domingo, diciembre 13, 2015

Confesiones sin vergüenza

     


  ¡Ay, el deseo! Tan canalla, tan promiscuo, colisionando como un pesado meteorito en cuerpos ajenos y, a veces, incluso sin su permiso. El deseo es así, pero sin él, el hecho biológico de vivir no existiría. Luego tenemos las fantasías. Algo distinto del deseo y que tan a menudo se confunden. Me lo contó hace unos días mi querida amiga Valérie Tasso que acaba de publicar "Confesiones sin vergüenza", donde relata las fantasías eróticas de un grupo de mujeres desde los 18 a los 90 años. Lo que me explicaba era lo complicado que le resulta a la mayoría de las personas diferenciar deseo de fantasía. El deseo es lo que nos mantiene vivos. Pero lo más importante, es que los deseos se suelen cumplir. Podemos llegar a realizarlos en algún momento. Son factibles. Una playa paradisíaca y el hombre de tus "deseos", sumergidos en un orgasmo casi interminable, por ejemplo; o la típica escena de alfombra, chimenea y cuerpos desnudos con esa luz cálida que nos favorece tanto a todos. ¿Imposible? En absoluto. El imaginario erótico va por otros derroteros. Mi amiga Valérie, que está algo loca pero os juro que es encantadora y sólo deliciosamente perversa, fantasea con verse atada de muñecas y tobillos en un psiquiátrico y que una noche desquiciada, los más grillaos del lugar la agredan. Ya está, no necesita más. Y se pone como una moto, vulgarmente hablando. A todos nos erotizan cosas concretas. Los hay que fantasean con la penetración anal pero nunca se atreven. Y estoy poniendo un ejemplo burdísimo que nadie confesará con su compañero a la hora del desayuno pero vosotros sabéis en vuestro fuero interno (señoras, pero sobre todo señores) que eso os pone una barbaridad. Incluso alguno tendrá que parar y dejar de leer este artículo. Felicidades, eso es gestionar con eficacia y sin complejos, no sólo las fantasías, si no, también, vuestra propia autoimagen. Hablábamos del orden moral establecido que intenta hacer una tabla rasa con todos nosotros. Uniformarnos de gris, grabarnos con fuego nuestra obligaciones para ser ciudadanos que mantengan el status quo de una sociedad tejida de intereses y persigue que permanezcamos concentrados; que no perdamos el tiempo con el sexo, que es algo distractivo que nos convertirá en improductivos. Pero, ay amigo, nadie le pone puertas al campo y menos aún a nuestro imaginario erótico. Fuera culpabilidades. ¿Que te pone montártelo con alguien subido en una escalera de perigallo? Pues imagina y disfruta. ¿Que deseas a esa mujer que te espera con unas medias de blonda, sin bragas y sin nada para hacerle el amor en la encimera de la cocina? Ponlo en marcha. No es tan complicado. Al contrario de lo que sospechan los censores morales y vitales, a todos esos que les gusta vernos de uniforme y aburridos como setas, el sexo no es distractivo. El sexo es la energía creadora por excelencia. Una sexualidad saludable (y detesto este adjetivo, porque odio patologizar el sexo)  nos abre la mente, nos alegra la vida, nos llena el cerebro de oxitocina, rebaja los niveles de cortisol y si, somos imaginativos, nos tornará más creativos en nuestros trabajos y en nuestra vida diaria. Tus fantasías más descabelladas no te convierten en alguien perverso sino en alguien esencialmente humano. Por eso nos diferenciamos de los animales. Nuestra cópula, nuestro juego de la carne no tiene como única finalidad la procreación. Somos animus, alma. Valérie se atreve a mirarse en su espejo e invita a otras mujeres a que lo hagan sin complejos. Búscate un paisaje, piérdete, y goza con tu fantasía.