jueves, enero 06, 2011

Por lo que nos une, por lo que nos separa



Paco López Mengual encontró un libro de Paul Auster de segunda mano, con esta dedicatoria: Por todo lo que nos une, por lo poco que nos separa. Y ahí comencé a imaginarme muchas historias. Las que llegaron más rápido a mi mente eran las más obvias. Me he tomado esto como un ejercicio literario. Y mis ejercicios literarios son rápidos, sin premeditación.
A ver qué sale.

Samuel leyó una dedicatoria. Concisa. Doliente como un puñal. Por todo lo que nos une, por lo poco que nos separa. Ese "poco" contenía ira, frustración. Su niña era así. Dulce y venenosa. Incluso cuando se mordía la lengua, la ponzoña rezumaba de sus labios. Sólo Samuel podía descifrar el profundo amor y el profundo odio de esa sencilla dedicatoria. Casi lo primero que se dijeron a las pocas semanas de conocerse era eso de odi et amo. Cada cual quería dominar al otro. Así era imposible amarse. O sí. Hubo estampas fugaces.

Cuando atracaron el último banco, ella le dijo que ahí se separaban los caminos. Y fue como un cuchillo. El escucharla, el acero de sus ojos: "Me he vuelto a enamorar, lo siento...No puedo esperar toda la vida que quieras comprometerte conmigo, así que, para jugar me busco a otro,".
Una última mirada. Una interrogación idiota.

- ¿Qué harás con tus cosas?
- Quédatelas
- ¿Qué haré ahora?
- Francamente, querido, no me importa.
- ¿Y nuestro bussines?
- Yo sólo hacía esto por ti, ahora ya no tiene gracia. Volveré a mi tienda de antigüedades. Y más vale que salgas cagando leches de aquí, he avisado a la policía
-Cabrona.
-Mamón.

Ella se encogió de hombros, se colocó el antifaz y se escabulló por el butrón perpetrado hacía 15 minutos. Todavía estaba caliente. Samuel corrió, corrió todo lo que pudo, como nunca. Pero algo le había paralizado el corazón. Odi et amo. Ella no le inyectó un veneno mortal con una jeringuilla pero saber que nunca más podría hacerle el amor --¿Qué hacer el amor? Follar como bestias, adorarse, arrancarle al sexo todos sus sentidos, acabar derrotados, enamorados --y robar, claro está.
No quiso correr más.

Le metieron en la cárcel y así comenzó a leerse los libros que ella le había regalado en todos estos años y que no se había molestado en destripar. Y miró esa dedicatoria una y otra vez. En el fondo, le hacía un favor. Se enterraría en vida unos años para sumergirse en el mundo de las letras. Odi et amo. Le venían de continuo sus frases: deberías buscarte otro modo de ganarte la vida; nunca lees nada decente (y negaba con la cabeza pesarosa); podríamos empezar en otro lado, tener niños. En ese momento él le decía: voy a dar una vuelta. Ahora vuelvo. Y siempre lo hacía. Pero en ocasiones, casi todos los días, necesitaba su aire, el suyo, no el de ella.

Miró esa dedicatoria llena de veneno y pensó que estaba en la puta cárcel pero que hacía lo que él quería y no lo que la señorita le mandaba. De vez en cuando le llegaba alguna postal, cartas con fotos de su ex novia con multitud de nuevos novios; a cual más interesante, a cual más dandy pero ella se aburría y le escribía: "todo esto me pasa por tu culpa, estúpido".
Samuel le respondía en voz alta: ¡qué hija de puta!.
Y en sus labios se dibujaba una semisonrisa y se imaginaban follando en la cama, destrozando la cama y esos besos infinitos de lenguas infinitas. Y su risa. Qué hermoso era oírla reír y gritar. Qué poderoso se sentía con ella. Algún burgués de pacotilla, de esos que visitaban su tienda para verla taconear entre jarrones chinos, alguno de esos mierdas se la estaría follando ahora, en este momento. Y volvió a decirse que era una cabrona. Que estaba mejor en la cárcel. Sin ella.