lunes, agosto 08, 2011

Burton-Taylor: Adictos al amor


La Taylor fue una gran diva en toda la amplitud de de la palabra. Diva significa --además de grandiosa, bella e inaccesible-- magnánima. Y lo demostró en numerosas ocasiones en su vida. Con una mala salud de hierro, Elizabeth se congratulaba al final de sus días de haber conocido el amor de verdad. Todos sabíamos que se refería a Burton, sir Richard Burton. Tan hermoso como ella y tan autodestructivo como ella cuando se juntaban en la misma cama con sendas botellas de Vodka y algo de caviar para acompañar. Esto ocurría en su primer matrimonio y en el Beverly Hills Hotel. Un lugar que la Taylor conocía bien pues su padre tenía un anticuario en la suntuosa galería comercial que todavía sobrevive.
Burton y Taylor se adoraban y se odiaban. Luchaban, se gritaban y luego hacían el amor con desesperación. En el rodaje de Cleopatra, cuando él conoció a ella y viceversa, no había manera de separarlos, unidos por ese potente pegamento que es la atracción. Una atracción que se transformó en uno de los romances épicos de Hollywood.

La relación fue tortuosa en un principio por estar ambos casados cuando se conocieron en 1962 y porque la creyente Liz se zambulló en una piscina de culpabilidad e indecisión hasta hacer oficial el final de su matrimonio con Eddie Fisher. Un Eddie Fisher que no se quiso dar por enterado del final de su matrimonio hasta que no lo vio publicado en los tabloides de toda América

La decisión de romper su familia feliz por Burton le creaba continuas angustias. Burton parecía ajeno a ellas. Una noche, en esas habituales y tormentosas discusiones le dijo: "Estoy dispuesta a todo por ti, incluso a matarme por ti".
Burton le contestó: "eso es muy fácil de decir".
La Taylor se arreó medio frasco de barbitúricos y acabó en urgencias. La señora nunca supo hablar en broma. Cuando vio el tumulto a la puerta del hospital, Burton se dio cuenta de la magnitud estelar de su, entonces, amante y futura esposa.

Desde que se conocieron Uno encontró en el otro lo que necesitaba para ser “feliz”, para alimentar quizá su arte. Eran adictos al drama, a la bronca, a las reconciliaciones. Hacían estallar botellas en el aire o se las bebían sin  contemplaciones.

Taylor y Elizabet vivieron diez años juntos. Se divorciaron y se volvieron a casar 16 meses después…aunque, en esta ocasión, las segundas partes fueron capítulos más amargos que los Días de vino y rosas y no duraron ni 7 meses como nuevo matrimonio.

Ambos se profesaban admiración mutua. Él la consideraba: “la mejor actriz del mundo y junto con tu belleza componen una irrepetible combinación”. Ella adoraba su voz, aprendía trabajando con él.

Tras la reciente muerte de Taylor, se encontró en su cama un sobre con la carta que le escribió un Richard moribundo.  Hasta el final de sus días estuvieron pendientes el uno del otro, porque los grandes amores están por encima de la distancia, del ego y del orgullo, incluso por encima de la convivencia pacífica. A veces, son tan grandes que es imposible mantenerlos bajo control. Y eso fue ocurrió con el binomio de Taylor- Burton: un combinado de pasión y tormento pero también de gozo y adoración.


La versión radiofónica de este reportaje, pinchando aquí.