domingo, enero 15, 2017

Frío futuro, humano caliente

       



 El futuro ya está aquí. Por el planeta tierra existen un buen puñado de seres humanos convertidos en cyborgs. Las pioneras fueron aquellas que subieron implantes de silicona a sus mamas originales. Nosotras, las maestras del postizo: pestañas, extensiones de pelo, labios, narices y, cómo no, las nalgas. Sólo hay que darse la vuelta por algunos gimnasios para percatarse. Virgen, qué cansancio. Ser mujer cada día está más cerca de convertirse en muñeca hinchable. Pero la culpa es nuestra. El patriarcado bastante tiene con lo suyo.

 Cierto, hay postizos artificiales que hacen la vida más fácil, sobre todo a aquellos que perdieron el original en un accidente o por enfermedad. Pero a nadie se le escapa que la robótica, el metal y los tornillos formarán parte de nuestra carne y nuestra sangre de un modo inevitable. En ocasiones será por necesidad pero en otras por pura tontería.

 Andamos por la vida con relojes que calculan nuestras calorías, evalúan nuestros ciclos de sueño y nos aconsejan qué hacer en las próximas semanas para ser más saludables y guapos. Pronto, estos bichos tecnológicos estarán insertos en nuestro cuerpo y cada día estaremos más cerca de ese mundo ¿ feliz ? que pronosticaba Huxley .

 Quédense con este nombre: Yural Noah Harari, es el antropólogo más influyente de nuestra sociedad. Como un Nostradamus con argumentos pronostica que en el futuro la inteligencia artificial invadirá nuestras vidas; arrebatará millones de puestos de trabajo y nos convertirá en una sociedad bien alimentada pero aburrida y frustrada, sin trabajo, sin objetivos en nuestros días, sin sentido de la existencia.

 La sociedad estará narcotizada por los millones de contenidos de internet, las series, los videos de gatitos y , por supuesto, por la química: antidepresivos y sus variantes.  Parece ser que los taxistas y otras profesiones más susceptibles de ser mecanizadas desaparecerán de la faz de la tierra y los únicos que no andaremos narcotizados para superar esta vida tan vacía y aburrida seremos los escritores (esto me lo he inventado yo, claro, que me quiero librar como sea de semejante apocalipsis). Viviremos dominados por los algoritmos que sabrán todo de nosotros:  nuestras intenciones de voto y fantasías ocultas. Retransmitiremos al mundo las propias naderías: desde una partida de videojuego al cumpleaños que celebramos, quizá en soledad. Pero el futuro ya está aquí ¿No estamos haciendo ya todas estas memeces? Yo, de momento, me resisto como puedo a subir videos a las redes sociales pero instangram y periscope me invitan a cada rato a hacerlo. Más madera. Más estulticia.

 Saber que nuestra esperanza de vida alcanzará los 125 años me provoca el bostezo y la nausea.  A Mozart sólo le bastaron 35 para componer Don Giovanni y su famoso Réquiem ¿Quién quiere vivir para siempre?

En Sillycon Valley están como cabras aspiran a la inmortalidad con ayuda de la inteligencia artificial. ¿Saben? Yo, que no soy antropóloga y que tengo una gran fe en el ser humano, creo que Harari se equivoca. Que sí, que habrá un sinnúmero de colgados congelados en un frigorífico esperando ser reanimados. Que sí, que, dolorosamente, el panorama laboral está cambiando marchas forzadas y que la reinvención es, a día de hoy, tan necesaria como el respirar.

 El futuro ya está aquí pero hay cosas que los robots nunca nos arrebatarán: la capacidad de soñar y de amar. Por muchos implantes que llevemos, no dejamos de ser mamíferos y por eso nos salva el amor, lo caliente, el regazo de los que preferimos, el espíritu lúdico, la ternura, el abrazo, los olores que nos transportan y el pálpito de los corazones valientes.