viernes, septiembre 09, 2016

Placer se escribe con "P"

   

 El placer sexual, históricamente, pertenecía al hombre. Él ejercía el poder, él penetraba y él contribuía a la procreación. Si quería permitirse ciertas licencias no habituales del ámbito conyugal, iba con prostitutas y jugaba a la perversión secreta, prohibida y pecaminosa, que tanto le excitaba.

Por suerte, todo eso ha cambiado. Tenemos a nuestra querida pareja lujuriosa, denominada así por el gran sexólogo y docente Marcos Sanz. Antes, otro sexólogo: Willy Passini, acuñó el término de perversiones blandas, toleradas porque se hacen desde la invisibilidad y casi con toda probabilidad en el estrecho círculo de esa pareja lujuriosa que, de cara a la galería es "normal"

 En el 77, llegaron un par de chavales revolucionarios Pascal Bruckner y Alain Finkielkraut y escribieron "El nuevo desorden amoroso", concluyeron que el viejo orden y el placer netamente masculino que habían dominado el mundo no dejaba de ser una visión miserable y pobre de la sexualidad. Y, de pronto, la mujer ya no es el objeto de deseo, también es sujeto, es activa y reclama su placer y ese placer con "P" se aleja de los métodos que había usado el hombre siglos y siglos atrás para satisfacerse. Ya lo "normal", lo establecido no existía. Incluso una joven Janette Winterson se preguntaba por qué tenía que escoger entre ser feliz y ser normal. Quién es nadie para dictaminar que el amor lésbico, por ejemplo, sea perverso ¿Y qué es perverso? ¿Y no habíamos quedado en que hay que legitimar la perversidad?

Lo sé, todo esto es un lío pero, por otro lado, somos enormemente afortunados de vivir en un mundo tan relativo, donde las opiniones son distintas, abiertas, contradictorias y cambiantes. Todo es positivo siempre y cuando nos enfoquemos con ahínco en despatologizar cualquier tendencia y peculiaridad sexual.

Todo es positivo si dejamos a un lado lo prescriptivo: el placer no ha de ser una obligación sino una devoción. Cuando nos metemos en una cama con alguien a quien deseamos no pretendamos batir récords en cuanto a número de orgasmos. Es ridículo. A la cama se va un con un espíritu lúdico, no competitivo. Y todo es positivo, siempre y cuando no veamos la sexualidad desde una óptica exclusiva de género. E

l sexo no es feminista ni es machista. Disfrutaremos si dejamos por fin de intelectualizar cada postura, cada acto, cada práctica. Winterson se hizo una pregunta trascendental ¿Por qué ser feliz cuando puedo ser normal? Pero yo me pregunto ¿Por qué hay que elegir? Puedo ser feliz y puedo ser un loco. Y quizá lo más saludable es permitirse momentos de locura. Si lo normal, lo establecido, era ese mundo antiguo donde la perversidad consistía en irse a ver prostitutas y luego aburrir a la parienta con un sexo monótono y aburrido, detesto la normalidad.

Y quizá sí, sea una loca, pero creo que existe esa pareja creada por Marcos Sanz. Que se puede ser feliz y fiel y perverso y divertido, dentro de un ámbito duradero de total confianza, lealtad, enamoramiento y por supuesto amor, amor del bueno. ¿Y qué es lo saludable? Lo que nos haga felices, lo que permita que nuestra felicidad se contagie a otros. Impedir el sufrimiento propio y ajeno. Crear esa dinámica donde exista la magia, el impulso hacia adelante, la experimentación y el sentirse a salvo, protegido, contento, satisfecho.

 Una buena sexualidad, una buena pareja sexual puede ayudarnos a conseguir esto y mucho más pero, por supuesto, siempre comenzando por uno mismo. En verdad, creo que ese estado es mucho más fácil de alcanzar que el nirvana. Siguiendo con el juego de las "P" lo veo completamente POSIBLE.