domingo, enero 15, 2017

La posverdad y la cámara de eco

  El diccionario Oxford ha designado “posverdad” como palabra del año, cuyo difuso significado es el siguiente: “denota circunstancias en que los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública, que los llamamientos a la emoción y a la creencia personal”. Lo confieso. Lo he tenido que leer varias veces para entenderlo. En román paladino viene a ser que da igual como sean las cosas. Un pino es verde pero si apelando a tus emociones te hago creer que es amarillo, al final, al amarillo de cabeza vas. En este caso ha sido al naranja.

Gracias a este palabro, los británicos se explican la victoria de Trump o del Brexit. Boberías. La posverdad no pasará a la historia como palabra concluyente y constituyente. El ser humano es increíble y maravilloso pero también estúpido. Tiene a un imbécil delante de sus narices, disfruta de su espectáculo y al final, aunque le parezca un patán de tres pares de narices,  le vota. A veces, la sobre exposición da sus frutos.

 Oxford asegura que nos estamos aficionando peligrosamente a las teorías de la conspiración y a establecer patrones y etiquetas a eventos de un solo día. A dar por definitivo algo que ocurrió en alguna ocasión. Otro ejemplo lo tenemos en nuestro presidente otrora pantallizado. El plasma de un día le ha valido a Rajoy una condena eterna. En nuestro país existe un término para eso desde los tiempos de la Inquisición: se llama colgar el San Benito. También hay otro dicho popular: Por un perro que maté, mataperros me llamaron. Yo encuentro otra explicación a este triunfo del populismo, la superstición y el hecho de validar la creencia en lugar de los hechos. Somos unos catetos. Y encima nos vanagloriamos de ello.

 Cada día estamos sujetos a más estímulos y mensajes que rara vez ponemos en duda. Cierto, la duda metódica es un coñazo pero nos ahorra no pocos kilos de ridículo. Estos hechos “inexplicables” se deben a otro fenómeno denominado cámara de eco y que tiene que ver con la difusión y consumo de contenidos por redes sociales y los famosos algoritmos de Facebook, que son como la piedra filosofal de la comunicación actual.

  Facebook, la mayoría de las redes sociales y medios digitales están diseñados para mostrarte una parte de la realidad. Esa que, supuestamente, te interesa. El resultado es que al final vivimos en un mundo donde sólo escuchamos un tipo de opiniones y un tipo de contenidos. Todo se vuelve de una endogamia asfixiante. Yo a veces lo he notado. Esa falta de aire. Compañeros, estamos fichados, y los medios digitales nos ofrecen el pienso que solicitamos (eso también se llama In bound marketing).

Si has escuchado a Michel Bublé en Spotify; Facebook te intenta vender su último álbum. Si has reservado una habitación por booking, a continuación el mismo hotel te oferta reservas para el próximo puente. Con las opiniones ha sucedido igual. Los medios tradicionales se ponen de acuerdo con que algo es lo razonable pero se olvidan de que existe otro mundo, otros núcleos de población que jamás leerán un periódico o que apenas verán la tele. O que les dará igual. El que una opinión o un grupo de opinión no sea “cool”, no significa que no exista. Esto es como lo de las meigas. La posverdad otorga el triunfo sorpresivo a los marginales, a los desarrapados, viene a decir Oxford. Pero mira tú por donde ahí tenemos a Ramón de Campoamor  en el siglo XIX quien afirmó que nada es verdad ni es mentira, todo es según el color del cristal con que se mira. Tu suficiencia te matará, mundo civilizado ¿Verdad?