.

Cierto, no podremos medir los valores de los demás, su honestidad e inteligencia sólo  por el brillo o la opacidad de su piel pero si una piel te gusta; si hay "feeling" con alguien, deberíamos dejarnos llevar por él.
Ya lo afirmé en una ocasión: nuestro cuerpo sabe más de nosotros que nosotros mismos.